lunes, 20 de agosto de 2012

EL VIAJE - VII


VII
     Sin darnos muy bien cuenta de cómo y desde dónde había salido se nos habían juntado por la retaguardia cuatro bultos que caminaban sin apenas hacer ruido con sus pisadas…
     Bartolomé, que además de la vista tenía un oído muy agudo, echó una mirada de soslayo y algo le pareció que no marchaba bien…
     - ¡Don Pedro! – gritó, aunque en un tono no muy alto, como si sólo quisiera llamar la atención al amigo sobre cualquier asunto trivial.
     Pero fue suficiente para que los de atrás se sintieran alarmados y comenzaran a bailar un ballet que debían de tener muy ensayado, dos nos pasaron uno por cada lado y cortaron el paso a nuestros amigos, el brillo de aceros relampagueó con las últimas luces del sol que se despeñaba por el horizonte.


     - ¡No queremos dañar a nadie! – gritó la ronca voz de uno de los que nos cortaban la retirada, que debía ser el jefe de la cuadrilla -. ¡Qué las señoras depositen las joyas en este saco y podréis continuar vuestro camino! –y dio un paso hacia nosotras que estábamos con la color demudada y no sabíamos si gritar o llorar.
     Lo siguiente que se le escuchó decir al bandido fue:
     - ¡Ayyyy! – cuando sintió como los afilados carboncillos de Bartolomé se le clavaban en la entrepierna.
    Lo demás fue bastante confuso, don Pedro y Silvio desenfundaron sus espadas y dieron muestras de cómo cualquiera que sea la inclinación sexual de una persona se puede ser un buen maestro de esgrima, parando los primeros golpes para lanzar después estocadas y reveses que mantenían en raya al adversario, y Bartolomé se iba defendiendo como podía de las cuchilladas de una navaja de muelles con su cuaderno de de dibujo y yo le auxiliaba empleando las cadenas y collares de bisutería para distraer en lo posible la atención del agresor.
     De pronto se sintió como un estruendo acompañado de un relámpago… Los bandidos llevaban armas de fuego y algo, que luego definiría como si le hubiera hundido en la carne el aguijón una avispa muy grande, hirió un hombro de Silvio.
    Pero el pistolón no siguió mucho tiempo en las manos del asesino porque el pulso certero de don Pedro, tan acostumbrado a trazar rectas con tinta sirviéndose sólo de una pluma y sin necesidad de escuadra ni cartabón, le atravesó la muñeca de parte a parte con su blanca.
     El ruido y el maremágnum consiguió por fin advertir a los que se hallaban en las cercanías que algo estaba pasando en el espolón y se comenzaron a escuchar cascos de caballos cada vez más próximos.
     Los maltrechos malhechores se tiraron hacia la playa apoyándose unos en otros y se perdieron entre las sombras y las olas entre blasfemias e improperios.
      -¡Voto a Brios, en una tierra plagada de zorras y afeminados tuvimos que tropezar con artistas! -gritaba la ronca voz del cabecilla, llevado en volandas por sus compinches.

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