XX
Toda
la ciudad salió a recibirnos, pues para ellos constituía toda una novedad
avistar a la Flota de Indias al completo y además con naves apresadas, ya que su
fondeadero natural era en la isla de La Española, donde se dividía según su
destino hacia Cartagena de Indias los que iban hacia el sur y hacia Veracruz
los que llevaban sus mercancías a la capital de La Nueva España, Méxhico, y
sólo anclaban en esta bahía los que mercadeaban en la isla.
La
parte de la ciudad cercana al puerto tenía un aspecto de una ciudad española
pero inundada de colores y acentos y olores exóticos, pues la arquitectura
colonial estaba enjalbegada de variados tonos desde el añil al rosa palo, donde
tampoco faltaban los amarillos limón ni los verdes guayaba, las voces tenían
mil ecos distintos y el olor a vainilla y palmera me hacían olvidar el salitre
de los últimos meses.
Tuve
una gran satisfacción al volver a abrazar de nuevo a mi querido Bartolomé
Esteban, la primera desde el trágico suceso en que perdí a mi hija, y no puedo
decir que me alegrara pisar de nuevo una tierra firme porque me llevaron en
angarillas hasta la Plaza de Armas, donde se celebró una Misa Solemne de Te
Deum en agradecimiento por haber llegado a puerto, dirigida por el Arzobispo de
Santiago de Cuba y concelebrada por los capellanes de los diversos navíos y de
las parroquias del lugar, en la que no faltó ni la música coral ni los arpegios
de la flauta de mosén Xavier…
Fue
una ceremonia de un cromatismo y una extravagancia inolvidable e irrepetible:
los caballeros y damas de la isla vistiendo sus mejores galas, los soldados con
sus alabardas y cimborrios refulgentes, un público en el que se mezclaban razas
de todos los colores y mestizajes, y los recién llegados como restos de un
naufragio sustituyendo con su apostura la falta de un aseo imposible, los que
no estábamos postrados en hileras de angarillas… Los prelados con sus ricas
casullas, los frailes con los mil pelajes de los distintos hábitos de sus
diferentes cofradías, las monjas con sus blancas tocas… y nuestros eventuales
aliados franceses tan galantes como cabría esperar con sus uniformes raidos por
las penurias y sus sombreros adornados con coloridas plumas…
Terminada
la ceremonia don Pedro de Valdelvira se nos acercó para interesarse por mi
salud y presentarme sus respetos, luego se llevó aparte a don Pepe, quien tras
un breve diálogo con su amigo se acercó a mí.
-
Señora, pronto llegará mi hijo Cuauhtémoc Luis y la llevará junto con sus damas
a mi almacén y residencia en la villa… hay una reunión de urgencia en el
Palacio del Gobernador en el que se tomarán decisiones importantes sobre
nuestro futuro inmediato y a la que debó acudir, por una parte para defender
mis intereses… y, según me ha comunicado don Pedro, para dar una explicación al
Capitán General sobre de donde salió mi ejército de “mandingas” y cuál era el
cargamento que llevaba mi bajel…
-
¿Puedes correr peligro? –me alarmé.
-
Cuento con el favor y la amistad del Almirante… y con la fuerza que provoca el
estar profundamente enamorado –me besó la mano y se dirigió hacia Julián para
darle instrucciones.
Luego
lo vi alejarse y perderse entre la multitud…

No hay comentarios:
Publicar un comentario