VII
Sin darnos muy bien cuenta de cómo
y desde dónde había salido se nos habían juntado por la retaguardia cuatro
bultos que caminaban sin apenas hacer ruido con sus pisadas…
Bartolomé, que además de la vista
tenía un oído muy agudo, echó una mirada de soslayo y algo le pareció que no
marchaba bien…
- ¡Don Pedro! – gritó, aunque en
un tono no muy alto, como si sólo quisiera llamar la atención al amigo sobre
cualquier asunto trivial.
Pero fue suficiente para que los
de atrás se sintieran alarmados y comenzaran a bailar un ballet que debían de
tener muy ensayado, dos nos pasaron uno por cada lado y cortaron el paso a
nuestros amigos, el brillo de aceros relampagueó con las últimas luces del sol
que se despeñaba por el horizonte.
- ¡No queremos dañar a nadie! – gritó
la ronca voz de uno de los que nos cortaban la retirada, que debía ser el jefe
de la cuadrilla -. ¡Qué las señoras depositen las joyas en este saco y podréis
continuar vuestro camino! –y dio un paso hacia nosotras que estábamos con la
color demudada y no sabíamos si gritar o llorar.
Lo siguiente que se le escuchó
decir al bandido fue:
- ¡Ayyyy! – cuando sintió como los
afilados carboncillos de Bartolomé se le clavaban en la entrepierna.
Lo demás fue bastante confuso, don
Pedro y Silvio desenfundaron sus espadas y dieron muestras de cómo cualquiera
que sea la inclinación sexual de una persona se puede ser un buen maestro de
esgrima, parando los primeros golpes para lanzar después estocadas y reveses
que mantenían en raya al adversario, y Bartolomé se iba defendiendo como podía
de las cuchilladas de una navaja de muelles con su cuaderno de de dibujo y yo
le auxiliaba empleando las cadenas y collares de bisutería para distraer en lo
posible la atención del agresor.
De pronto se sintió como un
estruendo acompañado de un relámpago… Los bandidos llevaban armas de fuego y
algo, que luego definiría como si le hubiera hundido en la carne el aguijón una
avispa muy grande, hirió un hombro de Silvio.
Pero el pistolón no siguió mucho
tiempo en las manos del asesino porque el pulso certero de don Pedro, tan
acostumbrado a trazar rectas con tinta sirviéndose sólo de una pluma y sin
necesidad de escuadra ni cartabón, le atravesó la muñeca de parte a parte con
su blanca.
El ruido y el maremágnum consiguió
por fin advertir a los que se hallaban en las cercanías que algo estaba pasando
en el espolón y se comenzaron a escuchar cascos de caballos cada vez más
próximos.
Los maltrechos malhechores se
tiraron hacia la playa apoyándose unos en otros y se perdieron entre las
sombras y las olas entre blasfemias e improperios.
-¡Voto a Brios, en una
tierra plagada de zorras y afeminados tuvimos que tropezar con artistas!
-gritaba la ronca voz del cabecilla, llevado en volandas por sus compinches.

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