VI
DE
LAS COSAS QUE SE PLATICAN ENTRE MUJERES QUE PERDIERON SU ARRAIGO Y ESTÁN EN
CAMINO DE ENCONTRAR UNO NUEVO.
Cogidas
del brazo éramos como dos hermanas, ella sería como un par de años mayor que
yo, y de estatura me sacaba una cuarta por lo menos, por lo que bien se me
configuraba como una hermana mayor, y de lo que platicábamos nos
confraternizábamos cada vez más, pues ella no perdió tiempo en afirmar que por
su cuna era una princesa, y como tal eran sus ademanes y el trato que
dispensaba, hija de un rey allá en su tierra africana, que había sido apresada
y esclavizada por bandidos musulmanes, y bendecía la suerte de haber sido
comprada por don Pepe, al que debía de tener en el Olimpo de la Caballería,
pues no dejaba de alabar la donosura con que la trato separándola del resto de
los esclavos y llevándola a su propia recámara en el bajel.
Esta
confidencia me puso en cierto modo celosa y me separé con cierta brusquedad de
ella, a lo que reaccionó, comprendiendo los motivos, afirmando con una
sinceridad tan amable como triste:
-
No tengas preocupaciones por ese lado, un buen comerciante sabe cuidar la
mercancía con la que trata… y don Pepe lo es.
-
No puedo comprender que te humilles de ese modo, toda persona es libre ante los
ojos de Dios.
-
En mi caso fui capturada a la fuerza, en una rafia, pero sé que antes de aquel
penoso suceso hubo intercambios de otros miembros de mi tribu a cambio de
mercancías, unas veces como tributo para conservar la paz en la aldea y otras
como ambición de los próceres para tener una existencia mejor…
Su
forma de hablar me resultaba extraña para alguien que seguramente seguía siendo
una esclava y la hice participar de mi sorpresa.
-
Estuve un tiempo en la hacienda de don Pepe, allí tiene una especie de hombre
sabio al que llaman maestro, don Nicolás María del Carmen Salmerón se llama,
que vive entregado al amor a la ciencia y a la instrucción de los que llegan,
es una suerte que don Pepe se haya fijado en ti, pero son muchas las fuerzas
que están en contra de sus ideales libertarios. Mis hijas, como lo son también
de don Juan, serán mujeres libres, una con el color que heredó de mi tez tendrá
más difícil encontrar un buen maridaje, de lo que tenemos todos consciencia es
que está isla es nuestra y la defenderemos con nuestras vidas.
Vueltas
al entrelazo de brazos, tras la aclaración de lo que me obnubiló, me tocaba a
mi sincerarme.
-
Una nunca sabe por qué se enamora, y en mi caso creo que soy de fácil enamoradizo.
-
Don Juan tiene esposa e hijo en Málaga, allá en las Españas, así que me toca
ejercer de concubina…
Las
niñas corrieron a nuestro lado para informarnos que en la mesa estaban cantando
lindo.
Así
era, alguien había puesto una guitarra en las manos de don Pepe y el les
cantaba el son que tanto le entretenía a mosén Xavier.
“Con
los pobres de la tierra
Quiero
yo mi suerte echar.
El
arrullo de las sierras
Me
complace más que el mar”

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