XXVI
El
clima tropical tiene como característica singular el ser traidor… Así de un día
precioso con un mar calmado y un nítido cielo azul se puede pasar a una noche de
alucine y pesadilla entre ráfagas de viento, rayos, truenos y cortinas de agua.
Las tormentas se van formando sin saber muy
bien cómo en lo profundo de la mar océana, tal vez por la conjunción de deseos
o de enfrentamientos entre Neptuno y Apolo, y según se van acercando a tierra
van teniendo cada vez mayor potencia hasta que rompen contra la costa
convertidas en huracanes.
El
caso es que según iba oscureciendo la tarde se empezó a sentir un frío cada vez
mayor mientras iba llegando un viento helado con un olor a humedad que
presagiaba una próxima lluvia.
Estaba
en la habitación con Elena y Cristina, y, sentadas alrededor de una mesa
camilla a la luz de las velas de un candelabro de siete brazos, que oscilaban
según las rachas del viento, hacíamos cábalas sobre nuestro futuro inmediato
cuando entró como un relámpago don Ginés con el semblante demudado.
-
¡Hay que cerrar las contraventanas con presteza, esto es el preludio de un
tifón, carallo!
-¿Qué?
– nos pusimos al unísono las tres en pie, asustadas.
-
Como una tempestad, pero en tierra…
-
¡Válganos la Santísima Virgen! –invoqué.
Ya
comenzaban a entrar ráfagas de gélida lluvia en la habitación a través de los
amplios ventanales mientras que las cortinas y visillos flameaban como los
estandartes de un navío y un soplo tumbó el candelabro lanzando por tierra las
velas, que corrieron cada una por su lado a su libre albedrio.
Mientras
el gallego luchaba contra las contraventanas entre golpes de las hojas de
vidrio del ventanal nosotras nos afanábamos en recuperar los cirios que
parecían inquietos rabos de lagartijas luminosos… Un estruendoso trueno pareció
conmover la mansión hasta los cimientos y mis damas se desocuparon de su labor
para fundirse en un abrazo ateridas de pánico… Así que no tuve más remedio que
ponerme a pisar los pábilos de las que aún continuaban prendidas antes de que
alguna llegara a arrimarse a alguna prenda y se provocara un incendio, con lo
que la cámara pronto quedó tan sólo alumbrada por el intermitente fulgor de los
relámpagos de la tormenta, ya que aunque don Ginés logró sellar uno de los
ventanales al otro ya era casi imposible acercarse.
- ¡Señoras, estarán más seguras en la
cocina, que se quedó defendiendo del vendaval mi esposa! – y me tomó del brazo
para ayudarme a bajar las escaleras…
Aquel
descenso me pareció interminable pues con cada nuevo trueno la escalera se
bamboleaba y con cada destello de la tormenta, que las encaladas paredes de la
amplia estancia multiplicaba por seis, el siguiente escalón parecía estar en
varios sitios al mismo tiempo, con lo que no se sabía muy bien donde colocar el
pie.
Mis
damas de compañía, que marchaban detrás nuestro, aceleraron el proceso, pues
una de ellas dio un traspiés, y, como también iban cogidas del brazo, arrastró
a la otra, y entrambas a nosotros, con lo que ovillados, rodados cual pelota y
entre ayes, dando rebotes en cada
escalón y cada rellano, aterrizamos en el duro suelo de barro cocido del
recibidor…
En
ese momento se abrió la puerta de la casa y una oscura figura embozada se
destacó a contraluz en el umbral.

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