XV
La
chispa no había sido provocada por nuestra pasión acumulada, que también lo
hubiera hecho posible, sino antes bien era un aviso de la tormenta eléctrica
seca que instantes después estallaría, llenando el firmamento de truenos y
relámpagos.
Y
al poco pudimos ver como unas llamas azuladas brotaban en los extremos de los
mástiles y jarcias.
-
¡Es el fin del mundo! –grité aterrada.
-
Tan sólo es el fuego de San Telmo –me sosegó mosén Xavier, echándome un brazo
sobre los hombros -, y aunque no sea un buen augurio, porque puede ser el
comienzo de una tempestad, tan sólo es un fenómeno de la naturaleza y por tanto
obra de Dios, la acompañaré a la cámara del Almirante y rezaremos un Rosario
para que la Santísima Virgen nos auxilie y reconforte…
El
aludido Almirante ya se encontraba en cubierta medio desnudo y dando órdenes
como un poseso para que se recogiera el velamen a toda prisa y la nave se
pusiera al pairo. Presentaba una figura bizarra en camisón pero no le faltaban
ni la banda representativa de su cargo ni el tahalí del que pendía su espada…
Cinco
mujeres y un fraile postrados de rodillas entre sillas y taburetes que parecían
caminar según las diferentes oscilaciones del galeón nos afanábamos en
concentrarnos en la oración para olvidar el amenazante entorno que por momentos
parecía engullirnos mientras íbamos pasando las cuentas del rosario con la
conocida salmodia “Ora pro nobis”, mientras una fina y helada lluvia que
entraba a rachas por los rotos ventanales de la cámara nos iba calando y
haciendo castañear los dientes.
Una
vez más, después de la tempestad vino la calma y nos fue anunciada por
Bartolomé Esteban que, al parecer por su expresión risueña, la había disfrutado
en el castillete de popa junto a Pepe Martí, dando ambos muestra del temple de
su carácter.
Tras
la movida noche amaneció un luminoso día y se pudo comprobar que gracias a la
prontitud, firmeza y decisión con que afrentó la prueba don Ignacio de Angulo
nuestro galeón apenas si había sufrido daños. Costó toda la jornada volver a reordenar
la flota y llegar a conocer que se habían perdido dos naves que chocaron entre
sí por la impericia de sus capitanes, así como otras habían resultado
seriamente dañadas en su arboladura, lo que haría todavía más lenta la travesía…

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