martes, 4 de septiembre de 2012

EL VIAJE - XX



XX
          Toda la ciudad salió a recibirnos, pues para ellos constituía toda una novedad avistar a la Flota de Indias al completo y además con naves apresadas, ya que su fondeadero natural era en la isla de La Española, donde se dividía según su destino hacia Cartagena de Indias los que iban hacia el sur y hacia Veracruz los que llevaban sus mercancías a la capital de La Nueva España, Méxhico, y sólo anclaban en esta bahía los que mercadeaban en la isla.


         La parte de la ciudad cercana al puerto tenía un aspecto de una ciudad española pero inundada de colores y acentos y olores exóticos, pues la arquitectura colonial estaba enjalbegada de variados tonos desde el añil al rosa palo, donde tampoco faltaban los amarillos limón ni los verdes guayaba, las voces tenían mil ecos distintos y el olor a vainilla y palmera me hacían olvidar el salitre de los últimos meses.

         Tuve una gran satisfacción al volver a abrazar de nuevo a mi querido Bartolomé Esteban, la primera desde el trágico suceso en que perdí a mi hija, y no puedo decir que me alegrara pisar de nuevo una tierra firme porque me llevaron en angarillas hasta la Plaza de Armas, donde se celebró una Misa Solemne de Te Deum en agradecimiento por haber llegado a puerto, dirigida por el Arzobispo de Santiago de Cuba y concelebrada por los capellanes de los diversos navíos y de las parroquias del lugar, en la que no faltó ni la música coral ni los arpegios de la flauta de mosén Xavier…
         Fue una ceremonia de un cromatismo y una extravagancia inolvidable e irrepetible: los caballeros y damas de la isla vistiendo sus mejores galas, los soldados con sus alabardas y cimborrios refulgentes, un público en el que se mezclaban razas de todos los colores y mestizajes, y los recién llegados como restos de un naufragio sustituyendo con su apostura la falta de un aseo imposible, los que no estábamos postrados en hileras de angarillas… Los prelados con sus ricas casullas, los frailes con los mil pelajes de los distintos hábitos de sus diferentes cofradías, las monjas con sus blancas tocas… y nuestros eventuales aliados franceses tan galantes como cabría esperar con sus uniformes raidos por las penurias y sus sombreros adornados con coloridas plumas… 

         Terminada la ceremonia don Pedro de Valdelvira se nos acercó para interesarse por mi salud y presentarme sus respetos, luego se llevó aparte a don Pepe, quien tras un breve diálogo con su amigo se acercó a mí.
          - Señora, pronto llegará mi hijo Cuauhtémoc Luis y la llevará junto con sus damas a mi almacén y residencia en la villa… hay una reunión de urgencia en el Palacio del Gobernador en el que se tomarán decisiones importantes sobre nuestro futuro inmediato y a la que debó acudir, por una parte para defender mis intereses… y, según me ha comunicado don Pedro, para dar una explicación al Capitán General sobre de donde salió mi ejército de “mandingas” y cuál era el cargamento que llevaba mi bajel…
         - ¿Puedes correr peligro? –me alarmé.
         - Cuento con el favor y la amistad del Almirante… y con la fuerza que provoca el estar profundamente enamorado –me besó la mano y se dirigió hacia Julián para darle instrucciones.
         Luego lo vi alejarse y perderse entre la multitud…

No hay comentarios:

Publicar un comentario