miércoles, 24 de octubre de 2012

LAS ISLAS - XIX



XIX
         DE CONFIDENCIAS ENTRE TRES MUJERES Y DE LA HOGUERA EN LA ATALAYA.

         Emprendimos un sendero perpendicular al que conducía a la playa en que naufragamos, casi todo el camino era cuesta arriba entre un arbolado exuberante con verdes de todos los tonos imaginables, y acompañaba al jadeo de nuestras fatigadas respiraciones el canto diverso de mil tipos de aves  y el chillido gutural de monos y macacos que saltaban entre la enramada.
         - No se afanen todavía en recoger leña que sólo contribuiría a hacer aún más fatigoso el trayecto -nos advirtió sor Edith, que continuó -, en todo caso si encuentran al alcance de su mano alguna fruta échenla al capacho.
       - ¿Falta mucho para llegar? - la pregunté, pues me impacientaba después de más de una hora de marcha.
         - No demasiado -contestó -, pero habrá que hacer un alto para reponer fuerzas cuando lleguemos a una fuente que se encuentra cercana.


         El agua fría de la poza que formaba un pequeño arroyuelo en un hoyo rocoso reconfortó nuestras fatigadas piernas. Y sentadas medio en corro con los pies metidos en el agua, mientras degustábamos algunas de las frutas recolectadas en el trayecto, fluyó la conversación de una forma espontánea.
         - Hasta este apartado rincón fuera de la civilización llegan noticias, que pueden ser bulos, o no, de que los de su raza siguen practicando ritos paganos por Guantánamo -se dirigió la hermana a Sofía.
         - Estoy bautizada -se apresuró a afirmar ésta.
        - No era una cuestión personal, sólo que es obvio que usted puede estar más enterada de ese particular. Por lo demás, se pueden practicar varias religiones de una forma sucesiva o simultánea. En mi caso nací judía y me convertí a la religión verdadera por profundas convicciones y entregar mi vida a su práctica más hermosa: la Caridad.
         - El padre don Nicolás María es partidario de la libertad de conciencia -creí oportuno intervenir en la conversación, pues había tenido alguna platica con él sobre el tema, cuando una noche de luna llena en que me encontraba desvelada bajé a la playa y pude comprobar como un grupo de nuestros peones realizaba extrañas evoluciones a la luz de una hoguera, y entre ellos creí entrever a Julián, aunque no me acerqué lo suficiente para comprobarlo porque nunca tuve vocación de fisgona y seguro de que demostrar mi presencia hubiera conducido a una situación desagradable de intrincadas explicaciones.
      - Los rumores que corren es que don Nicolás María nunca ha sido ordenado sacerdote de la Iglesia Católica, aunque oficie como tal, pero es cuestión que a mí no me interesa, desde que tomé el hábito dejé de preocuparme por la vida mundana…
         - ¡Don Nicolás es un santo! -se exaltó Sofía.
       - Una cosa es que lleve una vida santa y de ofrecimiento al prójimo y otra que su conducta se encuentre concorde con la doctrina establecida por el Vaticano. Algo que tiene a su favor, y por lo que mira hacia otro lado su Ilustrísima el Arzobispo de  Santiago, es que tiene en su bendición más bautizos que el resto de los prelados de toda Cuba, entre los que nacen por aquella comarca y los que trae de birlibirloque vuestro señor don Pepe.
       - Está usted muy al corriente de cuanto pasa en este mundo de pecadores por el que dice no interesarse -tuve que expresar ante la sorpresa por sus conocimientos sobre la situación real en “La Confianza”.
         - Como se me considera una desheredada de la vida por la misión que llevo aquí cualquiera que nos visita, muy de tanto en tanto, por desgracia, no tiene el menor recato en hacerme las confesiones más íntimas, y aparte está la intuición, que es una ampliación del concepto de percepción y que se refiere a una verdad más originaria que la proposicional: esta verdad es la de lo que aparece. En mi vida universitaria tuve ocasión de compartir conocimientos mundanos con algunos personajes muy peculiares, como un italiano, de nombre Galileo Galilei, que mantenía la teoría, opuesta a toda razón, de que nuestro planeta no es el centro del Universo y está quieto, y que giramos alrededor del Sol. ¡Ruego porque su alma inmortal vea la Luz!... Pero basta de pláticas y prosigamos el camino -cambió el tema mientras sacaba los pies del agua y los secaba con el extremo de su burda saya -. Y ahora sí que debemos llenar los capazos de leña pues la atalaya ya está próxima -y se puso de un salto el pie recogiendo el suyo.
         El camino seguía cada vez más empinado y la vegetación era menos frondosa, con árboles medio resecos y retorcidos por el viento, por lo que nos fue fácil ir llenando los capachos con ramas caídas… y, de repente, ceso toda la vegetación y nos encontramos sobre un mogote de piedra con una amplia visión sobre el horizonte.
            - ¡Cuántos islotes hay? -se admiró Sofía.
        - Sí, han tenido una gran suerte, dentro de su desastre, de que su embarcación haya ido a encallar en esta isla que es la única que se encuentra habitada… Tal vez la mano de Dios la puso en su camino por alguna razón que desconocemos, sus designios son inescrutables…
        - ¡Amén! - fue cuanto se me ocurrió decir, pues eso de los signios divinos y el destino ya me estaba bamboleando bastante de un tiempo acá, que lo mismo me encontraba en la gloria que en el infierno -. Cuanto antes encendamos el fuego más pronto conocerán nuestra presencia - y me puse a amontonar la leña de mi capacho sobre un montón de cenizas enmarcadas por piedras que señalaban el lugar donde habitualmente se emplazaba la hoguera.
         - Con todos mis respetos, se nota a la legua que la Señora procede de la ciudad -me detuvo Sofía-, así nunca prendera el fuego, déjeme esta tarea - y empezó a retirar la leña que yo había tirado a la montoná -, primero hay que dar el fuego a un poco de hierba seca y unas ramitas…

