XXIV
Como
ya deje dicho, la casa y el almacén estaban juntos y según la estancia o el
pasillo que se atravesaba se percibía toda una variopinta sinfonía de olores…
Desde las albahacas y limoneros del patio al olor rancio de las salazones y
vinagres de las bodegas pasando por el almacén en sí, que, según me contaba
Cuauhtémoc mientras me lo iba enseñando, estaba dispuesto por avenidas y plazas
según los diferentes productos y su relación, en una especie de urbanísimo
gastronómico… la gran plaza de las Especias casi me hace caer desmayada por la
profundidad de sus aromas: la cayena, la vainilla, el cacao, la pimienta de
Veracruz…
Y se había quedado el hijo como
anfitrión, pues don Pepe se había embarcado con el Almirante, que dirigía una
pequeña flotilla con los navíos que habían quedado más enteros después de la
batalla, reforzados por dos de los galeones que defendían el puerto, y les
acompañaba como capellán castrense mosén Xavier, por si hubiera combate y fuera
necesario dar extremaunciones… Así que en la gran mansión me recuperaba de mi
sangrienta e íntima aventura, acompañada por mis damas y del siempre irremplazable
Bartolomé… Y disfrutaba del descanso y la felicidad de aquella mansión, aunque
las visitas distorsionaran aquella armonía y no todas fueran agradables…
Fray Raimundo no tardó en aparecer
y llenarme de consejas, consejos y evangelizaciones.
-
Mi querida doña Esther, ¿cómo en esta casa pudiendo gozar de los favores de la
Iglesia?
-
Mi querido fraile, ¿dónde estar mejor que en mi propia casa?
-
¿Cómo? –frunció el ceño.
-
Cosas de los enamoramientos, cuestión de la que vuestra eminencia no sabrá
demasiado en el plano terrenal…
-
Sigo siendo sólo un humilde fraile por lo que sobran las titulaciones, por el
momento, pero siempre estaré al servicio de Nuestro Señor y en el lugar que Él
quiera ponerme, y también al servicio de mis buenos amigos, y de alguna manera
me siento responsable de vos por la palabra que empeñé a mi buen amigo don
Francisco de Zurbarán… y está mansión pienso que no es el lugar más
aconsejable.
-
¿No es buen cristiano don Pepe?
-
En realidad no sé mucho sobre él, pero se comenta que algunas de las mercancías
con las que comercia no son muy legales ni propias de tratar por cristianos
viejos… Dios nos hizo a todos los hombres libres a su imagen y semejanza…
No
sabiendo muy bien que responderle me santigüe: ¡Amén!, y el fraile sonrió.
-
Pero eso no dejan de ser asuntos mundanos… también se comenta que no frecuenta
buenas compañías.
-
Como la de un gran Almirante de Castilla –le dije brava.
-
Tampoco don Ignacio parece ser muy inclinado a llevar una vida ortodoxa ni con
respecto a Roma ni con la Monarquía.
-
Pero si tiene los santos coo… corajes para salir en descubierta para defender
nuestra flota, nuestra ciudad, y con ellas a personas que tal vez no tuvieran
el derecho a que tan nobles vidas, digo don Ignacio y don Pepe, se pusieran en
peligro por ellas…
La
cara se le puso de un color que rayaba el bermellón y no sé por dónde me
hubiera salido el buen fraile si no hubieran aparecido oportunas mis damas de
compañía con unas fuentes provistas de dulces y un oloroso y humeante chocolate
recién hecho por las monjas de sor Angustias…
Aunque
no fue la visita más molesta, porque doña Esperanza de Aguirre también apareció
a las pocas jornadas, y por lo que se había comentado en la célebre merienda
las sospechas de que había un traidor en nuestras filas no iba muy
desencaminada…

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