sábado, 29 de septiembre de 2012

LAS ISLAS - IV



IV
         DE NUESTRA PRIMERA ESTADÍA EN SANTA CLARA, DE LOS HOSPICIADOS POR NUESTRO ANFITRIÓN Y DE LAS IMÁGENES EN MOVIMIENTO.

         Como no era la primera vez que don Pepe se enfrentaba a la muerte decidió afrontarla con gallardía, así que fue refrenando la mula hasta que la calesa se detuvo y don Ginés se pudo dejar caer como un fardo en el reseco camino.
         La turba que venía a nuestro encuentro nos rodeó y la polvareda que se formó entre la detención de los unos y los otros puso un impás de espera que don Pepe aprovechó para sacar su alfanje del tahalí, y puesto en pie sobre el pescante gritó:
         - ¡No os saldrá gratis esta rafia, felones!
         - ¡Estamos con ustedes, somos gente de don Juan Bacardi! –gritó otra voz desde el humo de arena que se iba disipando.
         En efecto, el que hablaba era de uno de los capataces del amigo de mi amado, que había formado una partida para mantener expeditos de bandidos los caminos que accedían a su hacienda.


         - Se trata de un tal Rubal Cabraloca, un malhechor de medio pelo, que un tiempo fue jefe de guardia del Gobernador, y al que por sus muchos desatinos le hicieron cesar el cargo, y ahora se dedica a hostigar a las personas decentes – nos explicaba don Juan mientras tomábamos un té helado al estilo árabe, es decir, con hierbabuena y mucha azúcar, en la amplia terraza frente a su casa de terracota y cañas…

         Don Juan ya estaba bien entrado en la cincuentena de la edad, tenía la piel morena y curtida de quien ha pasado mucho tiempo expuesto a las inclemencias del tiempo y a las fatigas de los duros trabajos, y aunque sus cabellos y barba estaban entremezclados con el gris de las canas tenía en sus ademanes y expresión una jovialidad que parecía desafiar al calendario.
         Compartíamos la holganza con una raquítica compañía de comediantes especializados en representar Entremeses de don Miguel de Cervantes, mi apócrifo padre, a los que había dado asilo don Juan en su cortijo y que provenientes del Rio de la Plata llevaban un recorrido nómada haciendo representaciones que apenas si les daban peculio para solventar el hambre con el propósito de llegar hasta la Corte de Madrid, que era el fin con el que habían partido y que llevaba camino de ser un itinerario eterno.

         La comandaba un tal Ricardo Darín que se puso a dar saltos de alegría cuando le enseñé el ejemplar manuscrito de “El Perro del Hortelano” de mi Lopito, que me había regalado Arturo Pérez, y me pidió permiso para poder realizar copias de él. Su amanuense al que siempre llamaban “Vasco”, porque su apellido, Azcárate, delataba esos orígenes, aunque también era rioplatense, era una especie de todoterreno en la compañía que lo mismo servía para un roto que para un descosido, según las necesidades del programa. Completaban el plantel Alfredo, un joven imberbe que hacia los papeles femeninos y su madre, que tenía en su cara todo el vello que le faltaba al hijo.
         - El teatro es en parte como un sueño –se me ocurrió comentar, porque en alguna ocasión se lo escuché decir a “Lopito”.
           Y del teatro nuestra conversación saltó a los sueños.
         - ¿De que color son sus sueños, mi señora doña Esther? – me preguntó Ricardo.
       - Nunca me lo había planteado –le respondí evasiva -, sé que tengo sensaciones pero nunca se me ocurrió pensar en sus colores…
         - Si nos referimos a los nocturnos –intentó acotar el tema don Pepe -, pueden ser de muy variadas tonalidades… no sé de que dependen los cambios, pero unas veces tienen una luminosidad como de primeras horas de las mañana y otras veces están como ensombrecidos en una monocromía que más bien son una combinación de luces y tinieblas…
         Entonces recordé una broma que había dibujado Bartolomé sobre varios reversos de páginas del ejemplar de “El Perro del Hortelano” en los primeros días de la travesía, por matar el tiempo, en la cual mi rostro pasaba de la alegría a la tristeza, y si se pasaban las hojas con rapidez parecía que los rasgos de mi rostro estaban en movimiento, y como el libro estaba sobre la mesa se me ocurrió enseñar a Ricardo aquella rareza.
         - En algo así se entretienen mis sueños diurnos, si un día se pudiera hacer una obra de teatro en la que sobre el escenario sólo estuvieran las imágenes de los que la representan –especuló el actor.
         - Lo que sería una buena solución para compañías tan cortas como la nuestra, jajajaja –rió el Vasco.
         Don Juan que estaba un tanto desatendido a la conversación mandó a un criado que trajera una caja con esos cilindros que olían tan fuerte cuando humeaban y la conversación quedó interrumpida en este punto.
         Las hijas de nuestro anfitrión correteaban entorno a la mesa, eran unas chiquillas de unos cinco años de edad…
         -Son mellizas –me explicó don Pepe -, pero como podrás ver no gemelas, jejejeje

