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DE
CÓMO COMENCÉ A CONFRATERNIZAR CON SOFÍA KUNTA-KINTE Y DE NUEVAS MARAVILLAS EN
LA MANSIÓN.
Sofía
me acompañó hasta la recámara de don Pepe, donde ya habían trasladado mi baúl,
para ayudarme en los que fuera menester, según ella misma dijo. Aunque también
de raza negra, sus rasgos eran de una gran belleza de lo que deduje que era de
una tribu bien diferente a la de Serena, “tutsi”, me contaría ella más tarde que era,
cuando llegáramos a intimar más, por el momento se sentía fascinada por estar
junto a una mujer llegada de Las Españas, y no dejaba de hacerme preguntas
sobre ese lugar, que para ellos era mítico por las muchas maravillas que se
contaban de ella, llamado Sevilla, al tiempo que me daba información sobre las
novedades de la casa…
En
vez de una tina llena de agua para bañarme lo que había en un rincón de la
recámara era una tina vacía y sobre ella una especie de cubo con el fondo
agujereado.
-
Es una invención de don Nicolás, y por su parecido con las que se utilizan para
las plantas lo llamamos regadera… Si dejamos que caiga el agua que hay
almacenada en un depósito que está arriba cae a chorrillos y es muy agradable…
Desnúdese y venga doña Esther, ya verá como lo disfruta.
En
verdad que lo disfrute después de tantos días de agobio tragando el polvo de
los caminos, que con el sudor provocado por el calor del trópico formaba una
especie de molesto barrillo sobre la piel.
Después,
tendida sobre la cama de don Pepe, que también era la mía, Sofía me masajeó con
ungüentos que tenían un olor profundo sin dejar de hacerme preguntas sobre mi
tierra de procedencia a las que no respondía sino con escapismos por no
desilusionar a quien tan bien me trataba. “Tierra de hipócritas y meapilas, de fariseos
que me habían desterrado a un incierto destino, y “¿cómo le estarían yendo las
cosas a don Pepe en su reunión con el Obispo”.
Cuando
abrí el baúl y Sofía vio aquellos encajes y brocados sus ojos se le pusieron
como a Alí-Babá cuando entró en la cueva de los ladrones.
Los
varones nos esperaban sentados alrededor de la mesa de roble, y don Juan alabó
mi belleza cuando salí al patio.
-
Parte es obra de don Nicolás y su invento -alabé al sabio cuya regadera tanto
me había reconfortado.
-
Quien mucho viaja mucho aprende -sonrió éste.
-
Seguro que los señores tienen hambre -apareció Julián con una bandeja llena de
manjares.
Y
mientras comíamos se me ocurrió mirar a lo alto del nítido cielo azul por el
que navegaba alguna nube blanca y me apareció un interrogante.
-
¿Con las grandes tormentas que hay por aquí cómo es posible que este patio no
se anegue cada vez que llueve?
-
Conozco Sevilla y el agua va, nuestra cultura que tanto nos da en muchos
aspectos, genios en el Arte y la Literatura, en otros se ha olvidado de
culturas que estuvieron entre nosotros antes de que nos enseñoreáramos por todo
el Orbe -comenzó a perorar don Nicolás -. Si observa bajo la mesa verá que en
centro del patio hay una rejilla… - esperó a que me agachara para mirar.
En
efecto, en el suelo bajo la mesa había un redondel cubierto por un entramado de
cañizo tupido, y cuando retomé mi asiento continuó:
-
Guardando las distancias, el Panteón de
Roma, que ha servido de modelo para todas las grandes cúpulas que se han
construido, incluido el domo del Vaticano -ahora si se le notaba que era un
maestro por el gusto con que daba sus explicaciones -, en el centro de su techo
se abre un óculo que permite la iluminación, y bajo él un sumidero que recoge
las aguas cuando llueve, y está conectado mediante canales con el Tíber…
-
Como ya le dije, mi Señora doña Esther, nuestro amigo ha viajado mucho -intentó
colar plaza en la conversación don Julián, que se sentía un poco desplazado -se
cuenta que ha llegado hasta los confines de Oriente…
Tanta
plática y nuevos conocimientos me hicieron sentir un poco mareada y creí
conveniente, antes de que lo mío fuera a peor, disculparme y retirarme a descansar.

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