XII
Entre
el embarazo y aquel cascarón que se meneaba más que un garbanzo torrao en la
boca de una vieja, creí que nunca iba a volver a respirar aire fresco y que se
me acabaría de ir la vida por la boca entre el amargo sabor de la hiel…
Pero,
por fortuna, la isla de Gomera, en el archipiélago de las Afortunadas, no tardó
mucho en aparecer y, mientras se hacían provisiones de agua potable y frutas
frescas para realizar la auténtica travesía del proceloso océano, nos dejaron
descender a tierra firme para estirar las piernas y que el aroma de las plantas
nos desintoxicara los pulmones de la salitre y los miasmas del primer trayecto.
Allí
conocí a Pepe Martí, el gran amor de mi vida, y la primera vez que se cruzaron
nuestras miradas ambos supimos que nadie ni nada nos podría apartar al uno del
otro, sino fuera la muerte...
Don
Pepe era de complexión robusta y poseía una mirada color café, que como la infusión
del mismo nombre era cálida y profunda… y capaz de calar en el alma de aquel a quien
observaba. Era hijo de españoles, como más tarde me contaría, afincados en Cuba
desde hacía años que le habían dejado como herencia unas extensas posesiones
por la zona de Guantánamo. Le acompañaba siempre su secretario y amanuense, don
Alejo Carpentier, de ascendencia suiza, que era como su mano derecha, y un
criado de raza negra al que llamaban Julián.
Como
no era aristócrata no podía compartir mesa con la oficialidad, aparte que el
motivo de su estancia allí y el cargamento que llenaba las bodegas de su bajel
hubiera sido motivo de escándalo, pues había venido para comprar esclavos
negros para sus plantaciones y las de algunos colegas hacendados de la isla. De
hecho, de no ser por la complicidad de nuestro Almirante, el Señor Duque de los
Rosales, con quien le unía además de una sincera amistad una cierta hermandad
relacionada con la masonería, no se hubiera permitido que su buque se uniera a
nuestra flota, y eso fue porque nunca se dio a conocer al Capitán General su
auténtica carga.
Mientras
en una gran campa protegida del sol por amplias lonas se llevaba a cabo el
almuerzo que llamaríamos selecto, en un chiringuito cercano, cubierto con ramas
de palma, mientras saboreábamos unas papas arrugadas con mojo picón don Pepe le
explicaba a mosén Xavier, que había preferido nuestra compañía a la de los mandatarios,
con la atenta escucha de su secretario don Alejo Carpentier, de Bartolomé
Esteban y la mía, de los motivos que le habían impulsado a correr tan
arriesgada aventura, mientras Julián servía la mesa:
-
Se supone reverendo padre que lo que voy a contar a continuación debe ser
considerado un secreto de confesión –comenzó por decir, y mosén Xavier que ya
debía de estar un poco al tanto de lo que se iba a tratar por informaciones de
nuestro Almirante, don Ignacio, asintió con una inclinación de cabeza y una
sonrisa en los labios; de las mirada que había cruzado con Pepe ya tenía por
seguro que mis labios lo que más deseaban era estar en contacto con los suyos,
y que jamás pronunciarían una palabra en su contra -. La doble moral de nuestra
sociedad nos obliga a llevar a cabo algún tipo de acciones que aunque desde el
punto de vista de nuestra fe católica puedan resultar reprobables desde la
perspectiva de mantener a flote la economía de las colonias es imprescindible…
-hizo una pausa para echarse a la boca una nueva patata mojada en la salsa
picante, que aprovechó mosén Xavier para intervenir.
-
Ya estoy al tanto de que desde cuando el padre fray Bartolomé de las Casas
consiguió convencer a las autoridades eclesiásticas y políticas de que los
indígenas eran también Hijos de Dios y por tanto libres, trastocó bastante los
planes de los hacendados que los tenían como esclavos y bestias de carga…
-
Pero como con la misma rapidez que se hace la ley se hace la trampa los negros
africanos no están incluidos en esta teórica libertad universal, lo que ha
permitido que la mano de obra pueda seguir obteniéndose a bajo precio.
Yo
me hacía cruces con lo que estaba escuchando, pues no por menos sabido y haber
visto por mi Sevilla bastante criados negros y mulatos, y hasta parecía ser que
en la Corte estaba considerado como distinguido practicar este tipo de
exotismo, había en alguna ocasión oído comentar a don Francisco que el criado
de don Diego Velázquez da Silva era un mulato de costumbres refinadas al que le
había hecho un impactante retrato, pero nunca me había planteado que se trataba
de esclavos. Mientras me hacía estas reflexiones don Pepe Martí proseguía su
relato:
-
Como buenos cristianos no podemos hacer esclavos, pero sí comprarlos a
holandeses y británicos, así que me desplacé hasta la desembocadura del rio Níger,
donde llegan las caravanas dirigidas por bereberes para hacer los tratos
-
No deja de ser una ignominia –no pude por menos que saltar.
-
Según y cómo se mire, es posible que algún día en mi Cuba predomine la raza
negra y mulata y sea libre e independiente –me contestó don Pepe sin inmutarse,
como si ya hubiera tenido ese pensamiento en su magín desde hacía tiempo -. Un
ejemplo de la liberalidad con que son tratados en mi hacienda lo tenemos en
Julián, que ya fue criado de mi padre… Como habrá visto cojea un poco, esto se
debe a que su anterior amo después de que intentara una fuga le cortó los dedos
de un pie para que no volviera a tener esa tentación, su espalda está surcada
por las cicatrices de los latigazos que recibió… y baste mi palabra para
refrendar lo dicho, sin que sea necesario hacérsela descubrir… Mi padre, que
Dios tenga en su Gloria, lo compró a muy buen precio pues un esclavo con un
defecto que le impide rendir al cien por cien es una mercancía devaluada, hizo
que le bautizaran y le dio una instrucción que nos resulta muy útil pues actúa
como intérprete con los de su raza. Su nombre africano es Kunta Kinte, y pertenecía
a una tribu muy recia que se llaman a sí mismos Mandinga.

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