IX
DE
NUESTRA LLEGADA A LA HACIENDA Y DE ALGUNAS DE LAS IDEAS TAN PARTICULARES DE
NUESTRO SABIO SALMERÓN.
Cuando
el camino dejó de discurrir entre frondosos cañaverales y se ensanchó en una
llanura para ponerse paralelo a un riachuelo se ofreció a mi vista un poblado
formado por multitud de pequeñas cabañas distribuidas sobre una colina de
abundante vegetación sobre las que destacaba un edificio de mayor entidad y de
planta octogonal.
Enseguida
un tropel de chiquillería se puso a corretear junto a la calesa con una jolgoriosa
algarabía a la que acompañaban los ladridos de varios perros que los
acompañaban.
-
No están muy acostumbrados a recibir visitas y para ellos constituye una
novedad. ¡Ya hemos llegado por fin! -me informó don Juan -. Y en buena hora
porque tengo los riñones molidos de tanta tartana… Aquella es la mansión de don
Pepe.
Era
una cabaña no muy diferente a las demás lo que no dejó de extrañarme. En la puerta
se encontraba el comité de recepción integrado por Julián, que tras ayudarme a
bajar de la calesa me presentó a su esposa, Sofía, y a don Nicolás María del
Carmen Salmerón.
Como
llegamos sobre el mediodía caía un sol de justicia y enseguida buscamos la
sombra protectora de la cabaña, que en realidad era una gran cocina.
-
La casa en sí está excavada en la roca, una idea de don Nicolás para
protegernos del calor -me informaba Julián.
El
aludido sonrió. Era un hombre de robusta constitución que ya debía estar
frisando los sesenta y el pelo que le faltaba en el cráneo le sobraba en la
poblada barba larga que lucía, vestido con una burda saya de áspera tela tenía
más pinta de misionero que de maestro, tal como lo tenía yo conceptuado por los
de Sevilla.
Pero no me dio tiempo a llevar más adelante mis observaciones porque ya me conducían a través de un laberíntico pasillo que daba vueltas sobre sí mismo para ir a perderse aquí y allá dentro de alguna sala, salón, antecámara o habitación, para volver a reaparecer después partiendo del rincón de alguna estancia, hasta que desembocamos en un gran patio rodeado por rocosos farallones cubiertos de una rica vegetación: vincapervincas, corregüelas marinas, campanillas, madreselvas…
- Se suele hacer la vida cotidiana en
este acogedor patio, las ventanas de la recámara de don Pepe son aquellas que
se ven abiertas sobre la pared-roca de enfrente -me informó don Juan -. Como
habrá comprobado mi señora doña Esther, la temperatura que tenemos aquí no
tiene nada que ver con la solanera de fuera.
- En efecto hay un frescor muy
agradable.
- La idea la obtuve de algunos
poblamientos de la Tierra Sarracena, he viajado mucho…
En el centro del recoleto recinto una
mesa de gruesa madera de roble antiguo rodeada de asientos tallados en la roca
parecía brotar del suelo. Me impresionó este encantador detalle y como todo
allí dentro parecía adaptarse a la perfección, de una forma plena y
auténticamente orgánica, a la naturaleza.

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