lunes, 22 de octubre de 2012

LAS ISLAS - XVIII



XVIII
         SOBRE CÓMO UNA ACABA POR ACOSTUMBRARSE A CUALQUIER SITUACIÓN, AUNQUE SE PASE BUENA PARTE DEL DÍA MIRANDO AL HORIZONTE. 

         Bien de amanecida, y después de una noche de sueños y velas intermitentes, en la que no faltó alguna pesadilla en la que se entremezclaban la realidad recién vivida con algunos fantasmas del pasado, regresé con Sofía hasta la playa en que encalló nuestro frágil bajel, para comprobar que no quedaba ni rastro de él. Lo más probable era que la marea alta lo hubiera puesto a flote y el oleaje lo hubiera arrastrado hacia cualquier parte, cuando no desbaratado contra alguna rocalla.
 
         Cuando regresamos a la capilla, ésta se había transformado en una sala de curas en la que sor Edith se afanaba en cambiar vendajes a los enfermos. Así que nuestra pregunta de dónde se encontraba la atalaya en que realizar la hoguera que señalara nuestra presencia, y avisara en caso de que el bajel de don Pepe pasara a una distancia prudente, quedó en suspenso, y la preguntamos en qué manera la podríamos ayudar mientras permaneciéramos en la isla.
         En verdad que la tarea de auxiliar en la material y lo espiritual a casi una docena de enfermos que apenas si podían valerse por sí mismos, algunos con parte de sus extremidades cercenadas por el mal, era harto ardua y el trabajo  se le acumulaba a la desprendida benefactora.
       - El corral, el huerto… -nos sugirió la monja carmelitana-, sobre el camastro le he dejado, doña Esther, una saya mía para que no tenga que estar todo el tiempo sólo vestida con un camisón, aunque le vendrá un poco grande se lo puede recoger como mejor le convenga…
         El clima tropical del lugar me había hecho olvidar que me encontraba sin vestido, y supongo que la ocurrencia de la hermana iba más encaminada al decoro que a la necesidad.
         En el corral había un par de cabras de grandes ubres que proveían de leche a la comunidad y un cabrón que las cubría cuando se les retiraba la lactancia, con lo que también de cuando en cuando podían añadir a su frugal dieta algún cabrito. Y el huerto era más bien una maraña de malashierbas rodeado por una empalizada baja de cañas, en el que era difícil que prosperara algún vegetal comestible, se notaba, como nos confirmaría ella poco después, que la educación de sor Edith había sido ciudadana y le resultaba complicado adaptarse a las labores del campo. Por fortuna entre la exuberante vegetación de la isla abundaban los árboles frutales y le resultaba más fácil recolectar que plantar. Así que Sofía y yo nos pusimos a la tarea de dejar el huerto limpio de maleza.

