miércoles, 26 de septiembre de 2012

LAS ISLAS - III



III
         DE NUEVAS NOTICIAS SOBRE LAS RELACIONES DE DON PEPE, Y DE LOS DIFÍCILES QUE SON ALGUNOS CAMINOS Y DE LOS SIGLOS QUE SON NECESARIOS PARA QUE SE COMERCIALICEN ALGUNOS INVENTOS.

            Don Pepe pronto me lo hizo olvidar con su amena charla y alguna otra caricia de sus labios.
         - Un primo de mi amigo don Juan es el Duque de Larios, que tiene amplias posesiones en la zona de Málaga, allá en las Españas, y se dedica a comerciar con otro brebaje que tiene origen holandés y que llaman ginebra, pues está elaborado a través de la maduración de los frutos de un árbol que sólo crece en climas fríos y que se llama enebro…
         - Si esos licores de sabor tan fuerte al paladar se mezclaran con algunas bebidas refrescantes, como una elaborada por nuestras tierras, que se llama zarzaparrilla, se conseguiría tal vez algún brebaje de sabor menos fuerte y más apto para cualquier paladar - se me ocurrió comentar, por seguirle la conversación.
           - Sí, una conjunción de sabores como la zarzamora, el regaliz y tal vez un punto de esa planta que mastican los nativos de Nueva Granada, que llaman coca, y que les sirve para soportar los duros trabajos en las minas de plata, mezclada con nuestro ron sería una bebida refrescante y excitante que sin duda sería un éxito… en una Cuba Libre, porque por aquí, por el momento la Corona y sus lacayos no nos dejan comercializar todo, jajajaja
         Le acompañé las risas y nos fundimos en un apasionado beso, que era a la vez refrescante y excitante como el brebaje al que nos habíamos referido, pero sobre todo húmedo…


          Y lo hubiéramos prolongado durante un tiempo indefinido y deleitoso si un arreón a las riendas de la mula que dio don Ginés no la hubiera provocado encabritarse y zarandear nuestra plataforma hasta casi declinar y venirse abajo.
         - ¡El camino está cortado! – nos advirtió el almacenero, en parte por justificar su acción y en parte darnos información.     
        Así que nos despertamos bruscamente del sueño de nuestro deliquio amoroso, mientras junto al relinchar de la mula herida por el tirón recibido comenzamos a escuchar cascos de caballos que se acercaban al galope.

         Don Pepe, que era capaz de aventar el peligro, saltando por encima de los equipajes se subió al pescante y le tomó las riendas y la fusta al almacenero.
         - ¡Es mejor que vayas preparando el trabuco, Ginés, porque me temo lo peor! –le gritó, mientras trataba de encontrar una senda alternativa con que zafarnos del tronco que nos cortaba el paso.
        

       Y entre ramas que nos azotaban el carruaje pasamos por una angosta hendidura entre el verdor, y puso la mula al galope, y yo saltaba angustiada sobre los baúles y hatos, por el traqueteo de la calesa, intentando retener nuestro equipaje, cuando una bola de fuego pasó sobre mi cabeza. Era el arcabuzazo que había disparado don Ginés cuya fuerza de retroceso le hizo caer hacia atrás y quedarse envarado entre los pares que flanqueaban la mula y el fondo de la carreta.
         - ¡Échale una mano antes de que se nos descoyunte! – me gritó don Pepe, que seguía azuzando a la caballería.
         Los vestidos al uso en la época no son la indumentaria más idónea para que una mujer se pueda mover con desembarazo, y en aquellos momentos me hubiera gustado tener la soltura de una Amazona con una sola piel ceñida a la cintura y sus pechos al viento, pero con mucho esfuerzo conseguí llegar hasta el pescante a tiempo para ver como una polvareda se dirigía hacia nosotros por el frente.
         “¡Date por muerto gentil gallego y que la Virgen se apiade de nosotros!”, pensé.

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