XIII
La
breve estancia en Gomera había sido mano de santo para mis males, pues los
vómitos y el malestar desaparecieron como por arte de encantamiento. A lo que
contribuyó no poco la presencia en nuestra nave de don Pepe Martí, que había
sido invitado por nuestro Almirante, dejando el mando del bajel que había
fletado junto a otros terratenientes de su isla a don Alejo.
Y
no puede decirse que la vida a bordo del galeón fuera agradable, porque buena
parte del tiempo debíamos estar encerradas en nuestro camarote, pues para
mantener la disciplina de la soldadesca y la marinería, y que la holgazanería
les llevase a pensar más de lo debido, don Ignacio se pasaba los días ensayando
maniobras de defensa de los castilletes de proa y popa, de disposición y cambio
de disposición de las piezas de artillería, de pruebas de navegación con
diferentes tipos de arboladura y velamen…
Como
íbamos en retaguardia y nuestro ritmo se debía acompasar al de los navíos más
lentos, y había algunos que iban tan cargados que casi el oleaje barría las
cubiertas, daba tiempo para todo…
A
Bartolomé Esteban para tomar apuntes de la marinería y en particular de los
grumetes, desarrapados jovenzuelos que tal vez en un futuro no muy lejano
convertiría en obras de arte, a mosén Xavier, que tocaba muy bien la flauta, y
a don Pepe, que tocaba un poco la guitarra y hacia versos, en inventar
canciones que probablemente nunca se llegarían a escuchar:
Cultivo una rosa blanca,
En mayo como en enero,
Para el amigo sincero
Que me da su mano franca,
Para el cruel que me arranca
El corazón con que quiero
Cardo ni ortiga cultivo…
Cultivo una rosa blanca!
Escuchaba
desde el camarote donde me aturdía con sus ideas estrambóticas y modernistas doña
Esperanza.
-
Mire, doña Esther, para que el Estado funcione mejor habría que privatizar los
servicios… Los funcionarios son vagos y mezquinos y en nada contribuyen a
aumentar la riqueza… mientras que si tuviéramos una sanidad privada, una
educación privada…
-
La economía no es mi fuerte, doña Esperanza, pero si nuestro Rey Don Felipe el
Cuarto piensa que las cosas son así es que deben ser así… -intentaba zafarme de
sus entelequias.
-
No te hagas la mosquita muerta, sabes bastante más de lo que pretendes que
creamos, sino don Francisco de Zurbarán no te hubiera dado la responsabilidad
de defender sus intereses en Nueva España –y volvía a su cantinela de las
privatizaciones…
Por
fortuna algunos atardeceres mientras nos oxigenaba el frescor de la brisa podía
tener alguna conversación privada con don Pepe.

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