miércoles, 3 de octubre de 2012

LAS ISLAS - VI



VI
         DE LAS COSAS QUE SE PLATICAN ENTRE MUJERES QUE PERDIERON SU ARRAIGO Y ESTÁN EN CAMINO DE ENCONTRAR UNO NUEVO.

         Cogidas del brazo éramos como dos hermanas, ella sería como un par de años mayor que yo, y de estatura me sacaba una cuarta por lo menos, por lo que bien se me configuraba como una hermana mayor, y de lo que platicábamos nos confraternizábamos cada vez más, pues ella no perdió tiempo en afirmar que por su cuna era una princesa, y como tal eran sus ademanes y el trato que dispensaba, hija de un rey allá en su tierra africana, que había sido apresada y esclavizada por bandidos musulmanes, y bendecía la suerte de haber sido comprada por don Pepe, al que debía de tener en el Olimpo de la Caballería, pues no dejaba de alabar la donosura con que la trato separándola del resto de los esclavos y llevándola a su propia recámara en el bajel.
         Esta confidencia me puso en cierto modo celosa y me separé con cierta brusquedad de ella, a lo que reaccionó, comprendiendo los motivos, afirmando con una sinceridad tan amable como triste:
       - No tengas preocupaciones por ese lado, un buen comerciante sabe cuidar la mercancía con la que trata… y don Pepe lo es.
         - No puedo comprender que te humilles de ese modo, toda persona es libre ante los ojos de Dios.
         - En mi caso fui capturada a la fuerza, en una rafia, pero sé que antes de aquel penoso suceso hubo intercambios de otros miembros de mi tribu a cambio de mercancías, unas veces como tributo para conservar la paz en la aldea y otras como ambición de los próceres para tener una existencia mejor…  
         Su forma de hablar me resultaba extraña para alguien que seguramente seguía siendo una esclava y la hice participar de mi sorpresa.
       - Estuve un tiempo en la hacienda de don Pepe, allí tiene una especie de hombre sabio al que llaman maestro, don Nicolás María del Carmen Salmerón se llama, que vive entregado al amor a la ciencia y a la instrucción de los que llegan, es una suerte que don Pepe se haya fijado en ti, pero son muchas las fuerzas que están en contra de sus ideales libertarios. Mis hijas, como lo son también de don Juan, serán mujeres libres, una con el color que heredó de mi tez tendrá más difícil encontrar un buen maridaje, de lo que tenemos todos consciencia es que está isla es nuestra y la defenderemos con nuestras vidas.
        Vueltas al entrelazo de brazos, tras la aclaración de lo que me obnubiló, me tocaba a mi sincerarme.
       - Una nunca sabe por qué se enamora, y en mi caso creo que soy de fácil enamoradizo.
      - Don Juan tiene esposa e hijo en Málaga, allá en las Españas, así que me toca ejercer de concubina…
     Las niñas corrieron a nuestro lado para informarnos que en la mesa estaban cantando lindo.
        Así era, alguien había puesto una guitarra en las manos de don Pepe y el les cantaba el son que tanto le entretenía a mosén Xavier.
         “Con los pobres de la tierra
         Quiero yo mi suerte echar.
         El arrullo de las sierras
         Me complace más que el mar”

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