jueves, 4 de octubre de 2012

LAS ISLAS - VII



VII
         DE LA TRAMPA QUE SE TENDIÓ AL BANDIDO RUBAL CABRALOCA 
     
         Nos hubiera complacido detenernos más espacio en tan grata compañía pero las obligaciones de mi amado, al que reclamaba el cuidado su hacienda, nos obligaron a hacer el petate más presto de lo deseado.
         - Don Juan quiere aprovechar nuestra partida para tenderle una trampa al bandido Rubal Cabraloca, y que deje de hacer felonías por sus tierras, pero como eso pondrá en peligro tu vida quiero ponerlo en tu conocimiento y hacerle desechar la idea si no estás de acuerdo…
         - Siempre me hubiera gustado ser una hija de buena familia que viviera una vida tranquila en la apacible Sevilla. Y tener muchos hijos… pero parece que el destino se ha confabulado para que mi existencia sea muy distinta… “Unas nacen con estrella y otras nacemos estrelladas…”
         - Mi querida doña Esther, me gustaría ofrecerte una vida de duquesa pero los tiempos que nos han tocado vivir están llenos de desasosiego… Si este bandido se hace fuerte no sería de extrañar que en un momento dado se atreviera a atacar la hacienda de nuestro hospitalario amigo y poner en peligro la vida de Serena y sus hijas.
         - Parece que el preguntarme era una tautología… ¿Cuál es el plan, pues?


         - Ofrecernos como cebo para que el bandido caiga en el anzuelo, pero… se me está ocurriendo una idea mejor para no poner en riesgo tu vida… pero antes hay que consultar con los comediantes y comprobar cuan adelante son capaces de arriesgar en una farsa…
         Fue divertido ver a don Pepe tomado del brazo con don Alfonso, que interpretaba mi papel con soltura aunque fuera una cuarta más alto que yo, y mi vestido le quedara corto y estrecho, aunque la posible tragedia que se avecinaba se entremezclaba con lo cómico y nos provocaba a todos permanecer un tanto envarados, y a quien menos gracia le hacía el asunto era a don Ginés, a quien se le había dado un papel estelar en la función sin consultar si estaba de acuerdo o no en participar en ella.
         - ¡Carallo con los tiempos que corren, si en la anterior me fui entre los cascos de la mula no sé como acabaré en esta!
         - Los tiempos tienen fiestas en los conventos y riesgos en los caminos –medio rió don Pepe, que afrontaba la situación con gallardía pero sabedor del peligro que se iba a tener tampoco con el alma muy ufana.
         Y en vez de subir a la calesa con la supuesta novia montó en un caballo blanco que le había prestado don Juan  para, en su caso, poder combatir con mayor desembarazo, porque tampoco estaba claro que el bandolero cayera en la trampa.
         En cualquier caso el resto de la compañía de comediantes también tenía que partir hacia Santiago, y era parte de la trama que en su carreta cubierta, donde se guardaban las vestimentas y tramoyas se escondiera gente armada que serían los que desbaratarían el hurto. No estaba mi ánimo para esperas así que no estaba dispuesta en quedarme al margen de aquella acción por lo que me subí al carro de los volatineros que iban a representar una batalla real.
         Este si iba protegido por una tropa a caballo comandada por don Juan con lo más granado de sus capataces armados hasta los dientes.

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