miércoles, 29 de agosto de 2012

EL VIAJE - XV


XV
            La chispa no había sido provocada por nuestra pasión acumulada, que también lo hubiera hecho posible, sino antes bien era un aviso de la tormenta eléctrica seca que instantes después estallaría, llenando el firmamento de truenos y relámpagos.
         Y al poco pudimos ver como unas llamas azuladas brotaban en los extremos de los mástiles y jarcias.
            - ¡Es el fin del mundo! –grité aterrada.


       - Tan sólo es el fuego de San Telmo –me sosegó mosén Xavier, echándome un brazo sobre los hombros -, y aunque no sea un buen augurio, porque puede ser el comienzo de una tempestad, tan sólo es un fenómeno de la naturaleza y por tanto obra de Dios, la acompañaré a la cámara del Almirante y rezaremos un Rosario para que la Santísima Virgen nos auxilie y reconforte…
         El aludido Almirante ya se encontraba en cubierta medio desnudo y dando órdenes como un poseso para que se recogiera el velamen a toda prisa y la nave se pusiera al pairo. Presentaba una figura bizarra en camisón pero no le faltaban ni la banda representativa de su cargo ni el tahalí del que pendía su espada…
         Cinco mujeres y un fraile postrados de rodillas entre sillas y taburetes que parecían caminar según las diferentes oscilaciones del galeón nos afanábamos en concentrarnos en la oración para olvidar el amenazante entorno que por momentos parecía engullirnos mientras íbamos pasando las cuentas del rosario con la conocida salmodia “Ora pro nobis”, mientras una fina y helada lluvia que entraba a rachas por los rotos ventanales de la cámara nos iba calando y haciendo castañear los dientes.
         Una vez más, después de la tempestad vino la calma y nos fue anunciada por Bartolomé Esteban que, al parecer por su expresión risueña, la había disfrutado en el castillete de popa junto a Pepe Martí, dando ambos muestra del temple de su carácter.
         Tras la movida noche amaneció un luminoso día y se pudo comprobar que gracias a la prontitud, firmeza y decisión con que afrentó la prueba don Ignacio de Angulo nuestro galeón apenas si había sufrido daños. Costó toda la jornada volver a reordenar la flota y llegar a conocer que se habían perdido dos naves que chocaron entre sí por la impericia de sus capitanes, así como otras habían resultado seriamente dañadas en su arboladura, lo que haría todavía más lenta la travesía…

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