XIV
DE
CÓMO PUEDE HABER ALGUNOS MOMENTOS DE ESTABILIDAD EN LA VIDA DE CUALQUIER
PERSONA, Y DE LA PRIMERA CARTA QUE NOS LLEGÓ DE BARTOLOMÉ ESTEBAN.
Las
noches caribeñas son largas y sensuales y la brisa del mar refresca el ambiente
al tiempo que los aromas salinos te bajan desde las pituitarias hasta
cualquiera de tus humores más íntimos.
Fueron
unos meses prodigiosos de alegrías y amor… Por el día mi amado se dedicaba a
poner en orden su hacienda y yo a recordar cómo se llevan los libros de
contabilidad, como en la casa de mi preceptor en Sevilla, a la que nunca
olvidaba porque para mí:
“Sevilla tiene un color especial,
Sevilla sigue teniendo su duende…”
Allí donde me encuentre.
En
el muellecito de la bahía tenían construida una especie de cabaña abierta, (si
siguen más adelante el relato y mi baño en la Fuente de la Eterna Juventud no
les extrañará que la pueda denominar de chiringuito), y nos gustaba al
atardecer desplazarnos hasta allí, unas veces solos y otros en compañía de
nuestros amigos de “La Confianza” o de algunos visitantes, para hacer holganzas
mientras contemplábamos la puesta de sol, y siempre nos acompañaban músicos,
pues don Nicolás Salmerón ponía mucho empeño en que se desarrollará está
cualidad del espíritu humano y aunque algunos de los instrumentos eran costos y
más costoso que llegaran en buenas condiciones a la isla, la flauta carricera
es bien fácil de construir en un lugar donde la caña abunda y con alguna
guitarra que llega de aquí o de allá ya se tiene montada una orquestina.
Cuando
alguna vez llegó Serena con sus hijas Micaela y Mónica sentí una felicidad
difícil de evaluar, el contacto con aquellas niñas me retornaban a la feliz
infancia en los patios soleados de Sevilla…
Para
más, una vez don Juan era portador de una carta de mi querido Bartolomé Esteban
en la que me decía, aparte de unos halagos que son previos a lo transcrito:
“Las
casas en Veracruz son de madera con techos de palma, por aquí la denominan
Ciudad de Tablas, resulta confuso, mi estimada Señora, que la ciudad por la que
pasa más oro y plata y ricas mercancías del Universo de una impresión tan pobre,
tal vez que estemos mal acostumbrados a las piedras y jardines que engalanan
nuestra Sevilla, si los enemigos de las Españas pusieran empeño en ello la
destruirían en un santiamén. Mientras permanezca anclada en ella la flota de
nuestro Almirante don Ignacio de Angulo está bien protegida, pero cuando zarpe rumbo
a la Habana volverá a estar bien desprotegida e indefensa.
Por
fortuna gracias a la habilidad de don Pedro de Valdelvira y de la capacidad
negociadora de don Alejo cuando llegue a tus lindas manos este correo ya
estaremos camino de Puebla, pues gracias al sello real que acompaña al
arquitecto y las buenas gestiones del secretario de don Pepe se ha conseguido
formar una nutrida caravana en la que irán bien seguras las mercancías de nuestro
señor don Francisco de Zurbarán.
En
cuanto nuestras amigas doña Elena y doña Cristina cada vez se encuentran más
próximas a doña Esperanza de Aguirre, que continúa llenándoles la cabeza de
pájaros con sus locas ideas sobre las privatizaciones que parecen venidas de
los diablos protestantes, lo que más bien parece estar en contra de los deseos
de nuestro Señor don Felipe el Cuarto, y no sé si estos deseos de cambio
acabaran por acarrear alguna tragedia. En alguna ocasión he oído como la
amonestaba fray Raimundo. Lo que me parece cada vez más lejano es el trueque de
la bisutería por pedrería auténtica, lo que aunque defraude a su señora madre
en lo económico la resarcirá en saber que se ha librado dos auténticas pécoras.
Como
cuando terminé la presente me empezará a dictar Cuauhtémoc Luis una dirigida a
su padre ya te informarás de cómo marchan los negocios de sus mercancías que
también formarán parte de nuestra expedición.
Las
chicas mexhicanas son preciosas y muy cariñosas, tienen la piel del mismo color
que nuestro amigo y le consideran como un príncipe, lo que me permite
aproximarme mucho a ellas y sus costumbres, y hago muchos apuntes y dibujos sobre
sus actividades cotidianas, unas veces al carboncillo y otras a la sanguina…”
El
resto de la misiva eran comentarios personales y buenos deseos.

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