domingo, 14 de octubre de 2012

LAS ISLAS - XIII



XIII
        

          SOBRE COMO MEDIANTE LA CORRESPONDENCIA QUE NOS LLEGABA NOS ÍBAMOS INFORMANDO DE LO QUE ACAECÍA LEJOS DE NUESTRA CONFIANZA.

         A diario nos llegaba correspondencia desde Santiago del puño y letra de mi don Pepe, para don Juan con informaciones concretas de cómo iban los asuntos por allí y para mí con algún que otro versito, y con intimidades, y pidiéndome paciencia, y prometiéndome un pronto regreso. Con lo mío me quedaba pero lo que llegaba a don Juan era compartido… El llegar con la partida de cómicos había sido providencial porque para el Obispo con la perspectiva de que iba a poderse representar en su parroquia un Auto Sacramental de Calderón de la Barca el asunto por el que hizo llamar a don Pepe quedó en segundo plano. 

         Como de alguna manera también se encontraba implicado en algunos de los asuntos, pues de alguna manera no podía estar totalmente desinformado de los saraos que se celebraban en el Monasterio de Santa Margarita, era más bien una advertencia sobre las formas que sobre el fondo de las actividades de mi amado.


       - Se rumorea que en sus viajes trae esclavos negros a la isla… se rumorea que algunos de los esclavos que trabajan en su hacienda son liberados y se les deja seguir sus costumbres paganas… se rumorea que trata con algunos comerciantes que tienen sus costumbres bastante relajadas y se comportan de una manera bastante tibia con respecto a nuestra Santa Madre Iglesia…
         - Su Ilustrísima, con todos mis respetos, no irá a darle pábulo a lo que comentan malintencionados malandrines envidiosos de ver como se acrecienta mi fortuna… Su Ilustrísima sabe, y esto no son rumores sino hechos, que el Convento de las Carmelitas, del que es madre abadesa Sor Angustias, se mantiene en gran medida gracias a mi hacienda y de mi peculio se está reconstruyendo el tejado que se llevó el huracán…
        - Estamos en conocimiento de sus buenas obras de caridad… pero corren tiempos difíciles para todos, el que hoy se encumbra mañana puede estar descendido… y también me han llegado rumores de que alguna persona ha hecho un uso indebido de mis aposentos en el Monasterio de Santa Margarita.
         (Cuando escuché la relación que hacía don Juan no pude por menos que sonreír al pensar que se hizo de ellos un uso exquisito).
         - Sobre ese particular no tengo noticias, mosén siempre me cede su celda cuando pernocto allí… pero vi la carroza del Gobernador junto a la puerta…
         - Tal vez me informaron mal -dudó el Obispo.
        - Los cómicos son muy buenos, les he oído declamar versos de don Lope de Vega y lo hacen de ensueño -cambió el tema de la conversación con gran astucia don Pepe.  
         Ricardo Darin y los suyos estaban alojados en el palacio episcopal viviendo una linda existencia tras los azares del camino y todo llevaba visos que la duración de aquel paraíso particular se extendería cuanto pudieran entre elegir el texto adecuado, memorizarlo, lugar idóneo para la representación, etcétera… y contaban con la colaboración de don Pepe, que mientras resolvía sus asuntos comerciales no dejaba ni un solo día de visitar al Obispo con objeto de seguir congraciado con él.

         Tampoco creo que me contara todo cuanto contenían las misivas, en particular en lo referente a las reuniones nocturnas que seguro que como en La Habana las seguiría teniendo en la capital eclesiástica de la isla.
         Las palabras que me dijera Sofía en el carromato y el que no me guste estar mano sobre mano me impulsaron a pedirle opinión a don Juan sobre sí mientras me iba haciendo con el pulso del lugar retomaba las atrasadas contabilidades de don Alejo, a lo que accedió complacido por mi iniciativa y me dijo que en la carta que le estaba escribiendo a don Pepe le pondría al corriente del asunto, como también que sus propias ocupaciones le impedían permanecer por más tiempo en “La Confianza”, que era el nombre como se conocía a la hacienda de mi amado.
         Pero no fue necesario que la llegara a cursar, porque aquel mismo atardecer flanqueado por el griterío de la chiquillería apareció la calesa guiada por don Ginés que traía de nuevo a mis brazos a mi amado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario