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La
vendetta de don Silvio (segunda parte)
Como
ya dejamos dicho Silvio era muy guapo, de una belleza que rayaba en lo
femenino, con lo que con las vestimentas adecuadas y los empastes y pinturas
adecuadas no sólo parecía una moza sino una dama muy bella.
La
Venta Vargas era una especie de cortijo con una amplia corrala protegida de los
rigores del sol por exuberantes parras, situado en la Isla de San Fernando, y
con las salinas de por medio dotaban al lugar del suficiente aislamiento como
que aparte del cante y el baile, y la comida regada con caldos de la tierra, se
pudieran hacer todo tipo de transacciones, como los peristas blanquear joyas
robadas que les llevaban los facinerosos o sacar algunas monedas extras tanto las
bailarinas como los palmeros comerciando con su cuerpo.
Era
pues el lugar ideal para que Monopodio y su cuadrilla pudieran disfrutar a sus
anchas de las ganancias que obtenían con su oficio…
Como
un par de meses después del altercado en la Caleta comenzó a frecuentar también
el lugar una bella joven de relucientes dientes blancos, que aunque muda pronto
pudieron los varones comprobar que tenía una gran habilidad con la lengua para
otros menesteres, y que su boca tenía una poderosa capacidad de succión, como
ya había podido comprobar por mí mismo con anterioridad, continuaba don Pedro
su relato, por lo que pronto se hicieron famosas en la Venta sus cualidades…
Como
Silvio no necesitaba el dinero, pues le había dejado bien provisto de doblones
hasta mi regreso, podía seleccionar a los mancebos a quien ofrecer su servicio
y, dada su condición femenina, hasta disfrutaba con ello procurando que sus
eventuales amantes hubieran antes comido frutas y bebido vinos dulces y
especiados con canela y vainilla, ya que es sabido que el semen adquiere el
sabor de aquello que se come y se bebe…
Para
quien no tenía nada que ocultar la forma de llegar hasta el lugar era por el
camino de las salinas, aprovechando las mareas bajas, pues, al ser éstas
posesión Real, estaba fuertemente custodiado por soldados para que no robaran
un producto tan necesario para la conservación de los alimentos que se
preparaban para las travesías. Los que era mejor que no dieran tres cuartos al
pregonero para anunciar sus movimientos utilizaban barcas o chalupas
atravesando la bahía.
A
Monopodio también le llegaron los rumores de las habilidades de la nueva colipoterra
y quiso conocer por sí mismo esos nuevos placeres que tanto se alababan, pero
Silvio le fue dando largas, por una parte para encelarle más y por otra porque el
bandido siempre iba acompañado de su cuadrilla, y para la vendetta se bastaba y
sobraba el sólo pero para la huida necesitaba que se conjuntaran varias
factores: alguien que le tuviera preparado un caballo e impidiera la
persecución de los compinches y una noche en que la marea fuera lo suficiente
baja para poder atravesar las salinas sin utilizar el camino, por lo que tenía
que esperar la ocasión en que don Vittorio y alguno de sus camaradas tuvieran
la oportunidad de echarle una mano en el momento oportuno.
Y
al fin la noche adecuada llegó y Silvio se llevó al bandido, que se las
prometía muy feliz y ya iba erecto con las ensoñaciones de lo que esperaba
disfrutar, a un apartado… desde el que pocos minutos después comenzaron a
escucharse alaridos de dolor mientras que nuestro amigo italiano con la cara
ensangrentada escupía un pingajo y saltaba por una ventana, y montado en el
corcel que le esperaba con las riendas sujetas por un fiel del mafioso, desaparecía
entre las sombras de la noche camino de las salinas.
Cuando
al día siguiente don Silvio, con una barba y bigote postizos, lleno de empaque
y gallardía, se paseaba por Puerta Tierra mientras que esperaba una posta que
le llevase de regreso a Sevilla para posar para don Francisco, escuchando los
comentarios de los corrillos de desocupados pudo comprobar cómo en aquella
ciudad se propagaban las noticias como la pólvora…

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