miércoles, 12 de septiembre de 2012

EL VIAJE - XXVI



XXVI
         El clima tropical tiene como característica singular el ser traidor… Así de un día precioso con un mar calmado y un nítido cielo azul se puede pasar a una noche de alucine y pesadilla entre ráfagas de viento, rayos, truenos y cortinas de agua.
        Las tormentas se van formando sin saber muy bien cómo en lo profundo de la mar océana, tal vez por la conjunción de deseos o de enfrentamientos entre Neptuno y Apolo, y según se van acercando a tierra van teniendo cada vez mayor potencia hasta que rompen contra la costa convertidas en huracanes.

         El caso es que según iba oscureciendo la tarde se empezó a sentir un frío cada vez mayor mientras iba llegando un viento helado con un olor a humedad que presagiaba una próxima lluvia.


         Estaba en la habitación con Elena y Cristina, y, sentadas alrededor de una mesa camilla a la luz de las velas de un candelabro de siete brazos, que oscilaban según las rachas del viento, hacíamos cábalas sobre nuestro futuro inmediato cuando entró como un relámpago don Ginés con el semblante demudado.
         - ¡Hay que cerrar las contraventanas con presteza, esto es el preludio de un tifón, carallo!
         -¿Qué? – nos pusimos al unísono las tres en pie, asustadas.
         - Como una tempestad, pero en tierra…
         - ¡Válganos la Santísima Virgen! –invoqué.
        Ya comenzaban a entrar ráfagas de gélida lluvia en la habitación a través de los amplios ventanales mientras que las cortinas y visillos flameaban como los estandartes de un navío y un soplo tumbó el candelabro lanzando por tierra las velas, que corrieron cada una por su lado a su libre albedrio.

         Mientras el gallego luchaba contra las contraventanas entre golpes de las hojas de vidrio del ventanal nosotras nos afanábamos en recuperar los cirios que parecían inquietos rabos de lagartijas luminosos… Un estruendoso trueno pareció conmover la mansión hasta los cimientos y mis damas se desocuparon de su labor para fundirse en un abrazo ateridas de pánico… Así que no tuve más remedio que ponerme a pisar los pábilos de las que aún continuaban prendidas antes de que alguna llegara a arrimarse a alguna prenda y se provocara un incendio, con lo que la cámara pronto quedó tan sólo alumbrada por el intermitente fulgor de los relámpagos de la tormenta, ya que aunque don Ginés logró sellar uno de los ventanales al otro ya era casi imposible acercarse.
        - ¡Señoras, estarán más seguras en la cocina, que se quedó defendiendo del vendaval mi esposa! – y me tomó del brazo para ayudarme a bajar las escaleras…
         Aquel descenso me pareció interminable pues con cada nuevo trueno la escalera se bamboleaba y con cada destello de la tormenta, que las encaladas paredes de la amplia estancia multiplicaba por seis, el siguiente escalón parecía estar en varios sitios al mismo tiempo, con lo que no se sabía muy bien donde colocar el pie.
         Mis damas de compañía, que marchaban detrás nuestro, aceleraron el proceso, pues una de ellas dio un traspiés, y, como también iban cogidas del brazo, arrastró a la otra, y entrambas a nosotros, con lo que ovillados, rodados cual pelota y entre ayes,  dando rebotes en cada escalón y cada rellano, aterrizamos en el duro suelo de barro cocido del recibidor…
         En ese momento se abrió la puerta de la casa y una oscura figura embozada se destacó a contraluz en el umbral.

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