lunes, 27 de agosto de 2012

EL VIAJE -XIII


XIII
         La breve estancia en Gomera había sido mano de santo para mis males, pues los vómitos y el malestar desaparecieron como por arte de encantamiento. A lo que contribuyó no poco la presencia en nuestra nave de don Pepe Martí, que había sido invitado por nuestro Almirante, dejando el mando del bajel que había fletado junto a otros terratenientes de su isla a don Alejo.
         Y no puede decirse que la vida a bordo del galeón fuera agradable, porque buena parte del tiempo debíamos estar encerradas en nuestro camarote, pues para mantener la disciplina de la soldadesca y la marinería, y que la holgazanería les llevase a pensar más de lo debido, don Ignacio se pasaba los días ensayando maniobras de defensa de los castilletes de proa y popa, de disposición y cambio de disposición de las piezas de artillería, de pruebas de navegación con diferentes tipos de arboladura y velamen…


         Como íbamos en retaguardia y nuestro ritmo se debía acompasar al de los navíos más lentos, y había algunos que iban tan cargados que casi el oleaje barría las cubiertas, daba tiempo para todo…

         A Bartolomé Esteban para tomar apuntes de la marinería y en particular de los grumetes, desarrapados jovenzuelos que tal vez en un futuro no muy lejano convertiría en obras de arte, a mosén Xavier, que tocaba muy bien la flauta, y a don Pepe, que tocaba un poco la guitarra y hacia versos, en inventar canciones que probablemente nunca se llegarían a escuchar:
Cultivo una rosa blanca,
En mayo como en enero,
Para el amigo sincero
Que me da su mano franca,
Para el cruel que me arranca
El corazón con que quiero
Cardo ni ortiga cultivo…
Cultivo una rosa blanca!

         Escuchaba desde el camarote donde me aturdía con sus ideas estrambóticas y modernistas doña Esperanza.
         - Mire, doña Esther, para que el Estado funcione mejor habría que privatizar los servicios… Los funcionarios son vagos y mezquinos y en nada contribuyen a aumentar la riqueza… mientras que si tuviéramos una sanidad privada, una educación privada…
         - La economía no es mi fuerte, doña Esperanza, pero si nuestro Rey Don Felipe el Cuarto piensa que las cosas son así es que deben ser así… -intentaba zafarme de sus entelequias.
         - No te hagas la mosquita muerta, sabes bastante más de lo que pretendes que creamos, sino don Francisco de Zurbarán no te hubiera dado la responsabilidad de defender sus intereses en Nueva España –y volvía a su cantinela de las privatizaciones…
         Por fortuna algunos atardeceres mientras nos oxigenaba el frescor de la brisa podía tener alguna conversación privada con don Pepe.

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