XVII
SOBRE
LOS EXTRAÑOS POBLADORES DE LA ISLA PERDIDA, Y DE LA MUJER QUE LOS COMANDABA.
-
¡Salga de ahí, Señora, por favor! -me gritó una mujer que llevaba toca y hábito
del Carmelo.
Su
voz tenía un carácter tan imperativo que me dirigí con celeridad hacia la
orilla, donde aguardaba Sofía, mientras la monja descendía con torpeza hacia
nosotras envarada por su larga saya que se enredaba en los espinos que
flanqueaban el sendero.
-
¿Cómo se le ocurre bañarse en esta poza? -me preguntó cuando llegó a nuestra
altura.
-
Entre el salitre y la arena de la playa me encontraba muy pastosa -balbucí como
disculpa.
-
Hemos naufragado en los escollos ante la playa -explicó Sofía -, procedemos de
Guantánamo y nos arrastró la corriente hasta esta isla.
-
Esta isla no figura en las cartas náuticas, en realidad es una leprosería.
Y
llegaron las presentaciones y las explicaciones. Se llamaba Edith Stein, era
alemana y de ascendencia judía, pero según ella contaba la había llamado
Cristo, en las palabras de Teresa de Ávila:
“Vivo sin vivir en mí,
Y tan alta vida espero,
Que muero porque muero”
Y había tomado el hábito del
Carmen y decidido consagrar su vida a ayudar a los más necesitados y a estudiar
filosofía.
-
Por las tardes traigo a mis enfermos a tomar el baño, según cuenta una leyenda
de los indios que la habitaban antes de ser exterminados por los conquistadores
está fuente posee cualidades mágicas, pues procede del corazón de la montaña…
Yo sólo creo en nuestro Señor Jesucristo, pero lo cierto es que ninguno de mis
enfermos ha muerto desde que estoy aquí…
-
¿Cuántos años lleva en esta isla? -le preguntó Sofía.
-
Unos cuarenta -respondió la monja.
-
¡Pues no aparenta tener más de treinta! -me asombré yo.
-
Es la edad con la que llegué aquí.
-
¡Date un baño Sofía!, por si estás aguas tienen en realidad algunos poderes -le
sugerí a mi amiga.
-
No me lo daré por si los tienen, no me gustaría sobrevivir a mis hijos, la
mayor pena que puede tener una madre es perder a alguien que trajiste a este
mundo… -y yo no pude reprimir unas lágrimas recordando a mi hija nonata,
mientras Sofía proseguía -. Don Pepe Martí nos recita algunas veces unos versos
que el poeta Homero pone en la boca del guerrero Aquiles: “Los dioses nos
envidian porque somos mortales…”
Los
andrajosos enfermos habían descendido con muchas dificultades hasta la orilla
del estanque.
-
Procuren no tener contacto con ellos, según dicen los médicos la lepra es una
enfermedad muy contagiosa, aunque parece que soy inmune a ella, loado sea el
Señor. Cuando terminemos con el baño les llevaré hasta la capilla, que es donde
yo vivo y les procuraré acomodo y una frugal cena, aunque los víveres
procedentes de la civilización nos llegan muy de cuando en cuando esta isla
está bendecida por cantidad de árboles frutales.
(Nota del Editor:
La
Isla de la Juventud se encuentra situada a unos 60 kilómetros al sur de Cuba, y
es la mayor de un archipiélago formado por multitud de islotes y escollos. A lo
largo del tiempo ha cambiado varias veces de nombre, su última denominación le
viene de que posee gran cantidad de facultades y escuelas a donde van a
formarse jóvenes de todo el planeta, en particular es famosa su Facultad de Medicina.
Sobre la fuente milagrosa a que se hace referencia en el relato no se tienen
noticias, tal vez perdiera sus extrañas cualidades con el paso de los siglos…)
La
capilla era a la vez sala de curas y residencia de sor Judith, y el altar
estaba presidido por una talla en madera del Crucificado, que, aunque era de
pequeñas dimensiones, tenía una gran fuerza expresiva y es posible que
procediera del taller de Juan de Mena. Una serie de biombos de caña montados
sobre carriles en la viguería del techo lograban que el espacio fuera cambiante
según las necesidades a que era dedicado.
-
Es la única estructura sólida de que disponemos pues los enfermos hacen su vida
independiente en frágiles cabañas construidas con palma, que cuando sufrimos un
tifón, que son frecuentes por esta zona, son desbaratadas y hay que volverlas a
reconstruir -nos explicaba sor Judith -. Mientras se refugian en esta capilla y
rezamos.
-
Hoy deberíamos orar porque nos encuentren pronto -sugerí yo, que me encontraba
llena de nostalgias de nuestra finca y de don Pepe, y no me hacía a la idea de
pasar una larga estancia en un lugar tan poco acogedor.
-
De cuando en cuando recibimos la visita de monjes procedentes de La Habana, que
nos traen provisiones, y a veces algún enfermo para que se quede aquí, pero no
tienen plazos fijados sino más bien aprovechan alguna gestión que tengan que
hacer en Santiago delante del Señor Obispo, desviándose un poco de la ruta.
-
Siempre podemos intentar poner a flote la barca y tratar de llegar hasta la
costa de Cuba -me animó Sofía.
-
Si han salido en su busca sería más seguro que permanecieran aquí, en un
promontorio disponemos de una atalaya de piedra donde podemos hacer una buena
hoguera cuyo humo se pueda ver desde bastante lejos -nos aconsejo la monja- ,
en cualquier caso lo más conveniente es que descansen y con el nuevo día ya
habrá más luz para razonar. Les prepararé unos camastros junto al mío -y sin
más se puso a la acción, y Sofía y yo nos dispusimos a ayudarla.

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