miércoles, 15 de agosto de 2012

PRIMERA PARTE. EL VIAJE: I y II


PRIMERA PARTE
EL VIAJE
I
     Don Lope, el amigo de mi señor don Francisco, además de hacerme el amor por las cocinas o por donde me encontrara también encontró el tiempo de enseñarme a escribir… eso era por los jardines, sentados en bancos de piedra donde se tiene el culo frío y el corazón caliente, a lo que ayudan no poco el penetrante olor de los arrayanes… la cosa iba de una tal “Estrella de Sevilla” y la dictaba en voz alta para que la fuera copiando al tiempo que la escribía, pero cada vez que levantaba la vista del papel y se juntaban nuestras miradas yo exhalaba un suspiro y él echaba un borrón que le obligaba a utilizar otra cuartilla e inventar un nuevo verso, quizá por eso le salió una de sus mejores comedías…
     En Madrid tiene esposa y amante, pero a un “Fénix de los Ingenios “ le deben de sobrar hormonas y alguna otra cosa para hacer feliz a una chica de provincias cuando anda de viaje…


    Mi nombre es Esther, supongo que mi madre me lo puso así de judío porque mi presunto padre, que era manco y tenía mucha labia, decían que tenía ascendencia de tales… Así pues tal vez mi nombre sea Esther Cervantes y no el que figura en los papeles: de Dios.
Lo cierto es que salí bastante morocha y por eso mi señor don Francisco decidió pintarme como Virgen Niña, en realidad lo pintó uno de sus empleados y él le puso la firma, porque con el negocio de las exportaciones mamá, que es entre otras cosas es su contable, se la pasan casi todo el rato haciendo números y cábalas, sino están en la actividad que más nos gusta a Lopito y a mí, jijijiji
     A mamá, en realidad, le gustan también las hembras, y cuando alguna duquesita le pide que le vaya a zurcir un roto o un descosido se pone muy contenta… dice que lo hace por mí, por buscarme el futuro que merezco… pero ya os iré contando… También de la trágica muerte de su amigo Bartolomé Esteban Murillo, que tenía unos ojos y unas manos que igual de maravillosos pintaba a los niños divinos que a los piojosos desheredados.

II
     Pero vayamos por partes, estamos en el año de gracia de Nuestro Señor 1630 en una preciosa mansión sevillana donde tiene su industria mi tutor don Francisco de Zurbarán, que a poco tendría una trifulca con mamá por quitarle una de sus novias para casarse con ella.
     Pero, como un caballero siempre es un caballero, no la dejó en la calle sino que la montó otro tipo de industria en la orilla opuesta del Guadalquivir, barrio de Triana se llama, y entrambos decidieron que una mancebía no era el lugar más apropiado para una señorita que había recibido una variada educación por parte del “Fénix de los Ingenios”, y continué al servicio de don Francisco como ayudante en la cocina que llevaba a puerto una señora de origen moro reconvertía a la Religión Verdadera, porque prefería lo tangible de una cocina donde siempre había con que hacer un guiso a las veleidades de los profetas…
     Se llamaba Aixa, y siempre llevaba puesto un velo, quizá porque ya estaba enterada de la importancia de la higiene en los fogones antes de que lo legislaran las leyes, tal vez por haber leído a Averroes… También sabía mucho sobre las propiedades de las plantas medicinales y me preparaba unas infusiones muy lindas para que no me quedara preñada, pero ninguna ciencia es infalible…


     En un momento dado a Lope, que como cualquier otro hombre no dejaba de ser un tarambana, le dio el flash de buscar la eternidad y estrenar sus comedias en la Capital del Imperio, aparte de que también le esperaban cuatro tetas como cuatro carretas, y yo le cantaba sus coplillas, en forma de seguidillas, a lo que llevaba en mi vientre:
“Lavárame en el Tajo
Muerta de risas
Que la arena en los dedos
Me hace cosquillas”
     Y le contaba al futuro Alejo de Vega Cervantes que su papá inventó ese tipo de copla, la seguidilla, que le encantará bailar a una chica del futuro llamada María Victoria, manchega de pro como la Aldonza Lorenzo a la que cantaba su abuelo.
    Otro de los asiduos al caserón de don Francisco era don Pedro de Valdelvira, arquitecto de una sola obra, pero muy multiplicada por cientos, le contrataron no sé muy bien si los dominicos, los franciscanos, los jesuitas, o los tres para que edificara una iglesia en Toledo que se pareciera al Jesús de Viñola en Roma, cambio la piedra por ladrillo, y lo consiguió con tal gracia que se reprodujo como por arte de encantamiento desde Texas hasta Valparaíso, creando algo que después se llamaría estilo eclesiástico colonial.
     Tenía fama de maricón, tal vez porque siempre iba acompañado de un guardaespaldas muy guapo y fornido, pero lo cierto es que un señor de su calidad, en una Sevilla tan dada a la molicie y la malicia, no es de extrañar que le gustara salir y entrar protegido.
     El guardador era italiano y por lo tanto bilingüe, porque más de una vez se le escapaban los ojos hacia mi escote y las manos buscando algo bajo mis sayas…. Aunque también le gustaba intentar alguna intimidad con Bartolomé Esteban, al que mi señor tenía, como aprendiz que era, de chico para todo… pero yo siempre estaba al acecho para echarle un capote porque con el muchacho tenía una complicidad de adolescente que algún día me sabría agradecer representándome como a la más bella de las Inmaculadas que nunca se pintó…

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