DE LA ISLA PERDIDA Y DE LA FUENTE DE LA ETERNA JUVENTUD
“Tú
que puedes vuélvete me dijo el río llorando, los cerros que tanto quieres allá
te están esperando”.
Cómo
ya se dijo, la ensenada de Guantánamo es en realidad un conjunto de varias
bahías en la que desembocan diversos ríos, arroyos y torrenteras, con lo que
las corrientes que se producen dentro de ella son de variada dirección y
empuje.
Don
Nicolás había diseñado unos meses atrás un pequeño bajel de un solo palo y vela
triangular según algunos apuntes que tomó en tierras griegas, y que era muy
utilizado por los pescadores de allá por su velocidad y capacidad para
maniobrar, pero… algo se le debió de escapar a nuestro sabio porque veloz sí
que lo era, como el rayo, pero en cuanto a maniobras pronto comprobaríamos que
el timón se atoraba más de lo debido.
Sofía
y yo nos embarcamos en aquel pequeño bajel, que además tenía la característica
de que la vela y el timón podían ser manejados por una sola persona, en este
caso por la esposa de Kunta-Kinte, porque yo de navegación no sabía ni jota.
El
descenso del río sin ningún incidente, acompañados por la algarabía de los que
gritaban desde las otras barcas y alguna interjección de mando de los
navegantes de las balsas, la primera de ellas dirigida por don Pepe.
El
bajel de mercancías se veía hermoso con su arboladura desnuda fondeado en el
centro de la bahía. Y hacia él se dirigían todas las embarcaciones… Todas menos
la nuestra, pues a Sofía le era imposible maniobrar el timón y la corriente
provocada por una torrentera nos alejaba cada vez más de nuestro objetivo y nos
encaminaba hacia la bocana de la ensenada.
-
¿Qué pasa, Sofía? -pregunté al comprobar que el navío se aceleraba cada vez más
y se desviaba de nuestro destino.
-
El timón se ha quedado enclavado y me resulta imposible variar la dirección,
Señora.
-
Prueba con la vela -le sugerí.
-
Sería inútil, los vientos soplan también en la dirección de altamar…
-
¿Entonces?
-
De momento voy a dejar inutilizado el timón y cuando los vientos cambien de
dirección daremos la vuelta. No se preocupe, Señora, soy muy buena mareadora.
-
Pues me preocupo porque me empiezo a marear con el oleaje…
Así
era, con la celeridad del rayo habíamos llegado a aguas abiertas y las olas
jugaban con nuestro frágil barquichuelo como si viajáramos en un carrusel.
-
Túmbese en el fondo de la barca y agárrese bien fuerte como si formara parte de
maderaje, y, ya que es cristiana, rece a los santos de su devoción…
-
Más bien soy una pecadora… pero seguiré tus consejos -y tras de unas horas de
continuó bamboleo y de plegarias a la Esperanza Macarena las aguas se calmaron.
Sofía,
que había permanecido en su puesto todo el tiempo, tal vez también orando a sus
dioses ancestrales, había desplegado la vela triangular y dirigía nuestro
esquife hacia una isla llena de vegetación que se encontraba frente a nosotras.
-
Haremos un alto en el camino, si no es de distinta opinión la Señora, antes de
dar la vuelta, con tanta vegetación seguro que hay agua potable y será fácil
encontrar algunos frutos comestibles.
-
¿Nos hemos alejado mucho? -la pregunté.
-
Es difícil de precisar, y también la dirección que nos han hecho llevar las
olas, pero sabemos que Cuba está al norte, así que tras de descansar y reponer
fuerzas emprenderemos el camino inverso, si las aguas continúan calmas no será
difícil volver a Guantánamo.
-
Ya está atardeciendo…
-
Tal vez sería más prudente pasar la noche aquí y regresar al amanecer.
Con
lo que no había contado mi amiga Sofía era que la playa hacia la que nos
dirigíamos no era arenosa, sino llena de arrecifes que la marea alta impedía
vislumbrar, y pronto la quilla de nuestra embarcación fue chocando de uno en
otro hasta que quedó atrapada entre dos peñascos.
-
Las aguas son procelosas -fue cuanto se le ocurrió decir-. Nos va a tocar nadar
un poco… -Sofía, a pesar de todos los golpes que la había dado la vida
continuaba siendo una persona optimista.
-
¡Maldita la hora! -mi carácter era bien diferente.
-
Primero la dejaremos bien amarrada a alguna roca, alcánceme aquel cabo, Señora
-y ya estaba sumergida en el agua.
-
Con estas ropas no podré nadar -la decía mientras le alcanzaba una cuerda.
-
Pues quédese en enaguas y dejé el vestido en algún rincón, nadie va a venir a
robárselo…
Empapada
de agua salina y embadurnada de la blanca arena de la playa seguí a Sofía rumbo
al grupo de palmeras que la flanqueaban. Un hilo de agua discurría entre ellas
avanzando hacia el mar y tras de sorber unos puches de agua dulce para
quitarnos un poco la sed decidimos seguir su ruta inversa para ver de donde
procedía, y, tras de una enramada, ¡oh!,
se nos apareció una linda laguna sobre la caía un cascada de
fosforescentes aguas… y no me pude contener y me lancé al agua sin atender a
las prudentes voces de Sofía:
-
¡Puede que haya caimanes!
¡Qué
felicidad deslizarme por aquellas aguas tan limpias y tan frescas!
Me tumbe de espaldas y miré hacia lo alto de la cascada,
y el grupo de personas deformes que desde arriba observaba mis evoluciones en
silencio parecía extraído de una macabra pesadilla.

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