miércoles, 26 de septiembre de 2012

LAS ISLAS - III



III
         DE NUEVAS NOTICIAS SOBRE LAS RELACIONES DE DON PEPE, Y DE LOS DIFÍCILES QUE SON ALGUNOS CAMINOS Y DE LOS SIGLOS QUE SON NECESARIOS PARA QUE SE COMERCIALICEN ALGUNOS INVENTOS.

            Don Pepe pronto me lo hizo olvidar con su amena charla y alguna otra caricia de sus labios.
         - Un primo de mi amigo don Juan es el Duque de Larios, que tiene amplias posesiones en la zona de Málaga, allá en las Españas, y se dedica a comerciar con otro brebaje que tiene origen holandés y que llaman ginebra, pues está elaborado a través de la maduración de los frutos de un árbol que sólo crece en climas fríos y que se llama enebro…
         - Si esos licores de sabor tan fuerte al paladar se mezclaran con algunas bebidas refrescantes, como una elaborada por nuestras tierras, que se llama zarzaparrilla, se conseguiría tal vez algún brebaje de sabor menos fuerte y más apto para cualquier paladar - se me ocurrió comentar, por seguirle la conversación.
           - Sí, una conjunción de sabores como la zarzamora, el regaliz y tal vez un punto de esa planta que mastican los nativos de Nueva Granada, que llaman coca, y que les sirve para soportar los duros trabajos en las minas de plata, mezclada con nuestro ron sería una bebida refrescante y excitante que sin duda sería un éxito… en una Cuba Libre, porque por aquí, por el momento la Corona y sus lacayos no nos dejan comercializar todo, jajajaja
         Le acompañé las risas y nos fundimos en un apasionado beso, que era a la vez refrescante y excitante como el brebaje al que nos habíamos referido, pero sobre todo húmedo…


          Y lo hubiéramos prolongado durante un tiempo indefinido y deleitoso si un arreón a las riendas de la mula que dio don Ginés no la hubiera provocado encabritarse y zarandear nuestra plataforma hasta casi declinar y venirse abajo.
         - ¡El camino está cortado! – nos advirtió el almacenero, en parte por justificar su acción y en parte darnos información.     
        Así que nos despertamos bruscamente del sueño de nuestro deliquio amoroso, mientras junto al relinchar de la mula herida por el tirón recibido comenzamos a escuchar cascos de caballos que se acercaban al galope.

         Don Pepe, que era capaz de aventar el peligro, saltando por encima de los equipajes se subió al pescante y le tomó las riendas y la fusta al almacenero.
         - ¡Es mejor que vayas preparando el trabuco, Ginés, porque me temo lo peor! –le gritó, mientras trataba de encontrar una senda alternativa con que zafarnos del tronco que nos cortaba el paso.
        