         Terminadas las curas, la siguiente labor de la hermana consistía en esterilizar las vendas recién cambiadas en un gran caldero a la lumbre de una hoguera de leña, y ponerlas después a secar al sol.
         Mientras la ayudábamos trayendo leña para que el fuego se mantuviera siempre vivo nos fue contando que procedía de una familia judía bastante acaudalada y que había recibido estudios universitarios en su ciudad, Letras y una rama de la filosofía que nos trato de explicar con brevedad.
         - Como forma de entender la filosofía, la fenomenología asume la tarea de describir el sentido que el mundo tiene para nosotros antes de todo filosofar. Para cumplir con esta tarea parte de un método y de un programa de investigaciones. En lo que se refiere al método, se vale de la reducción eidética, la reducción trascendental y el análisis intencional para explicitar el sentido del mundo en tanto que mundo (o del ser en tanto que ser) y de las cosas en él, así como para exponer las leyes esenciales inherentes a nuestra consciencia del mismo.

         Yo no entendía ni patata de lo que nos trataba de explicar, había una buena cantidad de palabras que nunca había escuchado, pero era agradable oír su educada voz, y como era diáfano que tenía pocas oportunidades de poder compartir sus conocimientos con otras personas que quizá los pudieran entender, era casi de caridad cristiana poner atención a sus palabras.
         - Hermana, aunque procedo de Sevilla no he recibido una educación muy esmerada, y si mientras servía la mesa de mi señor don Francisco de Zurbarán tuve muchas oportunidades de escuchar disquisiciones profundas nunca las preste demasiada atención, siempre me quede más con las anécdotas que con el fondo de las cuestiones…
         - Tal vez no esté empleando un léxico muy apropiado, pero la idea es sencilla: Es entender las cosas a partir de la experiencia propia en contraposición a quedarse en meras construcciones de palabras y castillos en el aire… y ahora iremos recogiendo leña por el camino para prender la fogata en la atalaya, tomaremos unos capazos de mimbre.
         - Y, ¿sus enfermos? -preguntó Sofía.
      - No son problema, hasta la hora del baño reposan y se afanan en mantener limpias sus cabañas.

viernes, 19 de octubre de 2012

LAS ISLAS - XVII



XVII
         SOBRE LOS EXTRAÑOS POBLADORES DE LA ISLA PERDIDA, Y DE LA MUJER QUE LOS COMANDABA.

         - ¡Salga de ahí, Señora, por favor! -me gritó una mujer que llevaba toca y hábito del Carmelo.
         Su voz tenía un carácter tan imperativo que me dirigí con celeridad hacia la orilla, donde aguardaba Sofía, mientras la monja descendía con torpeza hacia nosotras envarada por su larga saya que se enredaba en los espinos que flanqueaban el sendero.
         - ¿Cómo se le ocurre bañarse en esta poza? -me preguntó cuando llegó a nuestra altura.
         - Entre el salitre y la arena de la playa me encontraba muy pastosa -balbucí como disculpa.
         - Hemos naufragado en los escollos ante la playa -explicó Sofía -, procedemos de Guantánamo y nos arrastró la corriente hasta esta isla.
         - Esta isla no figura en las cartas náuticas, en realidad es una leprosería.
         Y llegaron las presentaciones y las explicaciones. Se llamaba Edith Stein, era alemana y de ascendencia judía, pero según ella contaba la había llamado Cristo, en las palabras de Teresa de Ávila:
“Vivo sin vivir en mí,
Y tan alta vida espero,
Que muero porque muero”
Y había tomado el hábito del Carmen y decidido consagrar su vida a ayudar a los más necesitados y a estudiar filosofía.
         - Por las tardes traigo a mis enfermos a tomar el baño, según cuenta una leyenda de los indios que la habitaban antes de ser exterminados por los conquistadores está fuente posee cualidades mágicas, pues procede del corazón de la montaña… Yo sólo creo en nuestro Señor Jesucristo, pero lo cierto es que ninguno de mis enfermos ha muerto desde que estoy aquí…
         - ¿Cuántos años lleva en esta isla? -le preguntó Sofía.
         - Unos cuarenta -respondió la monja.
         - ¡Pues no aparenta tener más de treinta! -me asombré yo.
         - Es la edad con la que llegué aquí.
         - ¡Date un baño Sofía!, por si estás aguas tienen en realidad algunos poderes -le sugerí a mi amiga.
         - No me lo daré por si los tienen, no me gustaría sobrevivir a mis hijos, la mayor pena que puede tener una madre es perder a alguien que trajiste a este mundo… -y yo no pude reprimir unas lágrimas recordando a mi hija nonata, mientras Sofía proseguía -. Don Pepe Martí nos recita algunas veces unos versos que el poeta Homero pone en la boca del guerrero Aquiles: “Los dioses nos envidian porque somos mortales…”
         Los andrajosos enfermos habían descendido con muchas dificultades hasta la orilla del estanque.
         - Procuren no tener contacto con ellos, según dicen los médicos la lepra es una enfermedad muy contagiosa, aunque parece que soy inmune a ella, loado sea el Señor. Cuando terminemos con el baño les llevaré hasta la capilla, que es donde yo vivo y les procuraré acomodo y una frugal cena, aunque los víveres procedentes de la civilización nos llegan muy de cuando en cuando esta isla está bendecida por cantidad de árboles frutales. 

