lunes, 22 de octubre de 2012

LAS ISLAS - XVIII



XVIII
         SOBRE CÓMO UNA ACABA POR ACOSTUMBRARSE A CUALQUIER SITUACIÓN, AUNQUE SE PASE BUENA PARTE DEL DÍA MIRANDO AL HORIZONTE. 

         Bien de amanecida, y después de una noche de sueños y velas intermitentes, en la que no faltó alguna pesadilla en la que se entremezclaban la realidad recién vivida con algunos fantasmas del pasado, regresé con Sofía hasta la playa en que encalló nuestro frágil bajel, para comprobar que no quedaba ni rastro de él. Lo más probable era que la marea alta lo hubiera puesto a flote y el oleaje lo hubiera arrastrado hacia cualquier parte, cuando no desbaratado contra alguna rocalla.
 
         Cuando regresamos a la capilla, ésta se había transformado en una sala de curas en la que sor Edith se afanaba en cambiar vendajes a los enfermos. Así que nuestra pregunta de dónde se encontraba la atalaya en que realizar la hoguera que señalara nuestra presencia, y avisara en caso de que el bajel de don Pepe pasara a una distancia prudente, quedó en suspenso, y la preguntamos en qué manera la podríamos ayudar mientras permaneciéramos en la isla.
         En verdad que la tarea de auxiliar en la material y lo espiritual a casi una docena de enfermos que apenas si podían valerse por sí mismos, algunos con parte de sus extremidades cercenadas por el mal, era harto ardua y el trabajo  se le acumulaba a la desprendida benefactora.
       - El corral, el huerto… -nos sugirió la monja carmelitana-, sobre el camastro le he dejado, doña Esther, una saya mía para que no tenga que estar todo el tiempo sólo vestida con un camisón, aunque le vendrá un poco grande se lo puede recoger como mejor le convenga…
         El clima tropical del lugar me había hecho olvidar que me encontraba sin vestido, y supongo que la ocurrencia de la hermana iba más encaminada al decoro que a la necesidad.
         En el corral había un par de cabras de grandes ubres que proveían de leche a la comunidad y un cabrón que las cubría cuando se les retiraba la lactancia, con lo que también de cuando en cuando podían añadir a su frugal dieta algún cabrito. Y el huerto era más bien una maraña de malashierbas rodeado por una empalizada baja de cañas, en el que era difícil que prosperara algún vegetal comestible, se notaba, como nos confirmaría ella poco después, que la educación de sor Edith había sido ciudadana y le resultaba complicado adaptarse a las labores del campo. Por fortuna entre la exuberante vegetación de la isla abundaban los árboles frutales y le resultaba más fácil recolectar que plantar. Así que Sofía y yo nos pusimos a la tarea de dejar el huerto limpio de maleza.

         Terminadas las curas, la siguiente labor de la hermana consistía en esterilizar las vendas recién cambiadas en un gran caldero a la lumbre de una hoguera de leña, y ponerlas después a secar al sol.
         Mientras la ayudábamos trayendo leña para que el fuego se mantuviera siempre vivo nos fue contando que procedía de una familia judía bastante acaudalada y que había recibido estudios universitarios en su ciudad, Letras y una rama de la filosofía que nos trato de explicar con brevedad.
         - Como forma de entender la filosofía, la fenomenología asume la tarea de describir el sentido que el mundo tiene para nosotros antes de todo filosofar. Para cumplir con esta tarea parte de un método y de un programa de investigaciones. En lo que se refiere al método, se vale de la reducción eidética, la reducción trascendental y el análisis intencional para explicitar el sentido del mundo en tanto que mundo (o del ser en tanto que ser) y de las cosas en él, así como para exponer las leyes esenciales inherentes a nuestra consciencia del mismo.

         Yo no entendía ni patata de lo que nos trataba de explicar, había una buena cantidad de palabras que nunca había escuchado, pero era agradable oír su educada voz, y como era diáfano que tenía pocas oportunidades de poder compartir sus conocimientos con otras personas que quizá los pudieran entender, era casi de caridad cristiana poner atención a sus palabras.
         - Hermana, aunque procedo de Sevilla no he recibido una educación muy esmerada, y si mientras servía la mesa de mi señor don Francisco de Zurbarán tuve muchas oportunidades de escuchar disquisiciones profundas nunca las preste demasiada atención, siempre me quede más con las anécdotas que con el fondo de las cuestiones…
         - Tal vez no esté empleando un léxico muy apropiado, pero la idea es sencilla: Es entender las cosas a partir de la experiencia propia en contraposición a quedarse en meras construcciones de palabras y castillos en el aire… y ahora iremos recogiendo leña por el camino para prender la fogata en la atalaya, tomaremos unos capazos de mimbre.
         - Y, ¿sus enfermos? -preguntó Sofía.
      - No son problema, hasta la hora del baño reposan y se afanan en mantener limpias sus cabañas.

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