       Y entre ramas que nos azotaban el carruaje pasamos por una angosta hendidura entre el verdor, y puso la mula al galope, y yo saltaba angustiada sobre los baúles y hatos, por el traqueteo de la calesa, intentando retener nuestro equipaje, cuando una bola de fuego pasó sobre mi cabeza. Era el arcabuzazo que había disparado don Ginés cuya fuerza de retroceso le hizo caer hacia atrás y quedarse envarado entre los pares que flanqueaban la mula y el fondo de la carreta.
         - ¡Échale una mano antes de que se nos descoyunte! – me gritó don Pepe, que seguía azuzando a la caballería.
         Los vestidos al uso en la época no son la indumentaria más idónea para que una mujer se pueda mover con desembarazo, y en aquellos momentos me hubiera gustado tener la soltura de una Amazona con una sola piel ceñida a la cintura y sus pechos al viento, pero con mucho esfuerzo conseguí llegar hasta el pescante a tiempo para ver como una polvareda se dirigía hacia nosotros por el frente.
         “¡Date por muerto gentil gallego y que la Virgen se apiade de nosotros!”, pensé.

lunes, 24 de septiembre de 2012

LAS ISLAS - II



II
         DE LA NOCHE EN EL MONASTERIO, LA CONTINUACIÓN DEL CAMINO Y DEL ENCUENTRO CON LA POSTA REAL

          Así pasamos nuestra primera noche de intimidad entre músicas y risas que llegaban del refectorio y del florido claustro, como si abajo se estuviera celebrando nuestra luna de miel. ¡Ya nos tocaba disfrutarnos! 


         Y lentamente, lentamente, le fui recibiendo a mi don Pepe en mis entrañas, y el fue saciando todos mis deseos en una noche que parecía que nunca tendría fin... hasta que el tañido de una campana nos recordó donde estábamos, y vimos que por la ventana ya entraban los resplandores del sol.

           El Monasterio volvía a ser lo que una siempre había pensado que era tal edificio, un lugar dedicado al estudio y la oración…  fuera no quedaba ninguna carroza ni calesa, y a primera hora asistimos a la Santa Misa celebrada por fray Millán, que aunque tuviera profundas ojeras y la voz todavía más ronca que la noche anterior salmodiaba muy bien los latines.

         Don Ginés tardó en salir a nuestro encuentro porque parecía ser que entre los fogones también había habido celebraciones, pero no quisimos indagar sobre el particular, y en cuanto enganchó la mula a la calesa partimos camino de nuestro próximo destino, que parecía ser la hacienda de un amigo de don Pepe situada en una región llamada Santa Clara.
         - Todas estas plantaciones que ves a ambos lado del camino son de caña de azúcar, y con ellas además del edulcorante se puede fabricar un licor llamado ron, y para su elaboración mi amigo don Juan Bacardi dispone de una destilería con un sistema de fermentación y alambiques similares al que usan en la Galicia de nuestro buen cofrade don Ginés para transformar los hollejos de la uva en aguardiente…
         Yo le escuchaba como envuelta en un éxtasis recordando los placeres que en la noche anterior nos habíamos dado y admirando el verdor de las lejanas montañas, las mismas lluvias tropicales que tantos sinsabores daban eran la causa de aquel vergel…

         Nos cruzamos con la carroza de la Posta Real, muy bien guarnecida por una guardia armada, pues se utilizaba, además de para el lógico acarreo de epístolas, también para mercadear dineros y para la recaudación de impuestos. En aquellos terrenos tan despoblados era casi una obligación que se detuviera la marcha de los que se encontraban para intercambiar información sobre posibles obstáculos en los contrapuestos recorridos, tales como algún puente cortado por la crecida de un río o la presencia de bandidos merodeadores… Además que el camino era tan angosto que resultaba imposible que dos carrozas pudieran franquearlo al mismo tiempo, por lo que había que aprovechar algún claro junto a la carretera, y esto propiciaba un rato de descanso y de plática.
         Ni ellos ni nosotros habíamos observado ningún movimiento extraño en nuestros respectivos recorridos, pero es diáfano que los que tienen intenciones soterradas no acostumbran en ponerse a la descubierta… 

         Cuando se alejaba la carroza entre una nube de polvo la miré con cierta afectación: en ella me llegarían noticias de mi querido Bartolomé Esteban, y de cómo iba resolviendo los asuntos que nos habían traído, hasta el ignoto lugar a donde me llevaba el amor… y sentí un extraño sentimiento de nostalgia que me nubló la vista durante un instante.

