domingo, 7 de octubre de 2012

LAS ISLAS - IX



IX
         DE NUESTRA LLEGADA A LA HACIENDA Y DE ALGUNAS DE LAS IDEAS TAN PARTICULARES DE NUESTRO SABIO SALMERÓN.

         Cuando el camino dejó de discurrir entre frondosos cañaverales y se ensanchó en una llanura para ponerse paralelo a un riachuelo se ofreció a mi vista un poblado formado por multitud de pequeñas cabañas distribuidas sobre una colina de abundante vegetación sobre las que destacaba un edificio de mayor entidad y de planta octogonal.
         Enseguida un tropel de chiquillería se puso a corretear junto a la calesa con una jolgoriosa algarabía a la que acompañaban los ladridos de varios perros que los acompañaban.
         - No están muy acostumbrados a recibir visitas y para ellos constituye una novedad. ¡Ya hemos llegado por fin! -me informó don Juan -. Y en buena hora porque tengo los riñones molidos de tanta tartana… Aquella es la mansión de don Pepe.
       Era una cabaña no muy diferente a las demás lo que no dejó de extrañarme. En la puerta se encontraba el comité de recepción integrado por Julián, que tras ayudarme a bajar de la calesa me presentó a su esposa, Sofía, y a don Nicolás María del Carmen Salmerón.
         Como llegamos sobre el mediodía caía un sol de justicia y enseguida buscamos la sombra protectora de la cabaña, que en realidad era una gran cocina.
          - La casa en sí está excavada en la roca, una idea de don Nicolás para protegernos del calor -me informaba Julián.
         El aludido sonrió. Era un hombre de robusta constitución que ya debía estar frisando los sesenta y el pelo que le faltaba en el cráneo le sobraba en la poblada barba larga que lucía, vestido con una burda saya de áspera tela tenía más pinta de misionero que de maestro, tal como lo tenía yo conceptuado por los de Sevilla. 
          
        Pero no me dio tiempo a llevar más adelante mis observaciones porque ya me conducían a través de un laberíntico pasillo que daba vueltas sobre sí mismo para ir a perderse aquí y allá dentro de alguna sala, salón, antecámara o habitación, para volver a reaparecer después partiendo del rincón de alguna estancia, hasta que desembocamos en un gran patio rodeado por rocosos farallones cubiertos de una rica vegetación: vincapervincas, corregüelas marinas, campanillas, madreselvas…
         - Se suele hacer la vida cotidiana en este acogedor patio, las ventanas de la recámara de don Pepe son aquellas que se ven abiertas sobre la pared-roca de enfrente -me informó don Juan -. Como habrá comprobado mi señora doña Esther, la temperatura que tenemos aquí no tiene nada que ver con la solanera de fuera.
         - En efecto hay un frescor muy agradable.
        - La idea la obtuve de algunos poblamientos de la Tierra Sarracena, he viajado mucho…
       En el centro del recoleto recinto una mesa de gruesa madera de roble antiguo rodeada de asientos tallados en la roca parecía brotar del suelo. Me impresionó este encantador detalle y como todo allí dentro parecía adaptarse a la perfección, de una forma plena y auténticamente orgánica, a la naturaleza.

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