martes, 11 de septiembre de 2012

EL VIAJE - XXV



XXV
         Tras de interesarse sobre mi salud y de compadecerse por la tragedia que me había acaecido pronto comprendí, por el giro que le dio a la conversación doña Esperanza, que el auténtico motivo de su visita era informarse sobre el destino y fortaleza de la flotilla comandada por el Duque de Los Rosales.
       Si al Virrey de Nueva España lo había puesto en su cargo nuestro Monarca, don Felipe el Cuarto, o para hablar con más propiedad, según era vox populi, su valido el Conde de Olivares, era porque contaba con su absoluta fidelidad, pero tal vez no se pudiera decir lo mismo de su hermano, el futuro esposo de mi “amiga”, del cual, en realidad no sabía nada, o casi nada… porque era de suponer que también estaba por la labor de las privatizaciones… lo cual tenía un cierto tufo al mercantilismo anglosajón… A mí ni me iba ni venía el asunto pero cada vez estaba más claro que se estaba fraguando una conjura desde la sombra.


         ¡Cuánto me hubiera gustado tener cerca de mí a don Pepe, y no sólo por recabar su opinión sobre estos particulares! Pero mi amado estaría en estos momentos por Guantánamo, reclutando un ejército entre los hacendados de la zona para reforzar los maltrechos efectivos de las naves, según me contó antes de partir… Y don Pedro de Valdelvira para poder consolidar las defensas del fuerte de El Morro lo primero que había tenido que hacer era retirar los cañones… Así pues San Cristóbal de La Habana se encontraba en aquellos momentos inerme y cualquier expedición invasora se hubiera apoderado de ella y de todas las riquezas que descansaban en las bodegas de la Flota de Indias sin demasiado esfuerzo. Muchas de las cuales iban en papel, como cartas de pagos, que tenían el mismo valor efectivo que las monedas de oro y plata acuñadas en Nueva España, que viajaban en el otro sentido, y que en monedas se reconvertían si se sabía acudir a la ventanilla adecuada, y por un extraño birlibirloque acababan por ser encerradas en bancas tudescas o italianas, según denunciaban los versos de don Francisco de Quevedo: 

         “Nace en las Indias honrado,
         Donde el mundo le acompaña,
         Viene a morir en España…
         Y es Génova enterrado”

          ¡Una idea de lucidez áurea, cual un relámpago, me iluminó la mente!
      - Según me informó don Pepe, el Almirante considera que la mejor defensa es un buen ataque y ahora la flotilla se dirige al encuentro del enemigo que se supone se está reagrupando en una isla cercana, creo que la llaman Bahamas, antes de dirigirse hacia nuestro puerto –y me di cuenta que tenía una buena fluidez para mentir, porque doña Esperanza se lo tragó y empezó a sentirse intranquila y a menear su abanico de plumas de avestruz en una forma bastante desacompasada.
         La entrada de mis damas con las bandejas y el chocolate era parte del ritual de homenaje a cualquier visita que nos llegase, pero en esta ocasión la merienda la disfrutamos sólo los de la casa porque nuestra buena “amiga” pretextó una importante gestión a realizar y nos abandonó a la velocidad del rayo…

         Ya en la intimidad invité a compartir la mesa a nuestro almacenero y su esposa porque no se perdiera el trabajo de las sores, mientras Cuauhtémoc a uña de caballo se dirigía a dar nuevas a su padre, y Bartolomé en calesa a advertir a don Pedro de un posible ataque inminente a su desguarnecido bastión.
       - ¡Carallo, esto es vida! –exclamó don Ginés mientras introducía un picatoste en el aromático, viscoso y suculento afrodisiaco alimento.

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