Entre la servidumbre, la
había que vivía en el caserón y otra que por su posición social y económica
gozaba de casa propia. Tal era el caso de nuestro amanuense, don Arturo
Pérez... La correspondencia escrita era de vital importancia para cualquier
empresario en un estado tan lleno de burocracia, en particular si se mantenían
relaciones con la casa real. No bastaba con expresar bien los conceptos, sino
que había que explicitar todo de acuerdo con los protocolos y con buena letra.
Por eso exigían una alta remuneración y consideración, pues de una coma situada
en el sitio adecuado o de una Excelencia colocada delante del nombre adecuado
dependía el éxito o el fracaso de algún negocio de muchos cientos de ducados.
El Alcázar de Madrid contaba con una buena cantidad de ellos, y sería
impensable considerar que los dedos del válido del rey, el Conde-Duque de
Olivares se hubieran manchado de tinta al redactar cualquier documento sino
fuera al estampar su firma.
Tardé otra falta más es
decidirme, pero una tarde me decidí, mientras saboreaban un vino dulce y
especiado y conversaba don Francisco después de un opíparo almuerzo con su
confesor y amigo el fraile Raimundo, que era muy buena persona y de carácter
apacible siempre que sus obligaciones en el Santo Tribunal de la Inquisición no
le impelieran a enviar algún libro o algún presunto hereje a la hoguera, en el
amplio comedor adornado con tapices, pues siempre fue de mayor abolengo adornar
las paredes con hilaturas a pinturas, cuando con la disculpa de acabar de dejar
despejada la mesa entré en la estancia, y mirando de soslayo les noté tan
sosegados que pensé que la ocasión me la pintaban calva.
- ¡Confesión, padre – me arrojé a los pies del fraile-, soy una pecadora!
Ante mi actitud ambos se quedaron pasmados, pues en principio no
comprendían si era una acción pensada o si me había dado un vahído.
- ¡No puedo resistir más el dolor que invade mi corazón y me llena de
angustias! – casi grité para que volvieran a la situación.
Don Francisco, que en algún modo me consideraba como hija, fue el primero
en reaccionar.
-¿Qué te pasa, criatura? –preguntó mientras intentaba levantarme.
- ¡Necesito confesión porque soy una gran pecadora! – grité sin dejar que
me izara.
-En fin, no des voces, que con la casa en sosiego pronto acudirá alguien a
ver qué sucede – el ladino de fray Raimundo viendo que el señor parecía estar
de mi parte también se puso de ella.
-Don Lope me llenó de ruiseñores la cabeza y el corazón, y se fue y lo que
me queda es el vientre henchido de vida –comencé a lloriquear.
Bufó un poco Don Francisco.
- ¡Cagüen Dios! –exclamó -, ¡Perdón su reverencia! – se dirigió al fraile y
se santiguó de inmediato.
Después se puso a caminar a grandes trancos por la estancia como si le
estuvieran ardiendo las venas.
Apareció Aixa, que me echaba de menos en la cocina para el fregatorio de los
platos, pero con sólo una mirada llena de azufre que le llegó desde los ojos de
don Francisco se quedó clavada en el umbral y sin decir nada salió cerrando la
puerta.
- Doy hospitalidad y a cambio me devuelven infiernos –y como parecía que se
tambaleaba me levanté de un salto para ayudarle a sentarse en una silla…
-Grave problema a resolver –fue cuanto se le ocurrió decir a fray Raimundo
mientras acercaba a los labios de mi señor un vaso de agua.
Desde luego el problema que le habíamos generado Lopito, yo y lo que venía de camino no era
pequeño porque a su joven y flamante recién tomada esposa doña Leonor de Jubera,
que había sido un buen braguetazo, le iba a resultar lo de la atribución de la
paternidad a un ausente como muy tomada por los pelos, y siempre iba a mantener
la duda de que convivir bajo el mismo techo con una lozana andaluza, como era
el caso, tenía sus peligros… De hecho ya había observado como en alguna ocasión
me miraba de hito en hito mientras servía la mesa…
Los titubeos sobre el camino a tomar, con las explicaciones y perdones, se
podían haber prolongado varias horas de no haber aparecido en aquel momento don
Pedro con su inseparable italiano y una noticia bien fresca…
Tras de los pertinentes saludos y cortesías expuso el motivo de su visita:
- Vengo a despedirme… ¡Me necesitan en La Nueva España!
Y sus palabras tuvieron el poder de iluminar la estancia y las emociones.
Mientras el Hermano Sol nos iba dejando poco a poco para ir a calentar las
Américas se fueron decidiendo las cosas de tal forma que no tardaría mucho
espacio en visitarlas y vivir algunas de las más maravillosas aventuras de mi
existencia terrena….

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