PRIMERA PARTE
EL VIAJE
I
EL VIAJE
I
Don Lope, el amigo de mi
señor don Francisco, además de hacerme el amor por las cocinas o por donde me
encontrara también encontró el tiempo de enseñarme a escribir… eso era por los
jardines, sentados en bancos de piedra donde se tiene el culo frío y el corazón
caliente, a lo que ayudan no poco el penetrante olor de los arrayanes… la cosa
iba de una tal “Estrella de Sevilla” y la dictaba en voz alta para que la fuera
copiando al tiempo que la escribía, pero cada vez que levantaba la vista del
papel y se juntaban nuestras miradas yo exhalaba un suspiro y él echaba un
borrón que le obligaba a utilizar otra cuartilla e inventar un nuevo verso,
quizá por eso le salió una de sus mejores comedías…
En Madrid tiene esposa y
amante, pero a un “Fénix de los Ingenios “ le deben de sobrar hormonas y alguna
otra cosa para hacer feliz a una chica de provincias cuando anda de viaje…
Mi nombre es Esther,
supongo que mi madre me lo puso así de judío porque mi presunto padre, que era
manco y tenía mucha labia, decían que tenía ascendencia de tales… Así pues tal
vez mi nombre sea Esther Cervantes y no el que figura en los papeles: de Dios.
Lo cierto es que salí
bastante morocha y por eso mi señor don Francisco decidió pintarme como Virgen
Niña, en realidad lo pintó uno de sus empleados y él le puso la firma, porque
con el negocio de las exportaciones mamá, que es entre otras cosas es su
contable, se la pasan casi todo el rato haciendo números y cábalas, sino están
en la actividad que más nos gusta a Lopito y a mí, jijijiji
A mamá, en realidad, le
gustan también las hembras, y cuando alguna duquesita le pide que le vaya a
zurcir un roto o un descosido se pone muy contenta… dice que lo hace por mí,
por buscarme el futuro que merezco… pero ya os iré contando… También de la
trágica muerte de su amigo Bartolomé Esteban Murillo, que tenía unos ojos y
unas manos que igual de maravillosos pintaba a los niños divinos que a los
piojosos desheredados.
II
Pero vayamos por partes,
estamos en el año de gracia de Nuestro Señor 1630 en una preciosa mansión
sevillana donde tiene su industria mi tutor don Francisco de Zurbarán, que a
poco tendría una trifulca con mamá por quitarle una de sus novias para casarse
con ella.
Pero, como un caballero
siempre es un caballero, no la dejó en la calle sino que la montó otro tipo de
industria en la orilla opuesta del Guadalquivir, barrio de Triana se llama, y
entrambos decidieron que una mancebía no era el lugar más apropiado para una
señorita que había recibido una variada educación por parte del “Fénix de los
Ingenios”, y continué al servicio de don Francisco como ayudante en la cocina
que llevaba a puerto una señora de origen moro reconvertía a la Religión
Verdadera, porque prefería lo tangible de una cocina donde siempre había con
que hacer un guiso a las veleidades de los profetas…
Se llamaba Aixa, y
siempre llevaba puesto un velo, quizá porque ya estaba enterada de la
importancia de la higiene en los fogones antes de que lo legislaran las leyes,
tal vez por haber leído a Averroes… También sabía mucho sobre las propiedades
de las plantas medicinales y me preparaba unas infusiones muy lindas para que
no me quedara preñada, pero ninguna ciencia es infalible…
En un momento dado a
Lope, que como cualquier otro hombre no dejaba de ser un tarambana, le dio el
flash de buscar la eternidad y estrenar sus comedias en la Capital del Imperio,
aparte de que también le esperaban cuatro tetas como cuatro carretas, y yo le
cantaba sus coplillas, en forma de seguidillas, a lo que llevaba en mi vientre:
“Lavárame en el Tajo
Muerta de risas
Que la arena en los dedos
Me hace cosquillas”
Y le contaba al futuro
Alejo de Vega Cervantes que su papá inventó ese tipo de copla, la seguidilla,
que le encantará bailar a una chica del futuro llamada María Victoria, manchega
de pro como la Aldonza Lorenzo a la que cantaba su abuelo.
Otro de los asiduos al
caserón de don Francisco era don Pedro de Valdelvira, arquitecto de una sola
obra, pero muy multiplicada por cientos, le contrataron no sé muy bien si los
dominicos, los franciscanos, los jesuitas, o los tres para que edificara una
iglesia en Toledo que se pareciera al Jesús de Viñola en Roma, cambio la piedra
por ladrillo, y lo consiguió con tal gracia que se reprodujo como por arte de encantamiento
desde Texas hasta Valparaíso, creando algo que después se llamaría estilo eclesiástico
colonial.
Tenía fama de maricón,
tal vez porque siempre iba acompañado de un guardaespaldas muy guapo y fornido,
pero lo cierto es que un señor de su calidad, en una Sevilla tan dada a la
molicie y la malicia, no es de extrañar que le gustara salir y entrar
protegido.
El guardador era italiano
y por lo tanto bilingüe, porque más de una vez se le escapaban los ojos hacia
mi escote y las manos buscando algo bajo mis sayas…. Aunque también le gustaba
intentar alguna intimidad con Bartolomé Esteban, al que mi señor tenía, como
aprendiz que era, de chico para todo… pero yo siempre estaba al acecho para
echarle un capote porque con el muchacho tenía una complicidad de adolescente
que algún día me sabría agradecer representándome como a la más bella de las
Inmaculadas que nunca se pintó…


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