martes, 21 de agosto de 2012

EL VIAJE - VIII


VIII
     Y la cuestión no terminó todavía ahí porque los soldados que al parecer venían en nuestro auxilio en vez de tomar el camino de perseguir a los bandidos, asunto que hubiera resultado inútil ya que se meterían por cualquier gruta y desaparecerían en el laberinto de pasadizos que horadaban la ciudad por completo, donde existía toda una Corte de los Milagros que no tenía nada que envidiar a la parisina de Víctor Hugo, al notar nuestra desasistencia, pretendieron cobrarse la cabalgada gozando de la belleza de mis damas de compañía y de la propia, viendo a nuestros hombres tan menguados por el cansancio de la reyerta y las heridas, aunque como tras de ellos llegó una especie de calesa descubierta tirada por una mula y conducida por fray Raimundo no hubo lugar a muchos dimes y diretes porque una crucecilla de madera colgada sobre un hábito tiene más poder en esta católica España que cualquier arcabuz o espada. 


     Le acompañaba nuestra fiel Aixa, con su inseparable velo negro, a la que también había dejado don Francisco a mi servicio hasta que llegara la hora de la partida.
     La urgencia que había puesto al fraile en nuestra búsqueda, y que había resultado tan útil, no era otra que darnos a conocer que ya se habían ultimado los preparativos y que la flota partiría al amanecer del día siguiente.
     Aixa, que siempre llevaba consigo su bolsa de hierbas curativas, le puso un emplasto a Silvio en la herida que le había producido la bala con el fin de detener la hemorragia mientras salmodiaba algunas palabras en su lengua oriental que sonaban bastante a conjuro, mientras el herido no dejaba de blasfemar:
       -  ¡Voto al Shafiro Escarlata y al Shafiro verde y a los diablos que pintó El Giotto en la Abadía de Asís que he de reducir a cenizas a ese malandrín que me ha ferido, un siciliano siempre cumple su vendetta!
     Fray Raimundo no hacía sino hacerse cruces ante las salmodias infieles y las blasfemias cristianas mientras las conjuntaba con alabanzas a Nuestro Señor Jesucristo porque la aventura hubiera tenido un final no demasiado lamentable, ya quedó dicho que en no teniendo que enviar a algún hereje a la hoguera era nuestro fraile de un carácter apacible y bonachón, más amigo del buen yantar y el buen beber que de las teologías aunque fueran estas las que le proporcionaran el poder disfrutar de los dichos placeres, lo que le iba redondeando cada vez más la figura, y como era más bien bajo qué alto llevaba camino de convertirse en una esfera, rematada por otra de menor tamaño, cuya forma era acentuada por una pronunciada calvicie.
     Luego se formó la caravana con la carreta, protegida por los soldados, camino del Hospital de Pobres para buscar lugar donde atender a nuestro Silvio, que tantas muestra de hombría de bien había dado defendiéndonos de los malhechores, y le extrajeran el proyectil que parecía habérsele quedado incrustado junto al hueso de la clavícula.
     Seguía llevando las riendas de la mula torda que la movía el fray y me dejó su lado en el pescante para darme información. En la caja habíamos tendido a Silvio, a quien consolaba de su infortunio con lágrimas en los ojos don Pedro de Valdelvira, mientras que la mora, mi querido Bartolomé Esteban y mis damas de compañía caminaban detrás a pie, por lo que la marcha era lenta.
      - Te has portado como un jabato – le alababan las hermanas, escuchaba mientras el fraile me iba dando novedades.
      - Es una pena que no podamos viajar todos juntos, a pesar de que le hice la promesa a don Francisco de Zurbarán que permanecería todo el tiempo de la travesía a su lado, mi Señora Doña Esther, pero ya sabe que las distribuciones del pasaje dependen del responsable del viaje…
     Esta primera información me llenó de alegría, después de todo el susto pasado, no iba a tener que soportar las jaculatorias de este botarate durante todo el largo y tortuoso camino…
     - ¿Bartolomé Esteban permanecerá a mi lado?
     - Por supuesto, y los cuadros de don Francisco irán bien protegidos en la nave Almiranta, que mandará don Ignacio de Angulo, duque de los Rosales, un prestigioso marino que ha realizado ya varios viajes a Indias.
     En tanto que se extendía en diversas explicaciones y consejos llegamos al Hospital…
     Fue una noche de no dormir entre pensar en lo acaecido que me dejaba el corazón helado y lo ignorado del porvenir que me lo abrasaba.

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