jueves, 16 de agosto de 2012

EL VIAJE: III



     Entre la servidumbre, la había que vivía en el caserón y otra que por su posición social y económica gozaba de casa propia. Tal era el caso de nuestro amanuense, don Arturo Pérez... La correspondencia escrita era de vital importancia para cualquier empresario en un estado tan lleno de burocracia, en particular si se mantenían relaciones con la casa real. No bastaba con expresar bien los conceptos, sino que había que explicitar todo de acuerdo con los protocolos y con buena letra. Por eso exigían una alta remuneración y consideración, pues de una coma situada en el sitio adecuado o de una Excelencia colocada delante del nombre adecuado dependía el éxito o el fracaso de algún negocio de muchos cientos de ducados. El Alcázar de Madrid contaba con una buena cantidad de ellos, y sería impensable considerar que los dedos del válido del rey, el Conde-Duque de Olivares se hubieran manchado de tinta al redactar cualquier documento sino fuera al estampar su firma.


     Tardé otra falta más es decidirme, pero una tarde me decidí, mientras saboreaban un vino dulce y especiado y conversaba don Francisco después de un opíparo almuerzo con su confesor y amigo el fraile Raimundo, que era muy buena persona y de carácter apacible siempre que sus obligaciones en el Santo Tribunal de la Inquisición no le impelieran a enviar algún libro o algún presunto hereje a la hoguera, en el amplio comedor adornado con tapices, pues siempre fue de mayor abolengo adornar las paredes con hilaturas a pinturas, cuando con la disculpa de acabar de dejar despejada la mesa entré en la estancia, y mirando de soslayo les noté tan sosegados que pensé que la ocasión me la pintaban calva.
      - ¡Confesión, padre – me arrojé a los pies del fraile-, soy una pecadora!   
     Ante mi actitud ambos se quedaron pasmados, pues en principio no comprendían si era una acción pensada o si me había dado un vahído.
     - ¡No puedo resistir más el dolor que invade mi corazón y me llena de angustias! – casi grité para que volvieran a la situación.
     Don Francisco, que en algún modo me consideraba como hija, fue el primero en reaccionar.
      -¿Qué te pasa, criatura? –preguntó mientras intentaba levantarme.
      - ¡Necesito confesión porque soy una gran pecadora! – grité sin dejar que me izara.
      -En fin, no des voces, que con la casa en sosiego pronto acudirá alguien a ver qué sucede – el ladino de fray Raimundo viendo que el señor parecía estar de mi parte también se puso de ella.
     -Don Lope me llenó de ruiseñores la cabeza y el corazón, y se fue y lo que me queda es el vientre henchido de vida –comencé a lloriquear.
     Bufó un poco Don Francisco.
     - ¡Cagüen Dios! –exclamó -, ¡Perdón su reverencia! – se dirigió al fraile y se santiguó de inmediato.
     Después se puso a caminar a grandes trancos por la estancia como si le estuvieran ardiendo las venas.
      Apareció Aixa, que me echaba de menos en la cocina para el fregatorio de los platos, pero con sólo una mirada llena de azufre que le llegó desde los ojos de don Francisco se quedó clavada en el umbral y sin decir nada salió cerrando la puerta.
     - Doy hospitalidad y a cambio me devuelven infiernos –y como parecía que se tambaleaba me levanté de un salto para ayudarle a sentarse en una silla…
     -Grave problema a resolver –fue cuanto se le ocurrió decir a fray Raimundo mientras acercaba a los labios de mi señor un vaso de agua.
     Desde luego el problema que le habíamos generado  Lopito, yo y lo que venía de camino no era pequeño porque a su joven y flamante recién tomada esposa doña Leonor de Jubera, que había sido un buen braguetazo, le iba a resultar lo de la atribución de la paternidad a un ausente como muy tomada por los pelos, y siempre iba a mantener la duda de que convivir bajo el mismo techo con una lozana andaluza, como era el caso, tenía sus peligros… De hecho ya había observado como en alguna ocasión me miraba de hito en hito mientras servía la mesa…
     Los titubeos sobre el camino a tomar, con las explicaciones y perdones, se podían haber prolongado varias horas de no haber aparecido en aquel momento don Pedro con su inseparable italiano y una noticia bien fresca…
     Tras de los pertinentes saludos y cortesías expuso el motivo de su visita:
     - Vengo a despedirme… ¡Me necesitan en La Nueva España!
     Y sus palabras tuvieron el poder de iluminar la estancia y las emociones.
     Mientras el Hermano Sol nos iba dejando poco a poco para ir a calentar las Américas se fueron decidiendo las cosas de tal forma que no tardaría mucho espacio en visitarlas y vivir algunas de las más maravillosas aventuras de mi existencia terrena….

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