       (Nota del Editor:
      La Isla de la Juventud se encuentra situada a unos 60 kilómetros al sur de Cuba, y es la mayor de un archipiélago formado por multitud de islotes y escollos. A lo largo del tiempo ha cambiado varias veces de nombre, su última denominación le viene de que posee gran cantidad de facultades y escuelas a donde van a formarse jóvenes de todo el planeta, en particular es famosa su Facultad de Medicina. Sobre la fuente milagrosa a que se hace referencia en el relato no se tienen noticias, tal vez perdiera sus extrañas cualidades con el paso de los siglos…)

         La capilla era a la vez sala de curas y residencia de sor Judith, y el altar estaba presidido por una talla en madera del Crucificado, que, aunque era de pequeñas dimensiones, tenía una gran fuerza expresiva y es posible que procediera del taller de Juan de Mena. Una serie de biombos de caña montados sobre carriles en la viguería del techo lograban que el espacio fuera cambiante según las necesidades a que era dedicado.
      - Es la única estructura sólida de que disponemos pues los enfermos hacen su vida independiente en frágiles cabañas construidas con palma, que cuando sufrimos un tifón, que son frecuentes por esta zona, son desbaratadas y hay que volverlas a reconstruir -nos explicaba sor Judith -. Mientras se refugian en esta capilla y rezamos.
         - Hoy deberíamos orar porque nos encuentren pronto -sugerí yo, que me encontraba llena de nostalgias de nuestra finca y de don Pepe, y no me hacía a la idea de pasar una larga estancia en un lugar tan poco acogedor.
         - De cuando en cuando recibimos la visita de monjes procedentes de La Habana, que nos traen provisiones, y a veces algún enfermo para que se quede aquí, pero no tienen plazos fijados sino más bien aprovechan alguna gestión que tengan que hacer en Santiago delante del Señor Obispo, desviándose un poco de la ruta.
         - Siempre podemos intentar poner a flote la barca y tratar de llegar hasta la costa de Cuba -me animó Sofía.
         - Si han salido en su busca sería más seguro que permanecieran aquí, en un promontorio disponemos de una atalaya de piedra donde podemos hacer una buena hoguera cuyo humo se pueda ver desde bastante lejos -nos aconsejo la monja- , en cualquier caso lo más conveniente es que descansen y con el nuevo día ya habrá más luz para razonar. Les prepararé unos camastros junto al mío -y sin más se puso a la acción, y Sofía y yo nos dispusimos a ayudarla.

jueves, 18 de octubre de 2012

LAS ISLAS - XVI


XVI
         DE LA ISLA PERDIDA Y DE LA FUENTE DE LA ETERNA JUVENTUD

         “Tú que puedes vuélvete me dijo el río llorando, los cerros que tanto quieres allá te están esperando”.
        Cómo ya se dijo, la ensenada de Guantánamo es en realidad un conjunto de varias bahías en la que desembocan diversos ríos, arroyos y torrenteras, con lo que las corrientes que se producen dentro de ella son de variada dirección y empuje.
         Don Nicolás había diseñado unos meses atrás un pequeño bajel de un solo palo y vela triangular según algunos apuntes que tomó en tierras griegas, y que era muy utilizado por los pescadores de allá por su velocidad y capacidad para maniobrar, pero… algo se le debió de escapar a nuestro sabio porque veloz sí que lo era, como el rayo, pero en cuanto a maniobras pronto comprobaríamos que el timón se atoraba más de lo debido.

