IV
El caso era que el virrey de lo que después se conocería como Méxhico, y en
estos momentos era La Nueva España, lleno de soberbia, había decidido que en la
ciudad de San Miguel de Allende se levantara un templo dedicado al santo
arcángel sobre la pirámide de los aztecas para demostrar a los nativos que
aparte de los caballos, las armaduras y los truenos de fuego con los que les
dominábamos también estábamos más cerca del cielo que nadie.
La tal pirámide, nos explicaba don Pedro, es la más grande que jamás se ha
construido, incluidas las de los sarracenos, y el problema es que está medio hueca
por dentro y cuando intentaban cimentar la nueva iglesia se les iba el
artificio al traste… y no lo dijo con estas palabras, pero si era el sentido,
que su Majestad don Felipe el Cuarto le había platicado que ya estaba bien de
tocarse los güevos y de pavonear por Híspalis con su flamante amante gracias a
un plano que le había saqueado a Vignola y que debía ir a desfacer el entuerto
a la mayor gloria de Dios, de la Patria y de la Humanidad, que en cierto modo
identificaba con su propia persona.
La color se le iba recobrando cada vez más a mi señor don Francisco según
parlamentaba su amigo arquitecto y su mente iba urdiendo una trama.
“Si hay viaje obligatorio sufragado por su Majestad habrá una flota de
galeones y naves de acompañamiento de la suficiente entidad para resistir tanto
los embates de la mar océana como los envites de los fucks corsarios ingleses y
holandeses, con lo que los cuadros que tengo comprometidos con diversos
conventos e iglesias de por allá, y que tengo durmiendo el sueño de los justos
en el almacén, irán mucho más seguros que si organizo yo el flete. Y, ¿quién
mejor que Esther para que represente nuestros intereses y, de paso, tenga su
bebé por aquellas tierras? Don Lope, además de dejarla preñada, la enseñó a
tener una correcta caligrafía, y si de su madre ha sacado la mitad de la
picardía para los números tengo asegurado que mi fortuna andará en buenas
manos.”
Así pues me reenviaron a la cocina, donde me esperaban Aixa y una pila de
platos y cazuelas para fregar, pues como entre otros manjares se había comido
cochinillo asado al horno de leña ella no los podía tocar… y se quedaron los
hombres brindando con el vino dulce y especiado por el buen viaje de don Pedro,
y haciendo cábalas y especulaciones sobre los destinos en que tocaría la flota.
V
Don Francisco estaba muy contento aquella mañana por muy diversos motivos,
el principal era que le habían confirmado que había dejado encinta a doña
Leonor, y tener un hijo es la mayor alegría que puede tener un ser humano… Otra
nueva también excelente es que se iba a poder desembarazar durante un tiempo de
fray Raimundo pues, aprovechando la flota que se iba a poner en marcha, sus
superiores le enviaban a que realizara un informe de cómo iba el asunto de la
evangelización y si se relajaban las costumbres por allá, lo que le permitiría
abrir el post taller donde se afanaba en componer la serie de los doce trabajos
de Hércules que le habían encargado para decorar el Casón del Buen Retiro de
Madrid y que como corresponde al caso estaba plagada de desnudos… (Silvio, el
amigo italiano de don Pedro, posó en algunas ocasiones para él, por si queréis
disfrutar alguna vez de cuanta belleza acaudalaba el mozo)
Está última noticia no me entusiasmo mucho a mi, que ya había sido
informada de que participaría en el viaje, porque me daba el palpito de que
compartiríamos galeón y me tendría atada de cerca y llena de jaculatorias.
Como compensación recibí la grata de que nos acompañaría Bartolomé Esteban
porque don Francisco, que estaba en todo, había pensado que era posible que en
la travesía se pudiera deteriorar algún cuadro, y nadie mejor que él, que sabía
cómo se había elaborado cada color, lo pudiera reparar.