domingo, 23 de septiembre de 2012

LAS ISLAS - I



SEGUNDA PARTE – LAS ISLAS
I
         DE NUESTROS PRIMEROS CONTACTOS CON EL MONASTERIO DE SANTA MARÍA DEL ROSARIO LA NOCHE DE NUESTRA LLEGADA

         Llegamos de anochecida y lo primero que llamó mi atención fue que frente a la puerta lateral del Monasterio hubiera detenidos varios lujosos carruajes, unos cubiertos y otros no. Y entre ellos uno que llevaba las armas reales, lo que me alarmó.
         - Es el coche del capitán de la Guardia de Alguaciles de La Habana, pero no te preocupes que no estará en misión oficial, sino aparte de su palafrenero habría más guardias junto a él –me calmó don Pepe -, no es que sea un encuentro agradable, pues me hubiera gustado pasar más desapercibido… pero así disfrutaremos de música y compañía.
         Lo segundo fue que en vez de salir unos monjes a recibirnos aparecieran unas jóvenes mulatas bastante descotadas a hacernos el homenaje.
         - ¡Carallo, cómo están las rapaciñas! –se le escapó a don Ginés mientras con las riendas domeñaba a la mula que con la algarabía se había puesto un poco bravuca -, perdone la Señora por la expresión –se disculpó casi al instante.
      - La cena está casi terminando, llegan usías muy tarde, me llaman Candelas, y todas estamos a su disposición – se dirigió a don Pepe la que parecía comandar la cuadrilla.
        - Creo que hay un equívoco, no venimos a ningún festejo sino a reclamarle posada de buenos cristianos al señor prior, le podría informar que está aquí don Pepe Martí.
       - Como no, caballero, aquí todos somos buenos creyentes, “lo que se han de comer los gusanos ¡qué lo disfruten los cristianos!" Jajajajaja… y no se preocupe por la señora que algunos otros caballeros también llegaron con compañía propia… -continuó la llamada Candelas, entre las risas de las otras.


         - ¡Señoritas no desatiendan sus labores y vuelvan al refectorio! – la ronca voz del prior rompió su disparatada locución y corrieron en un revolotear de faldas y enaguas hacia la entrada lateral del Monasterio, entre silbidos y exclamaciones de los palafreneros que cuidaban los carruajes y caballerías, mientras que los pies descalzos del fraile le dirigían al encuentro con don Pepe - ¿A qué debemos el honor?
      Se saludaron cogiéndose antebrazo con antebrazo. El saludo entre centuriones romanos.
         - ¿Se puede saber que se celebra condenado fray Millán? – le preguntó medio en risas mi don Pepe.
         - ¡Qué no huela a humo de carne humana quemada en La Habana! –y explicó: - La partida del representante de la Santa Inquisición con la conciencia tranquila de que todo discurre por la isla por los métodos más ortodoxos para la fe, jejejeejeje… La fiesta es privada, y sé que no os agradaría compartirla con algunos de los que participan en ella, pero haré que os sirvan un refrigerio en mis aposentos… Don Pepe se quedó cortó cuando me habló de su belleza, doña Esther –y se dirigió hacia mí con una sonrisa en los labios, y como correspondía me arrodillé ante él y le pedí su bendición.
         Mientras con su mano diestra trazaba una cruz sobre mi frente continuó hablando:
         - Tal vez mi forma de proceder choque con sus convicciones morales pero para poder alimentar a los pobres hay que sacarle el dinero a los ricos y a la vez estar a bien con los que representan el poder terreno… mañana nos confesaremos los unos a los otros los de la cofradía y nos impondremos duras penitencias según los pecados que cada uno haya cometido durante… la celebración. Pero, no dilatemos más está presentación y entren a reponer fuerzas y descansar… ¡les espera la recámara que sólo está reservada para el Obispo de Santiago! Su almacenero, después de que encierre a la mula en nuestras cuadras puede pasarse por las cocinas y pernoctar en ellas.
        - ¡Carallo, qué bien se presenta la noche! -no se pudo reprimir don Ginés.