VIII
Y la cuestión no terminó todavía
ahí porque los soldados que al parecer venían en nuestro auxilio en vez de
tomar el camino de perseguir a los bandidos, asunto que hubiera resultado
inútil ya que se meterían por cualquier gruta y desaparecerían en el laberinto
de pasadizos que horadaban la ciudad por completo, donde existía toda una Corte
de los Milagros que no tenía nada que envidiar a la parisina de Víctor Hugo, al
notar nuestra desasistencia, pretendieron cobrarse la cabalgada gozando de la
belleza de mis damas de compañía y de la propia, viendo a nuestros hombres tan
menguados por el cansancio de la reyerta y las heridas, aunque como tras de
ellos llegó una especie de calesa descubierta tirada por una mula y conducida
por fray Raimundo no hubo lugar a muchos dimes y diretes porque una crucecilla
de madera colgada sobre un hábito tiene más poder en esta católica España que
cualquier arcabuz o espada.
Le acompañaba nuestra fiel Aixa,
con su inseparable velo negro, a la que también había dejado don Francisco a mi
servicio hasta que llegara la hora de la partida.
La urgencia que había puesto al
fraile en nuestra búsqueda, y que había resultado tan útil, no era otra que
darnos a conocer que ya se habían ultimado los preparativos y que la flota
partiría al amanecer del día siguiente.
Aixa, que siempre llevaba consigo
su bolsa de hierbas curativas, le puso un emplasto a Silvio en la herida que le
había producido la bala con el fin de detener la hemorragia mientras salmodiaba
algunas palabras en su lengua oriental que sonaban bastante a conjuro, mientras
el herido no dejaba de blasfemar:
- ¡Voto al Shafiro Escarlata y al Shafiro verde
y a los diablos que pintó El Giotto en la Abadía de Asís que he de reducir a
cenizas a ese malandrín que me ha ferido, un siciliano siempre cumple su
vendetta!
Fray Raimundo no hacía sino
hacerse cruces ante las salmodias infieles y las blasfemias cristianas mientras
las conjuntaba con alabanzas a Nuestro Señor Jesucristo porque la aventura
hubiera tenido un final no demasiado lamentable, ya quedó dicho que en no
teniendo que enviar a algún hereje a la hoguera era nuestro fraile de un
carácter apacible y bonachón, más amigo del buen yantar y el buen beber que de
las teologías aunque fueran estas las que le proporcionaran el poder disfrutar
de los dichos placeres, lo que le iba redondeando cada vez más la figura, y
como era más bien bajo qué alto llevaba camino de convertirse en una esfera,
rematada por otra de menor tamaño, cuya forma era acentuada por una pronunciada
calvicie.
Luego se formó la caravana con la
carreta, protegida por los soldados, camino del Hospital de Pobres para buscar
lugar donde atender a nuestro Silvio, que tantas muestra de hombría de bien
había dado defendiéndonos de los malhechores, y le extrajeran el proyectil que
parecía habérsele quedado incrustado junto al hueso de la clavícula.
Seguía llevando las riendas de la
mula torda que la movía el fray y me dejó su lado en el pescante para darme
información. En la caja habíamos tendido a Silvio, a quien consolaba de su
infortunio con lágrimas en los ojos don Pedro de Valdelvira, mientras que la
mora, mi querido Bartolomé Esteban y mis damas de compañía caminaban detrás a
pie, por lo que la marcha era lenta.
- Te has portado como un jabato –
le alababan las hermanas, escuchaba mientras el fraile me iba dando novedades.
- Es una pena que no podamos
viajar todos juntos, a pesar de que le hice la promesa a don Francisco de
Zurbarán que permanecería todo el tiempo de la travesía a su lado, mi Señora
Doña Esther, pero ya sabe que las distribuciones del pasaje dependen del
responsable del viaje…
Esta primera información me llenó
de alegría, después de todo el susto pasado, no iba a tener que soportar las
jaculatorias de este botarate durante todo el largo y tortuoso camino…
- ¿Bartolomé Esteban permanecerá a
mi lado?
- Por supuesto, y los cuadros de
don Francisco irán bien protegidos en la nave Almiranta, que mandará don
Ignacio de Angulo, duque de los Rosales, un prestigioso marino que ha realizado
ya varios viajes a Indias.
En tanto que se extendía en
diversas explicaciones y consejos llegamos al Hospital…
Fue una noche de no dormir entre
pensar en lo acaecido que me dejaba el corazón helado y lo ignorado del
porvenir que me lo abrasaba.
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