IV
DE
NUESTRA PRIMERA ESTADÍA EN SANTA CLARA, DE LOS HOSPICIADOS POR NUESTRO
ANFITRIÓN Y DE LAS IMÁGENES EN MOVIMIENTO.
Como
no era la primera vez que don Pepe se enfrentaba a la muerte decidió afrontarla
con gallardía, así que fue refrenando la mula hasta que la calesa se detuvo y
don Ginés se pudo dejar caer como un fardo en el reseco camino.
La
turba que venía a nuestro encuentro nos rodeó y la polvareda que se formó entre
la detención de los unos y los otros puso un impás de espera que don Pepe
aprovechó para sacar su alfanje del tahalí, y puesto en pie sobre el pescante
gritó:
-
¡No os saldrá gratis esta rafia, felones!
-
¡Estamos con ustedes, somos gente de don Juan Bacardi! –gritó otra voz desde el
humo de arena que se iba disipando.
En
efecto, el que hablaba era de uno de los capataces del amigo de mi amado, que había
formado una partida para mantener expeditos de bandidos los caminos que
accedían a su hacienda.
-
Se trata de un tal Rubal Cabraloca, un malhechor de medio pelo, que un tiempo
fue jefe de guardia del Gobernador, y al que por sus muchos desatinos le
hicieron cesar el cargo, y ahora se dedica a hostigar a las personas decentes –
nos explicaba don Juan mientras tomábamos un té helado al estilo árabe, es
decir, con hierbabuena y mucha azúcar, en la amplia terraza frente a su casa de
terracota y cañas…
Don
Juan ya estaba bien entrado en la cincuentena de la edad, tenía la piel morena
y curtida de quien ha pasado mucho tiempo expuesto a las inclemencias del
tiempo y a las fatigas de los duros trabajos, y aunque sus cabellos y barba
estaban entremezclados con el gris de las canas tenía en sus ademanes y
expresión una jovialidad que parecía desafiar al calendario.
Compartíamos
la holganza con una raquítica compañía de comediantes especializados en
representar Entremeses de don Miguel de Cervantes, mi apócrifo padre, a los que
había dado asilo don Juan en su cortijo y que provenientes del Rio de la Plata
llevaban un recorrido nómada haciendo representaciones que apenas si les daban
peculio para solventar el hambre con el propósito de llegar hasta la Corte de
Madrid, que era el fin con el que habían partido y que llevaba camino de ser un
itinerario eterno.
La
comandaba un tal Ricardo Darín que se puso a dar saltos de alegría cuando le
enseñé el ejemplar manuscrito de “El Perro del Hortelano” de mi Lopito, que me
había regalado Arturo Pérez, y me pidió permiso para poder realizar copias de
él. Su amanuense al que siempre llamaban “Vasco”, porque su apellido, Azcárate,
delataba esos orígenes, aunque también era rioplatense, era una especie de
todoterreno en la compañía que lo mismo servía para un roto que para un
descosido, según las necesidades del programa. Completaban el plantel Alfredo,
un joven imberbe que hacia los papeles femeninos y su madre, que tenía en su
cara todo el vello que le faltaba al hijo.
-
El teatro es en parte como un sueño –se me ocurrió comentar, porque en alguna
ocasión se lo escuché decir a “Lopito”.
Y
del teatro nuestra conversación saltó a los sueños.
-
¿De que color son sus sueños, mi señora doña Esther? – me preguntó Ricardo.
-
Nunca me lo había planteado –le respondí evasiva -, sé que tengo sensaciones
pero nunca se me ocurrió pensar en sus colores…
-
Si nos referimos a los nocturnos –intentó acotar el tema don Pepe -, pueden ser
de muy variadas tonalidades… no sé de que dependen los cambios, pero unas veces
tienen una luminosidad como de primeras horas de las mañana y otras veces están
como ensombrecidos en una monocromía que más bien son una combinación de luces
y tinieblas…
Entonces
recordé una broma que había dibujado Bartolomé sobre varios reversos de páginas
del ejemplar de “El Perro del Hortelano” en los primeros días de la travesía,
por matar el tiempo, en la cual mi rostro pasaba de la alegría a la tristeza, y
si se pasaban las hojas con rapidez parecía que los rasgos de mi rostro estaban
en movimiento, y como el libro estaba sobre la mesa se me ocurrió enseñar a
Ricardo aquella rareza.
-
En algo así se entretienen mis sueños diurnos, si un día se pudiera hacer una
obra de teatro en la que sobre el escenario sólo estuvieran las imágenes de los
que la representan –especuló el actor.
-
Lo que sería una buena solución para compañías tan cortas como la nuestra,
jajajaja –rió el Vasco.
Don
Juan que estaba un tanto desatendido a la conversación mandó a un criado que
trajera una caja con esos cilindros que olían tan fuerte cuando humeaban y la
conversación quedó interrumpida en este punto.
Las
hijas de nuestro anfitrión correteaban entorno a la mesa, eran unas chiquillas
de unos cinco años de edad…
-Son
mellizas –me explicó don Pepe -, pero como podrás ver no gemelas, jejejeje



