XIX
DE
CONFIDENCIAS ENTRE TRES MUJERES Y DE LA HOGUERA EN LA ATALAYA.
Emprendimos
un sendero perpendicular al que conducía a la playa en que naufragamos, casi
todo el camino era cuesta arriba entre un arbolado exuberante con verdes de
todos los tonos imaginables, y acompañaba al jadeo de nuestras fatigadas
respiraciones el canto diverso de mil tipos de aves y el chillido gutural de monos y macacos que
saltaban entre la enramada.
-
No se afanen todavía en recoger leña que sólo contribuiría a hacer aún más
fatigoso el trayecto -nos advirtió sor Edith, que continuó -, en todo caso si
encuentran al alcance de su mano alguna fruta échenla al capacho.
-
¿Falta mucho para llegar? - la pregunté, pues me impacientaba después de más de
una hora de marcha.
-
No demasiado -contestó -, pero habrá que hacer un alto para reponer fuerzas
cuando lleguemos a una fuente que se encuentra cercana.
El
agua fría de la poza que formaba un pequeño arroyuelo en un hoyo rocoso
reconfortó nuestras fatigadas piernas. Y sentadas medio en corro con los pies
metidos en el agua, mientras degustábamos algunas de las frutas recolectadas en
el trayecto, fluyó la conversación de una forma espontánea.
-
Hasta este apartado rincón fuera de la civilización llegan noticias, que pueden
ser bulos, o no, de que los de su raza siguen practicando ritos paganos por
Guantánamo -se dirigió la hermana a Sofía.
-
Estoy bautizada -se apresuró a afirmar ésta.
-
No era una cuestión personal, sólo que es obvio que usted puede estar más
enterada de ese particular. Por lo demás, se pueden practicar varias religiones
de una forma sucesiva o simultánea. En mi caso nací judía y me convertí a la
religión verdadera por profundas convicciones y entregar mi vida a su práctica
más hermosa: la Caridad.
-
El padre don Nicolás María es partidario de la libertad de conciencia -creí
oportuno intervenir en la conversación, pues había tenido alguna platica con él
sobre el tema, cuando una noche de luna llena en que me encontraba desvelada
bajé a la playa y pude comprobar como un grupo de nuestros peones realizaba
extrañas evoluciones a la luz de una hoguera, y entre ellos creí entrever a
Julián, aunque no me acerqué lo suficiente para comprobarlo porque nunca tuve
vocación de fisgona y seguro de que demostrar mi presencia hubiera conducido a
una situación desagradable de intrincadas explicaciones.
-
Los rumores que corren es que don Nicolás María nunca ha sido ordenado
sacerdote de la Iglesia Católica, aunque oficie como tal, pero es cuestión que
a mí no me interesa, desde que tomé el hábito dejé de preocuparme por la vida
mundana…
-
¡Don Nicolás es un santo! -se exaltó Sofía.
-
Una cosa es que lleve una vida santa y de ofrecimiento al prójimo y otra que su
conducta se encuentre concorde con la doctrina establecida por el Vaticano. Algo
que tiene a su favor, y por lo que mira hacia otro lado su Ilustrísima el
Arzobispo de Santiago, es que tiene en
su bendición más bautizos que el resto de los prelados de toda Cuba, entre los
que nacen por aquella comarca y los que trae de birlibirloque vuestro señor don
Pepe.
-
Está usted muy al corriente de cuanto pasa en este mundo de pecadores por el
que dice no interesarse -tuve que expresar ante la sorpresa por sus
conocimientos sobre la situación real en “La Confianza”.
-
Como se me considera una desheredada de la vida por la misión que llevo aquí
cualquiera que nos visita, muy de tanto en tanto, por desgracia, no tiene el
menor recato en hacerme las confesiones más íntimas, y aparte está la
intuición, que es una ampliación del concepto de percepción y que se refiere a
una verdad más originaria que la proposicional: esta verdad es la de lo que
aparece. En mi vida universitaria tuve ocasión de compartir conocimientos
mundanos con algunos personajes muy peculiares, como un italiano, de nombre
Galileo Galilei, que mantenía la teoría, opuesta a toda razón, de que nuestro
planeta no es el centro del Universo y está quieto, y que giramos alrededor del
Sol. ¡Ruego porque su alma inmortal vea la Luz!... Pero basta de pláticas y prosigamos
el camino -cambió el tema mientras sacaba los pies del agua y los secaba con el
extremo de su burda saya -. Y ahora sí que debemos llenar los capazos de leña
pues la atalaya ya está próxima -y se puso de un salto el pie recogiendo el
suyo.
El
camino seguía cada vez más empinado y la vegetación era menos frondosa, con
árboles medio resecos y retorcidos por el viento, por lo que nos fue fácil ir
llenando los capachos con ramas caídas… y, de repente, ceso toda la vegetación
y nos encontramos sobre un mogote de piedra con una amplia visión sobre el
horizonte.
-
¡Cuántos islotes hay? -se admiró
Sofía.
-
Sí, han tenido una gran suerte, dentro de su desastre, de que su embarcación
haya ido a encallar en esta isla que es la única que se encuentra habitada… Tal
vez la mano de Dios la puso en su camino por alguna razón que desconocemos, sus
designios son inescrutables…
-
¡Amén! - fue cuanto se me ocurrió decir, pues eso de los signios divinos y el
destino ya me estaba bamboleando bastante de un tiempo acá, que lo mismo me
encontraba en la gloria que en el infierno -. Cuanto antes encendamos el fuego
más pronto conocerán nuestra presencia - y me puse a amontonar la leña de mi
capacho sobre un montón de cenizas enmarcadas por piedras que señalaban el
lugar donde habitualmente se emplazaba la hoguera.
-
Con todos mis respetos, se nota a la legua que la Señora procede de la ciudad
-me detuvo Sofía-, así nunca prendera el fuego, déjeme esta tarea - y empezó a
retirar la leña que yo había tirado a la montoná -, primero hay que dar el
fuego a un poco de hierba seca y unas ramitas…