         Sofía y yo nos embarcamos en aquel pequeño bajel, que además tenía la característica de que la vela y el timón podían ser manejados por una sola persona, en este caso por la esposa de Kunta-Kinte, porque yo de navegación no sabía ni jota.
         El descenso del río sin ningún incidente, acompañados por la algarabía de los que gritaban desde las otras barcas y alguna interjección de mando de los navegantes de las balsas, la primera de ellas dirigida por don Pepe.
         El bajel de mercancías se veía hermoso con su arboladura desnuda fondeado en el centro de la bahía. Y hacia él se dirigían todas las embarcaciones… Todas menos la nuestra, pues a Sofía le era imposible maniobrar el timón y la corriente provocada por una torrentera nos alejaba cada vez más de nuestro objetivo y nos encaminaba hacia la bocana de la ensenada.


         - ¿Qué pasa, Sofía? -pregunté al comprobar que el navío se aceleraba cada vez más y se desviaba de nuestro destino.
         - El timón se ha quedado enclavado y me resulta imposible variar la dirección, Señora.
         - Prueba con la vela -le sugerí.
         - Sería inútil, los vientos soplan también en la dirección de altamar…
         - ¿Entonces?
         - De momento voy a dejar inutilizado el timón y cuando los vientos cambien de dirección daremos la vuelta. No se preocupe, Señora, soy muy buena mareadora.
         - Pues me preocupo porque me empiezo a marear con el oleaje…
         Así era, con la celeridad del rayo habíamos llegado a aguas abiertas y las olas jugaban con nuestro frágil barquichuelo como si viajáramos en un carrusel.
         - Túmbese en el fondo de la barca y agárrese bien fuerte como si formara parte de maderaje, y, ya que es cristiana, rece a los santos de su devoción…
         - Más bien soy una pecadora… pero seguiré tus consejos -y tras de unas horas de continuó bamboleo y de plegarias a la Esperanza Macarena las aguas se calmaron.
         Sofía, que había permanecido en su puesto todo el tiempo, tal vez también orando a sus dioses ancestrales, había desplegado la vela triangular y dirigía nuestro esquife hacia una isla llena de vegetación que se encontraba frente a nosotras.
         - Haremos un alto en el camino, si no es de distinta opinión la Señora, antes de dar la vuelta, con tanta vegetación seguro que hay agua potable y será fácil encontrar algunos frutos comestibles.
         - ¿Nos hemos alejado mucho? -la pregunté.
         - Es difícil de precisar, y también la dirección que nos han hecho llevar las olas, pero sabemos que Cuba está al norte, así que tras de descansar y reponer fuerzas emprenderemos el camino inverso, si las aguas continúan calmas no será difícil volver a Guantánamo.
         - Ya está atardeciendo…
        - Tal vez sería más prudente pasar la noche aquí y regresar al amanecer.
         Con lo que no había contado mi amiga Sofía era que la playa hacia la que nos dirigíamos no era arenosa, sino llena de arrecifes que la marea alta impedía vislumbrar, y pronto la quilla de nuestra embarcación fue chocando de uno en otro hasta que quedó atrapada entre dos peñascos.

         - Las aguas son procelosas -fue cuanto se le ocurrió decir-. Nos va a tocar nadar un poco… -Sofía, a pesar de todos los golpes que la había dado la vida continuaba siendo una persona optimista.
         - ¡Maldita la hora! -mi carácter era bien diferente.
         - Primero la dejaremos bien amarrada a alguna roca, alcánceme aquel cabo, Señora -y ya estaba sumergida en el agua.
         - Con estas ropas no podré nadar -la decía mientras le alcanzaba una cuerda.
         - Pues quédese en enaguas y dejé el vestido en algún rincón, nadie va a venir a robárselo…

         Empapada de agua salina y embadurnada de la blanca arena de la playa seguí a Sofía rumbo al grupo de palmeras que la flanqueaban. Un hilo de agua discurría entre ellas avanzando hacia el mar y tras de sorber unos puches de agua dulce para quitarnos un poco la sed decidimos seguir su ruta inversa para ver de donde procedía, y, tras de una enramada, ¡oh!,  se nos apareció una linda laguna sobre la caía un cascada de fosforescentes aguas… y no me pude contener y me lancé al agua sin atender a las prudentes voces de Sofía:
         - ¡Puede que haya caimanes!
         ¡Qué felicidad deslizarme por aquellas aguas tan limpias y tan frescas!
            Me tumbe de espaldas y miré hacia lo alto de la cascada, y el grupo de personas deformes que desde arriba observaba mis evoluciones en silencio parecía extraído de una macabra pesadilla.