sábado, 13 de octubre de 2012

LAS ISLAS - XII



XII
         DE LA ESCUELA TAN PARTICULAR DE LA HACIENDA,  Y DE LA BAHÍA DE GUANTÁNAMO.

            Aquel prisma octogonal rematado por una cúpula apuntada a ocho vertientes era en realidad la Escuela que dirigía don Nicolás Salmerón, y a la vez el dormitorio de todos los niños de la hacienda, y en el compartían experiencia hasta que, llegada la pubertad, si una pareja de jóvenes decidía formalizar sus relaciones se les ayudaba a construir su propia cabaña.
            - Es una práctica muy corriente entre las tribus del Amazonas, sólo que aquí se encuentran entremezcladas las etnias. Todos los niños y adolescentes viven en común como si fueran una única prole y contribuyen a las labores de limpieza del espacio en el que habitan, las camas están situadas en el altillo y este espacio central es propiamente la escuela.
            Los comentarios de don Nicolás me habían dejado anonadada y no sabía bien que decir, al fin pude balbucir:
           - No teme que con tanta promiscuidad se pueda producir algún suceso de relación… no deseable.
            - Cuando a las personas se las deja tener libertad son capaces de asumir un alto grado de responsabilidad -respondió con gran desparpajo el maestro-, así se van acostumbrado a que no tenga lugar la propiedad privada, que sólo lleva a ambiciones y el encallanamiento.
            - Como usted comprenderá, doña Esther, no soy partidario de estas prácticas -se apresuró a aclarar don Juan-. Como habrá visto en mi estancia aunque hay bastante condescendencia con la mano de obra se siguen los principios básicos de la pirámide de la autoridad: cada cual en su sitio y el propietario a la cabeza de la hacienda…
            - Creo que se está haciendo tarde y deberíamos llevar a la señora a ver la puesta de sol en la bahía, es uno de los mejores espectáculos que podemos ofrecerle -sugirió don Nicolás, que no quería entrar en un enfrentamiento dialéctico con el socio de su amigo y protector.  

           

          Para conducirnos hasta allí Julián Kunta-Kinte había aparejado un bizarro carromato que lo mismo servía para transportar mercancías, que debía de ser su ocupación principal, que personas si se le aditaban los asientos apropiados, que, ¡cómo no!, había diseñado a tal efecto don Nicolás.
                Conduciendo el tiro de mulas Julián, no podemos decir que cómodos pero sí acomodados ocupábamos los asientos don Juan, don Nicolás, Sofía y yo…

      Aprovechando el corto trayecto unos me informaban sobre las peculiaridades del lugar y la otra sobre asuntos domésticos, aunque con el traqueteo gran parte del conocimiento se quedaba entre la tupida hojarasca de la selva virgen que bordeaba el camino acompañando a la cacofonía de los papagayos y a los trinos de los pájaros que la poblaban… Aún así llegué a entender que en realidad la bahía en sí era una agrupación de ensenadas dispuestas como en racimo, unas de mayor y otras de menor calado, con ríos entre medias y… con caimanes, esta palabra si me llegó nítida y sentí un estremecimiento. El discurso de Sofía era de lo bien que le iba a venir a la casa una señora tan bien formada… (casi se me escapa una carcajada que se quedó en una sonrisa de agradecimiento)  que ponga un poco de orden en la finca en la que se echa tanto de menos a don Alejo. Y luego me dijo al oído:
           - Porque don Nicolás será muy inventor y muy sabio pero en cuestiones prácticas es una nulidad.
            Y al remontar una loma apareció en todo su esplendor una lluvia multicolor de tonalidades mientras el reflejo del sol se rompía como un espejo en las plácidas aguas de la ensenada.

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