VI
Cádiz era una ciudad mucho más pequeña
que Sevilla en tamaño, aunque los astilleros de Puerto Real atraían una gran
cantidad de artesanos relacionados con la madera, cordelería, telas y cuanto
oficio se pudiera relacionar con la pléyade de elementos necesarios para poner
en disposición de enfrentar una nave con el riesgo de atravesar en las mejores
condiciones de seguridad y confort a cualquier tipo de riesgo humano o divino. En
lo que sí la igualaba era en el número de bandidos y filibusteros atraídos por
las riquezas que iban y venían de las Indias, ya que era el puerto obligado
para los trasiegos.
Silvio no podía participar en el
viaje porque ya le habían advertido a don Pedro que no necesitaría nadie
especial que le protegiera las espaldas que tendría a su disposición todos los
corchetes y alguaciles que necesitara, era un enviado especial del Rey de las
Españas, Portugal, etcétera, etcétera… y de su vida respondería con la propia
el Capitán General don Marcelo de Usera, a quien habían encomendado dirigir la
expedición… Lo de San Miguel de Allende era una espinita que se le había
enconado al Monarca, una más entre las que le proliferaban por todas partes
desde Flandes al Cabo del Fin del Mundo… problemas de querer abarcar un Imperio
inabarcable…
Pero toda esta protección sería a
partir de estar en las naves por lo que fue una suerte que el italiano nos hubiera acompañado
hasta la Tacita de Plata, apelativo familiar de la ciudad en que nos
encontrábamos…
“Las olas de La Caleta,
Que es plata quieta
Rompían contra las rocas
De aquel paseo
Que al bamboleo
De aquellas bocas…”
Debo antes advertir que mamá, en
su santa inteligencia comercial, nos había provisto tanto a mis dos damas de
compañía como a mí misma de una nutrida colección de joyas de bisutería con el
propósito de que las trocáramos allá donde tanta abundancia había de metales y
piedras preciosas por otras auténticas para devolvérselas a nuestro regreso, al
menos del mío, que si las hermanas encontraban casorio podían quedarse allá en
buena hora siempre que se hubiera hecho el trueque de la pedrería.
Así que lucíamos todo aquel oropel
paseando junto a una desierta Caleta un atardecer y debíamos de formar un
bizarro conjunto con los dos enamorados al frente, como despidiéndose por un
largo tiempo ante una puesta de sol, mientras arrastraban las puntas de las
fundas de sus espadas, tres jovenzuelas seudoenjoyadas conversando con alegría
y descoque y mi querido Bartolomé Esteban con su cuaderno de apuntes bajo el
brazo y los afilados carboncillos en la mano, siempre preparado para tomar un
apunte de cualquier paisaje o persona que impresionara su retina… Y éramos
también un blanco fácil para cualquier grupo de facinerosos, como pronto
comprobamos…

No hay comentarios:
Publicar un comentario