jueves, 23 de agosto de 2012

EL VIAJE - X


X
             La vendetta de don Silvio (segunda parte)

         Como ya dejamos dicho Silvio era muy guapo, de una belleza que rayaba en lo femenino, con lo que con las vestimentas adecuadas y los empastes y pinturas adecuadas no sólo parecía una moza sino una dama muy bella.
         La Venta Vargas era una especie de cortijo con una amplia corrala protegida de los rigores del sol por exuberantes parras, situado en la Isla de San Fernando, y con las salinas de por medio dotaban al lugar del suficiente aislamiento como que aparte del cante y el baile, y la comida regada con caldos de la tierra, se pudieran hacer todo tipo de transacciones, como los peristas blanquear joyas robadas que les llevaban los facinerosos o sacar algunas monedas extras tanto las bailarinas como los palmeros comerciando con su cuerpo.


         Era pues el lugar ideal para que Monopodio y su cuadrilla pudieran disfrutar a sus anchas de las ganancias que obtenían con su oficio…
         Como un par de meses después del altercado en la Caleta comenzó a frecuentar también el lugar una bella joven de relucientes dientes blancos, que aunque muda pronto pudieron los varones comprobar que tenía una gran habilidad con la lengua para otros menesteres, y que su boca tenía una poderosa capacidad de succión, como ya había podido comprobar por mí mismo con anterioridad, continuaba don Pedro su relato, por lo que pronto se hicieron famosas en la Venta sus cualidades…
         Como Silvio no necesitaba el dinero, pues le había dejado bien provisto de doblones hasta mi regreso, podía seleccionar a los mancebos a quien ofrecer su servicio y, dada su condición femenina, hasta disfrutaba con ello procurando que sus eventuales amantes hubieran antes comido frutas y bebido vinos dulces y especiados con canela y vainilla, ya que es sabido que el semen adquiere el sabor de aquello que se come y se bebe…

         Para quien no tenía nada que ocultar la forma de llegar hasta el lugar era por el camino de las salinas, aprovechando las mareas bajas, pues, al ser éstas posesión Real, estaba fuertemente custodiado por soldados para que no robaran un producto tan necesario para la conservación de los alimentos que se preparaban para las travesías. Los que era mejor que no dieran tres cuartos al pregonero para anunciar sus movimientos utilizaban barcas o chalupas atravesando la bahía. 

         A Monopodio también le llegaron los rumores de las habilidades de la nueva colipoterra y quiso conocer por sí mismo esos nuevos placeres que tanto se alababan, pero Silvio le fue dando largas, por una parte para encelarle más y por otra porque el bandido siempre iba acompañado de su cuadrilla, y para la vendetta se bastaba y sobraba el sólo pero para la huida necesitaba que se conjuntaran varias factores: alguien que le tuviera preparado un caballo e impidiera la persecución de los compinches y una noche en que la marea fuera lo suficiente baja para poder atravesar las salinas sin utilizar el camino, por lo que tenía que esperar la ocasión en que don Vittorio y alguno de sus camaradas tuvieran la oportunidad de echarle una mano en el momento oportuno.

         Y al fin la noche adecuada llegó y Silvio se llevó al bandido, que se las prometía muy feliz y ya iba erecto con las ensoñaciones de lo que esperaba disfrutar, a un apartado… desde el que pocos minutos después comenzaron a escucharse alaridos de dolor mientras que nuestro amigo italiano con la cara ensangrentada escupía un pingajo y saltaba por una ventana, y montado en el corcel que le esperaba con las riendas sujetas por un fiel del mafioso, desaparecía entre las sombras de la noche camino de las salinas.

        Cuando al día siguiente don Silvio, con una barba y bigote postizos, lleno de empaque y gallardía, se paseaba por Puerta Tierra mientras que esperaba una posta que le llevase de regreso a Sevilla para posar para don Francisco, escuchando los comentarios de los corrillos de desocupados pudo comprobar cómo en aquella ciudad se propagaban las noticias como la pólvora…

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