sábado, 18 de agosto de 2012

EL VIAJE - VI


VI
     Cádiz era una ciudad mucho más pequeña que Sevilla en tamaño, aunque los astilleros de Puerto Real atraían una gran cantidad de artesanos relacionados con la madera, cordelería, telas y cuanto oficio se pudiera relacionar con la pléyade de elementos necesarios para poner en disposición de enfrentar una nave con el riesgo de atravesar en las mejores condiciones de seguridad y confort a cualquier tipo de riesgo humano o divino. En lo que sí la igualaba era en el número de bandidos y filibusteros atraídos por las riquezas que iban y venían de las Indias, ya que era el puerto obligado para los trasiegos.
     Silvio no podía participar en el viaje porque ya le habían advertido a don Pedro que no necesitaría nadie especial que le protegiera las espaldas que tendría a su disposición todos los corchetes y alguaciles que necesitara, era un enviado especial del Rey de las Españas, Portugal, etcétera, etcétera… y de su vida respondería con la propia el Capitán General don Marcelo de Usera, a quien habían encomendado dirigir la expedición… Lo de San Miguel de Allende era una espinita que se le había enconado al Monarca, una más entre las que le proliferaban por todas partes desde Flandes al Cabo del Fin del Mundo… problemas de querer abarcar un Imperio inabarcable…


     Pero toda esta protección sería a partir de estar en las naves por lo que fue una suerte que el italiano nos hubiera acompañado hasta la Tacita de Plata, apelativo familiar de la ciudad en que nos encontrábamos…
“Las olas de La Caleta,
Que es plata quieta
Rompían contra las rocas
De aquel paseo
Que al bamboleo
De aquellas bocas…”


     Debo antes advertir que mamá, en su santa inteligencia comercial, nos había provisto tanto a mis dos damas de compañía como a mí misma de una nutrida colección de joyas de bisutería con el propósito de que las trocáramos allá donde tanta abundancia había de metales y piedras preciosas por otras auténticas para devolvérselas a nuestro regreso, al menos del mío, que si las hermanas encontraban casorio podían quedarse allá en buena hora siempre que se hubiera hecho el trueque de la pedrería.
     Así que lucíamos todo aquel oropel paseando junto a una desierta Caleta un atardecer y debíamos de formar un bizarro conjunto con los dos enamorados al frente, como despidiéndose por un largo tiempo ante una puesta de sol, mientras arrastraban las puntas de las fundas de sus espadas, tres jovenzuelas seudoenjoyadas conversando con alegría y descoque y mi querido Bartolomé Esteban con su cuaderno de apuntes bajo el brazo y los afilados carboncillos en la mano, siempre preparado para tomar un apunte de cualquier paisaje o persona que impresionara su retina… Y éramos también un blanco fácil para cualquier grupo de facinerosos, como pronto comprobamos…

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