domingo, 9 de septiembre de 2012

EL VIAJE - XXIV



XXIV
         Como ya deje dicho, la casa y el almacén estaban juntos y según la estancia o el pasillo que se atravesaba se percibía toda una variopinta sinfonía de olores… Desde las albahacas y limoneros del patio al olor rancio de las salazones y vinagres de las bodegas pasando por el almacén en sí, que, según me contaba Cuauhtémoc mientras me lo iba enseñando, estaba dispuesto por avenidas y plazas según los diferentes productos y su relación, en una especie de urbanísimo gastronómico… la gran plaza de las Especias casi me hace caer desmayada por la profundidad de sus aromas: la cayena, la vainilla, el cacao, la pimienta de Veracruz…


     Y se había quedado el hijo como anfitrión, pues don Pepe se había embarcado con el Almirante, que dirigía una pequeña flotilla con los navíos que habían quedado más enteros después de la batalla, reforzados por dos de los galeones que defendían el puerto, y les acompañaba como capellán castrense mosén Xavier, por si hubiera combate y fuera necesario dar extremaunciones… Así que en la gran mansión me recuperaba de mi sangrienta e íntima aventura, acompañada por mis damas y del siempre irremplazable Bartolomé… Y disfrutaba del descanso y la felicidad de aquella mansión, aunque las visitas distorsionaran aquella armonía y no todas fueran agradables…

       Fray Raimundo no tardó en aparecer y llenarme de consejas, consejos y evangelizaciones.
       - Mi querida doña Esther, ¿cómo en esta casa pudiendo gozar de los favores de la Iglesia?
         - Mi querido fraile, ¿dónde estar mejor que en mi propia casa?
         - ¿Cómo? –frunció el ceño.
        - Cosas de los enamoramientos, cuestión de la que vuestra eminencia no sabrá demasiado en el plano terrenal…
         - Sigo siendo sólo un humilde fraile por lo que sobran las titulaciones, por el momento, pero siempre estaré al servicio de Nuestro Señor y en el lugar que Él quiera ponerme, y también al servicio de mis buenos amigos, y de alguna manera me siento responsable de vos por la palabra que empeñé a mi buen amigo don Francisco de Zurbarán… y está mansión pienso que no es el lugar más aconsejable.
         - ¿No es buen cristiano don Pepe?
         - En realidad no sé mucho sobre él, pero se comenta que algunas de las mercancías con las que comercia no son muy legales ni propias de tratar por cristianos viejos… Dios nos hizo a todos los hombres libres a su imagen y semejanza…
         No sabiendo muy bien que responderle me santigüe: ¡Amén!, y el fraile sonrió.
        - Pero eso no dejan de ser asuntos mundanos… también se comenta que no frecuenta buenas compañías.
         - Como la de un gran Almirante de Castilla –le dije brava.
      - Tampoco don Ignacio parece ser muy inclinado a llevar una vida ortodoxa ni con respecto a Roma ni con la Monarquía.
      - Pero si tiene los santos coo… corajes para salir en descubierta para defender nuestra flota, nuestra ciudad, y con ellas a personas que tal vez no tuvieran el derecho a que tan nobles vidas, digo don Ignacio y don Pepe, se pusieran en peligro por ellas…
        La cara se le puso de un color que rayaba el bermellón y no sé por dónde me hubiera salido el buen fraile si no hubieran aparecido oportunas mis damas de compañía con unas fuentes provistas de dulces y un oloroso y humeante chocolate recién hecho por las monjas de sor Angustias…

         Aunque no fue la visita más molesta, porque doña Esperanza de Aguirre también apareció a las pocas jornadas, y por lo que se había comentado en la célebre merienda las sospechas de que había un traidor en nuestras filas no iba muy desencaminada…

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