III
DE
NUEVAS NOTICIAS SOBRE LAS RELACIONES DE DON PEPE, Y DE LOS DIFÍCILES QUE SON
ALGUNOS CAMINOS Y DE LOS SIGLOS QUE SON NECESARIOS PARA QUE SE COMERCIALICEN
ALGUNOS INVENTOS.
Don
Pepe pronto me lo hizo olvidar con su amena charla y alguna otra caricia de sus
labios.
-
Un primo de mi amigo don Juan es el Duque de Larios, que tiene amplias
posesiones en la zona de Málaga, allá en las Españas, y se dedica a comerciar
con otro brebaje que tiene origen holandés y que llaman ginebra, pues está
elaborado a través de la maduración de los frutos de un árbol que sólo crece en
climas fríos y que se llama enebro…
-
Si esos licores de sabor tan fuerte al paladar se mezclaran con algunas bebidas
refrescantes, como una elaborada por nuestras tierras, que se llama
zarzaparrilla, se conseguiría tal vez algún brebaje de sabor menos fuerte y más
apto para cualquier paladar - se me ocurrió comentar, por seguirle la
conversación.
-
Sí, una conjunción de sabores como la zarzamora, el regaliz y tal vez un punto
de esa planta que mastican los nativos de Nueva Granada, que llaman coca, y que
les sirve para soportar los duros trabajos en las minas de plata, mezclada con
nuestro ron sería una bebida refrescante y excitante que sin duda sería un
éxito… en una Cuba Libre, porque por aquí, por el momento la Corona y sus
lacayos no nos dejan comercializar todo, jajajaja
Le
acompañé las risas y nos fundimos en un apasionado beso, que era a la vez
refrescante y excitante como el brebaje al que nos habíamos referido, pero
sobre todo húmedo…
Y
lo hubiéramos prolongado durante un tiempo indefinido y deleitoso si un arreón
a las riendas de la mula que dio don Ginés no la hubiera provocado encabritarse
y zarandear nuestra plataforma hasta casi declinar y venirse abajo.
-
¡El camino está cortado! – nos advirtió el almacenero, en parte por justificar
su acción y en parte darnos información.
Así
que nos despertamos bruscamente del sueño de nuestro deliquio amoroso, mientras
junto al relinchar de la mula herida por el tirón recibido comenzamos a
escuchar cascos de caballos que se acercaban al galope.
Don
Pepe, que era capaz de aventar el peligro, saltando por encima de los equipajes
se subió al pescante y le tomó las riendas y la fusta al almacenero.
-
¡Es mejor que vayas preparando el trabuco, Ginés, porque me temo lo peor! –le
gritó, mientras trataba de encontrar una senda alternativa con que zafarnos del
tronco que nos cortaba el paso.
Y entre ramas que nos azotaban el carruaje pasamos por una angosta hendidura entre el verdor, y puso la mula al galope, y yo saltaba angustiada sobre los baúles y hatos, por el traqueteo de la calesa, intentando retener nuestro equipaje, cuando una bola de fuego pasó sobre mi cabeza. Era el arcabuzazo que había disparado don Ginés cuya fuerza de retroceso le hizo caer hacia atrás y quedarse envarado entre los pares que flanqueaban la mula y el fondo de la carreta.
-
¡Échale una mano antes de que se nos descoyunte! – me gritó don Pepe, que
seguía azuzando a la caballería.
Los
vestidos al uso en la época no son la indumentaria más idónea para que una
mujer se pueda mover con desembarazo, y en aquellos momentos me hubiera gustado
tener la soltura de una Amazona con una sola piel ceñida a la cintura y sus
pechos al viento, pero con mucho esfuerzo conseguí llegar hasta el pescante a
tiempo para ver como una polvareda se dirigía hacia nosotros por el frente.
“¡Date
por muerto gentil gallego y que la Virgen se apiade de nosotros!”, pensé.

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