Cuando vino mi madre a despedirse me enteré que además tendría más
compañía, pues ella nunca echaba puntada sin hilo, así que convenció a don
Francisco, a quien primero recriminó que se le hubiera ocurrido hacerme viajar
más que al baúl de su tocaya Piquer, de que me acompañaran en la aventura dos
damas de calidad, que tenía en su negocio disponibles, con objeto de que
sacaran unos rentables maridajes entre la nobleza criolla. Se llamaban Elena y
Cristina, eran de origen francés, ni guapas ni feas sino todo lo contrario
según las luces y el adorno, y las acompañaban cartas de presentación que
podrían ser dignas de auténticas infantas. Por supuesto habían sido redactadas
y escritas por nuestro Arturo Pérez, y las firmas falsificadas, que también
tenía buena maña para ello y disponía en la correspondencia de mi patrón de muy
ilustres rúbricas con las que entrenar en sus ratos de ocio, que en los últimos
tiempos habían sido mayores desde que se fue Lopito, pues en cuanto le veía
desocupado le ponía a hacer copias de alguna de sus comedías para facilitar que
hubiera ejemplares en cantidad
suficiente para que se las aprendieran pronto los principales actores del
reparto.
Y era tal la eficiencia de nuestro amanuense que en alguna ocasión, de las
que más le gustaban, hacía copias extras para su propio deleite o para
regalárselas a las amistades en ocasiones señaladas, así cuando la partida del
poeta, como siempre sabía más de lo que aparentaba saber, puso en mis manos un
ejemplar completo y cosido con hilo burdo de “El Perro del Hortelano”…
- Con los ojos llenos de lágrimas no se puede leer, se ve todo borroso –me
dijo con tanta donosura como era capaz de pronunciar, y yo comencé a
preguntarme si en tanta proliferación de obras de mi amante en alguna parte
además del copiado no habría estado la idea y el escrito de otra mente y otra mano.
(Nota del editor para saber por dónde se van a mover nuestros protagonistas
durante la travesía:
Las proporciones de los buques del
siglo XIV y XV se obtenían a partir de la vieja fórmula murciana tres, dos y as, es decir, eslora triple que la manga y ésta doble que el
puntal, para el galeón se pasa al 4:2:1, algo más corto y ancho que una
galera y más largo y menos alto que una nave, si bien esta altura era elevada
notablemente por la presencia de un considerable acastillaje (cubiertas y
estructuras elevadas usadas como plataforma de tiro) a proa y a popa,
característica que heredaron de las galeras, pero el elemento más típico que
conservaron de éstas es el espolón que se prolonga en el largo bauprés, aunque ya desprovisto de su función ofensiva y sin refuerzos de hierro, pasando a
convertirse progresivamente en beques: plataforma abalconada desde la que se
maniobra la jarcia de la proa y que alberga los jardines o letrinas de la tripulación. De
ahí la forma en U del perfil de la nave, aunque poco aerodinámica para cortar
las olas muy funcional y organizada en lo social y lo militar.
En un manuscrito veneciano del siglo XVI se
describen las dimensiones de un galeón: eslora entre perpendiculares 41,3 m,
eslora en la quilla 30,5 m, manga 10 m.
El galeón fue en su versión definitiva
un buque más largo y estrecho que la nave y más corto y ancho en proporción que
la galera, generalmente de menos de 500 toneladas aunque algunos, como los galeones de
Manila, podían alcanzar las 2.000
toneladas.)
Como a cualquier Estado que trata de hundirse sin remedio la burocracia le
crece como un cáncer que no hace sino crecer y aniquilar la imaginación y los
proyectos de las personas de buena voluntad por aquí iba así el cuento. Como
ejemplo, la Casa de Contratación donde se reunían las mercaderías que se
intentaba hacer cruzar el Atlántico (brocados, muebles, damas de compañía,
libros, porcelanas, los cuadros de mi señor don Francisco y demás…) estaba
ubicada en Sevilla mientras que el puerto de embarque era Cádiz, por lo que
había que hacer un primer trayecto en barcos de menor calado para bajar el
Guadalquivir hasta Sanlúcar de Barrameda que seguro que hacía ingresar buenos
ducados en las arcas de álguienes…
Por fin en Cádiz, esperando se
acabara de ultimar el aparejo de las naves…


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