XVI
Aunque
para mí la duración del trayecto había dejado de tener importancia pese a las
incomodidades del camarote y la compañía de la cansina doña Esperanza y su
retahíla de las privatizaciones, que tenía un no sé que de retorno a los pasados
Reinos de Taifa, esta vez de esencia mercantilista, porque viajaba en compañía
de las personas a quien más quería en este mundo: Bartolomé Esteban, don Pepe y
aquella cosita que me daba pataditas en el vientre desde dentro…
La
conversación que rompió de forma tan estruendosa la tormenta se volvió a
reanudar en otro anochecer pocas jornadas después.
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Mis estudios, tanto de construcción como de adentrarme en los vericuetos de
nuevos pensamientos se vieron interrumpidos cuando me llegó la noticia de que
mi padre había sido muerto ayudando a las tropas del Rey, representante de
Nuestro Señor en el mundo terrenal, sofocando una rebelión de nobles criollos
en contra de la subida de impuestos, lo que me hizo regresar a la hacienda para
atender a mi madre… Y llegué a tiempo para verla morir de pena y desasistencia
–unas lágrimas furtivas dieron más brillo a sus ojos café -, pues en nada se
había premiado por parte de la Corona aquello por lo que había dado la vida mi
progenitor, lo que me hizo reflexionar y empezar a tener una postura más
crítica sobre la naturaleza divina que se atribuyen las monarquías…
Esa
forma de hablar tan fluida y clarividente de don Pepe me dejaba anonadada y
sólo se me ocurría callar su locución cubriendo su boca con mis besos, pero tanto
el temor de que mi acción desencadenara una nueva tormenta como la presencia
cercana de mosén Xavier me detenían. De ahí pasó a relatar cómo había
reorganizado la hacienda, cómo en un viaje a la capital de Nueva España se
había enamorado de una indígena descendiente de Moctezuma, cómo le había dado
un hijo al que bautizaron como Cuauhtémoc
Luis ..
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Mi esposa murió de unas fiebres mal curadas, la vida en los trópicos tiene unos
cambios de clima muy pronunciados… y hay escasez de médicos.
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Lo mismo que en este galeón, que ejerce de tal el barbero.
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Para remendar una herida o hacer una sangría es tan válido como cualquier otro,
pero será mejor procurar que no enfermemos –y me ofreció una cebolleta fresca,
la más valiosa dosis de vitaminas que se podía regalar en un galeón, mientras
el comenzaba a mordisquear otra, no era tan romántico como alzar una copa de
espumoso pero seguro que sí era más sano.
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Como supongo que ya habrá notado todo el ornato y pedrería que llevamos mis
damas y yo son pura bisutería –quise aclararle para que no tuviera mi posición
económica por lo que no era y pudiera rectificar a tiempo si había puesto los
ojos en una mujer no adecuada para él, aún a riesgo de morirme de dolor si me
hubiera sentido rechazada -. Y la ocupación anterior de ellas era ejercer su
oficio en una mancebía que regenta mi madre…
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Toda persona tiene el derecho a prosperar y buscar su felicidad –contestó él -,
no acostumbro a fijarme en los oropeles ni a tener prejuicios sobre las
personas. Eliseo, que según la mitología griega es quien gobierna en el
Paraíso, tuvo tres Hijas: la Alegría, la Libertad y la Felicidad, y es lo que
se supone que son las mayores glorias para el ser humano…
El
grito desgarrado de un grumete desde las alturas de la cofia interrumpió su
locución…
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¡¡¡ Naves a estribor sin bandera!!!
Como
estaba anocheciendo no era inminente un ataque, ni siquiera se sabía cuál era
la intención de las naves que se acercaban ni por qué no portaban un pabellón
reconocible, pero los faroles entre los galeones de nuestra flota comenzaron a
enviar mensajes en un alumbrar y desalumbrar de indescifrable significado, cuyo
resultado último parecía que era un deseo de reagrupamiento como cuando un
rebaño de ovejas siente en el aire el olor de una manada de lobos.




