XIV
Una
de las características que remarcan el enamoramiento entre dos personas es el
deseo de comunicar con pelos y señales todo lo referente a tu vida anterior,
como si se deseara hacer una tabula rasa del pasado y se estuviera en el
comienzo de una nueva vida.
-
Conozco bien Sevilla, pasé por ella cuando fui a estudiar a la Corte… Mis
padres eran españoles y quisieron que recibiera educación en las Españas y me
enviaron con muy buenas cartas de recomendación, con las que conseguí recibir
instrucción sobre el oficio de la construcción, que era hacia donde se
encaminaban mis inclinaciones, con don Pedro de Covarrubias, que por aquellos
años se encontraba empeñado en acabar la interminable construcción del Real
Monasterio de El Escorial, pues bien se le tenía por concluido siempre había
alguna eventualidad, sea algún incendio que destruye una torre, sea algún fallo
de la cimentación que agrieta alguna bóveda, lo que obligaba a reanudar los
trabajos. Allí conocí también a don Pedro de Valdelvira, con cuya amistad se me
abrieron también las puertas de nuevos conocimientos intelectuales… la
masonería, pues aquel lugar es también un reducto científico, en particular su
Biblioteca.
Como
música de fondo a nuestra conversación teníamos la flauta de mosén Xavier que
se entretenía en hacer escalas cromáticas mientras actuaba de carabina poco
celosa de su función, ya que una entrevista entre una mujer y un hombre a solas
a bordo de una nave al servicio de su Majestad nunca hubiera sido tolerada. Y
en el firmamento, que alumbraba una radiante luna llena, negras nubes iban
ocultado poco a poco las estrellas. Pero nosotros seguíamos en nuestra
conversación y sólo teníamos ojos para mirarnos a los ojos.
-
En realidad mi apellido debería ser Cervantes, pero mi madre y don Miguel no
llegaron a un acuerdo… -y también le puse al corriente de la relación entre mi
madre y don Francisco y de mis devaneos con Lopito, cuyo fruto era la auténtica
causa de que me encontrará embarcada en esta aventura.
-
Tiene fama de ser muy galán además de gran escritor…
“Pobre
barquilla mía,
Sin
velas desvelada,
Y
entre las olas… sola.” –recitó -. En cualquier caso es una suerte que todo un
cúmulo de azares nos haya dado la posibilidad de que nuestras vidas se
cruzaran.
Mosén
Xavier había dejado de tocar su carrizo, y en su decisión de pasar de lo que
hiciéramos o dejáramos de hacer, debía considerar que más indicado que él para
ocuparse de nuestras conductas era el Altísimo, por algo san Juan de Patmos le
había denominado el Amor, se entretenía ahora en utilizar su rosario de cuentas
de madera como honda y lanzar hacia el mar algunas cascarujas, y, en ocasiones, se le escapaba alguna frase
indescifrable:
-
¡Te di en el ojo Satán!
En
el aire se percibía cada vez un olor más acre y sulfuroso, y las nubes habían
acabado por ocultar también la luna con lo que para seguir viéndonos teníamos
que acercar cada vez más nuestras cabezas…
Cuando
nuestros labios se rozaron… ¡saltó una chispa!

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