domingo, 2 de septiembre de 2012

EL VIAJE - XVIII



XVIII
         En versión de don Homero, un ciego padre de la Literatura, según me contó Lopito, lo que la une a la justicia, que parece ser que también lo es, cuando no es corrupta y ella misma mira para otro lado por unos doblones (euros, dólares, pesos, rublos…), decía que un tal Aquiles (el de los pies ligeros), para distinguirse de todos sus coetáneos bélicos en otra cuestión más, (puesto que no buscaba conseguir con sus hazañas ni tesoros ni prebendas sino la fama, lo que según criterio de don Jorge Manrique le hace figurar como primer caballero renacentista “avant la lettre”), en vez de lucir una armadura brillante y refulgente la llevaba negra, y sus mirmidones vestían de igual modo, y carbón era el color de la vela de su nave…


         Con la que nos estaba cayendo y las lecturas que llevábamos encima no es de extrañar que  alucináramos en black & white, término que ya en Guantánamo nos explicaría un tal Ricardo Darín, peculiar personaje que venido de las tierras del Rio de la Plata, en otro momento acudiría en nuestra ayuda como ahora lo estaba haciendo Julián Kunta-Kinte a pecho descubierto. Según nos contaría después, había convencido a sus hermanos de color ébano que era mejor morir luchando sin cadenas por su patrón que la posibilidad de irse al fondo del mar engrillados.
         Y a fe que atacaban con coraje, consiguiendo cortar la riada humana que desde la vecina embarcación nos inundaba la cubierta sembrándola de muerte, y a los que esperábamos el asalto a nuestro baluarte de un desasosiego que no lograban serenar las oraciones de mosén Xavier clamando a la Esperanza Macarena y a santa Rita, patrona de los desesperados, mientras hacía girar su rosario de madera en el aire.

         El enemigo, viendo que nos llegaban refuerzos, intentó un último ataque furibundo por conseguir nuestro castillo. Un trabucazo que ni siquiera le tocó pero le asonó los oídos dejó fuera de combate a Pepe, y, una vez más, fue Bartolomé Esteban, que sería capaz de pintar con igual fuerza a Niños Divinos, Inmaculadas o desposeídos, quien se enfrentó a una espada de varios pies con una daga de damisela… la gracia estaba en cansar al rival, que a base de doblonazos al aire iba perdiendo el resuello, pero quiso la mala fortuna que en una de las fintas el muchacho resbalase y quedara a merced del enemigo, que ya tan harto del juego a que le había sometido en vez de rematar la faena con una fácil estocada al pecho levantó el sable con la intención de abrirle la cabeza en dos…
         Pero en el camino del arma se interpuso mi tizona y paré el golpe, que venía tan contundente que me retembló todo el cuerpo y sentí como algo se desgajaba en mis entrañas y la humedad empapaba mis muslos…
         El furibundo bandido volvió a levantar el arma, que en esta ocasión vendría dirigida a mí… Pero antes de que pudiera terminar su acción algo le impacto en la sien y cayó fulminado.
         - Dios me perdone –musitó mosén Xavier mientras se aprestaba a colocar otro proyectil en su honda-rosario…
         La sangre ya me corría sobre el calzado y Bartolomé se aprestó a auxiliarme, no sin antes haber rematado al malandrín hundiéndole la daga en la garganta.

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