XV
SOBRE
OTROS VISITANTES, Y DE CÓMO SE ME
TRATABA COMO A LA DUEÑA DEL COTARR0.
La
hacienda más cercana a la nuestra pertenecía a don Pedro Agustín Pérez, y las
relaciones económicas y afectivas entre él y don Pepe podían considerarse de
hermandad, pues eran casi cuñados ya que su difunta esposa era como medio prima
de la madre de Cuauhtémoc Luis. Tenía una hija, de nombre Estefanía Luna, a la
que nunca llegué a conocer en persona, aunque sí por un retrato que la hizo
Bartolomé Esteban, pues ella vivía en Guadalajara, en lo que después sería el
estado de Jalisco, con sus tíos.
Su
padre pensó que cuanto más cerca se encontrara de la corte virreinal de la
Nueva España más posibilidades tendría de tener una educación refinada y de
encontrar un marido digno de su real ascendencia, se entiende que por parte
materna, y de su belleza, así que la puso en tutoría de su hermana, que estaba
casada con uno de los responsables de la Casa del Oro y de la Plata, lugar
donde se hacían los trueques y se entregaban los tributos con destino a la
Corona.
-
¡A las buenas de Dios! -era el saludo tradicional de don Pedro Agustín, quien
siempre ocupado en los negocios desde niño nunca tuvo tiempo para recibir una
educación muy esmerada. Sus padres se dedicaban al negocio de la lana, y como
un tal Miguel Hernández, en su niñez fue pastor de ovejas.
“Carne
de yugo a nacido,
Más
humillado que serio,
Por
el yugo perseguido,
Por
el yugo para el cuello.
Nace
como la herramienta
A
los golpes destinado…”
Según
me contó don Pepe, como que siguiendo la llamada de otros pastores como Pizarro
un día decidió decirles a los padres que se embarcaba para las Américas,
coincidió en el mismo galeón con mi amado, se hicieron amigos, porque don Pedro
Agustín dicharachero y mediador era como pocos, y siempre encontraba la frase
oportuna para hacerte reír, y así uno poniendo la inteligencia y otro la
embajada, y ambos la decisión se pusieron a realizar su particular conquista,
que sino el continente si les permitió tener dos lindas haciendas en Guantánamo
y dos preciosos hijos, al menos de los reconocidos...
Había
sido rubio y tenía los ojos azules, y aunque de no muy elevada estatura debió
de tener un buen porte unos años atrás, ahora medio canoso y calvo y con un
buen barrigón daba más la impresión de que se dedicaba a disfrutar de lo
conseguido que de de acrecentarlo, lo cual también era un buen motivo para que
hubiera alejado a su hija de su lado. Pero su buen humor y su amistad con mi
querido don Pepe continuaban intactos, y en el tema de los negocios más que
socios, era también mi amado quien dirigía los del vecino, cada uno era padrino
del hijo del otro y eso les daba una unión que muy profunda. Lo único que les
llevaba a algún tipo de disputa era la forma tan particular de llevar las
cuestiones morales don Nicolás Salmerón.
-
La indiada es la indiada y los esclavos son esclavos, a cada uno nos puso Dios,
Nuestro Señor, en su lugar…
-
Las relaciones entre las personas no tienen por qué seguir siempre siendo tan
desiguales -le rebatía don Pepe -. Los griegos, a quien debemos buena parte de
nuestra civilización, ya inventaron la democracia, el gobierno del Pueblo…
-
Pero nunca prescindieron de tener esclavos, y para poder mantener su
refinamiento intelectual y científico precisaban de una abundante mano de obra
que les realizara las tareas pesadas, ¿no cree doña Esther? - me introdujo en
el debate.
-
En realidad no poseo una gran instrucción, ni siquiera mediana, en Sevilla era
una criada más en la casa de don Francisco de Zurbarán -intenté evadirme del
tema.
-
Pero sabe escribir y sabe de cuentas, como me ha informado don Pepe.
-
Entre las virtudes que adornan a mi amada figura también la modestia -y Pepe me
acarició una mano mientras me dedicaba una sonrisa-. Don Francisco se encuentra
entre los hombres más cultos de nuestro tiempo y a su casa es visitada por los
artistas más ingeniosos… La enseñó a escribir don Lope de Vega, nada menos…
-
A copiar lo que él escribía -puntualicé.
-
¡Nada menos! -exclamó don Pedro Agustín, y, dejando de lado el tema de la
discusión que mantenían momentos antes, sacó de la faltriquera un medallón
colgado de una cadena de oro -. ¿Me permites que le haga un regalo a tu novia?
-preguntó a don Pepe, y sin esperar respuesta me lo entregó mientras explicaba-
: Representa una diosa de la mitología mexicana, Coatlicue, una especie de
versión de la Madre Tierra, y lo consideran una especie de amuleto de la buena
suerte…
Lo
tomé en mis manos para observarlo. Era una especie de camafeo circular de unos
siete centímetros de diámetro, con la base de oro macizo incrustaciones de
amatistas, rubíes y esmeraldas, configuraban el cuerpo de una mujer
desmembrada, y ¡pesaba lo suyo, no era para lucirlo a diario!
-
Es muy bello, no sé si debo aceptarlo.
-
Es muy hermoso y muy antiguo, procede de las culturas indígenas y es probable
que en su día lo utilizara alguna princesa india en días de ceremonias. Lo
guardaba para mi hija, como regalo de esponsales…
-
Razón de más para no poder quedarme con él.
-
Mi hija y Cuauhtémoc Luis siempre han sido como dos hermanos, si don Pepe ha
decidido que en adelante figures como madre de su hijo también puedes considerarte
como tal para ella… en la distancia, y lucirlo en su nombre.
-
Si no lo aceptas nuestro amigo lo considerará como una descortesía, así que no
se hable más - y tomándolo de mis manos me lo colgó del cuello mientras me daba
un beso en la nuca que me hizo estremecer hasta la punta de los pies.
(Nota de editor:
De
la diosa Coatlicue, que para la mitología azteca era la creadora de la tierra,
se descubrió una piedra circular de grandes dimensiones en las excavaciones del
Templo Mayor del Distrito Federal, que hoy se guarda en el Museo del Templo
como una de sus joyas más preciadas, pero no se tienen noticias de que se
realizaran copias de esta imaginería del tipo medallones, aunque cabe la
posibilidad…)
La visita del vecino, aparte de presentar
sus respetos a la prometida de su amigo, tenía un motivo comercial, pues
utilizaba el bajel de mi don Pepe para llevar los productos de su hacienda
hasta La Habana.
Aunque
el camino no dejaba de ser largo era mucho más seguro que transportarlas por
unos caminos llenos de bandidos, que además podían quedarse cortados por la
crecida de algún río. Las mercancías eran llevadas hasta el embarcadero cercano
a nuestra residencia en carretas, y mediante almadías construidas con troncos
de árboles atados por fuertes lianas descendían el curso del río hasta la
ensenada donde esperaba anclado el bajel.
En
sí cada uno de estos transportes constituía un festejo para la gente de “La
Confianza”, pues eran señal de prosperidad y de que al regreso el bajel nos
abasteciera con otras mercaderías de las que no se disponía en aquel rincón
apartado. Y así, junto con las balsas descendían como acompañamiento una buena
cantidad de esquifes con velas y canoas a remo, unas debidas a técnicas
ancestrales y otras a la curiosidad científica de nuestro Nicolás María del
Carmen Salmerón. Y mi propia curiosidad y deseos de observar de primera mano
cómo se desarrollaba el proceso me llevaron a tener una de las aventuras más
peligrosas y trascendentes de mi vida.
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