XIX
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Todavía estaba viva, pues iba a ser hembra –me contaba mosén Xavier -, y me dio
tiempo a bautizarla como Concepción, y desde el Arenal de la mar océana a quién
se la entregué espero que algún día renazca como la gran mujer que mereció ser
o, más acorde con nuestras convicciones cristianas, que su espíritu ilumine
desde las Verdes Praderas del Cielo a otro nuevo ser…
Ni
siquiera el tener entre mis manos las manos de don Pepe calmaba mi llanto, pues
el peor dolor que puede tener una mujer es que su fruto se pierda.
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Y, ¿por qué no haber esperado a llegar a tierra y darla santa sepultura? –acabé
por decir entre hipos y gemidos.
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Fue una idea mía –se adelantó a explicar don Pepe -, aunque la costumbre sea
que quien muere en el mar sea arrojado a ella, por claros motivos de higiene,
como se hizo con los que fallecieron en la batalla, y sea una sepultura tan
cristiana y tan válida como cualquier camposanto bendecido, en su caso se podía
haber hecho una excepción y haberla embalsamado, pero obrando de este modo se
te ahorraba un nuevo dolor al verla muerta...
Sólo
entonces reparé que aquel no era el camarote que compartía con las otras
mujeres, y la sorpresa secó mi llanto con la rudeza del estupor.
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¿Dónde estamos?
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Gracias a la oportuna intervención de don Julián y sus compañeros “mandingas”,
a quien convenció de unirse a nuestra causa, pasamos de ser vencidos a
vencedores… -comenzó a explicar don Pepe-, y nos apoderamos de su galeón, que
aunque bastante dañado en su arboladura por nuestro fuego todavía es capaz de
navegar… y don Ignacio de Angulo, a quién le habían muerto o herido a sus
mejores oficiales me ha nombrado su capitán provisional hasta que lleguemos a
San Cristóbal de La Habana, que es hacia donde se dirige toda la flota para
ponernos a cubierto de un posible contraataque y evaluar los daños sufridos,
pues es el puerto natural que más protección nos puede asegurar, Señora.
Intenté
incorporarme para ver mejor a un desconocido que estaba tras de mis amigos,
medio en la sombra, pero un profundo dolor en el vientre me volvió a postrar en
el lecho.
Adivinando
cual había sido mi intención al querer levantarme, me explicó mosén Xavier:
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Es Monsieur de Lavoisier, el médico de la “Marigalante”, que es el nombre del
galeón en que viajamos ahora, y es quién la ha atendido y frenado sus
hemorragias…
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Bonjour, Madame –me sonrió el aludido.
Cada
vez lo entendía menos, aunque la suma de los dolores físico y moral que padecía
no era lo más indicado para pensar con fluidez, ¿qué demonios pintaba en un
galeón anglosajón un médico francés?
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El buque que ahora es botín de guerra nuestro antes lo había sido de los
ingleses –me informó don Pepe, notando mi cara de estupor -, por este mar
Caribe se pasa con facilidad de predador a víctima, y viceversa, los
prisioneros galos han pasado de estar en la bodega a ayudarnos en las maniobras
y reparaciones, y sus captores ocupan ahora su anterior puesto…
Monsieur
de Lavoisier susurró algo a mosén Xavier en francés o catalán, pues como
lenguas primas hermanas, nacidas a la par de los cantos de juglares de la
Provenza, mis oídos siempre las confundieron…
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El doctor nos aconseja que lo más saludable sería que saliéramos y le dejemos
descansar, Señora, ahora entrarán Elena y Cristina a atenderla y hacerle
compañía.
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¿Qué fue de Bartolomé Estaban? –me acordé de pronto de los últimos sucesos
sobre la cubierta.
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Sólo sufrió algunos rasguños de los que se estará recuperando a bordo de la
nave Almiranta al lado de don Ignacio de Angulo, y velando por el buen estado
de almacenaje de los cuadros de don Francisco de Zurbarán.
Y
así, en el camarote del capitán de la “Marigalante”, que compartía con mis
damas de compañía, mientras que don Pepe utilizaba el de los oficiales con Julián,
que funcionaba como su contramaestre, mosén Xavier y el doctor, me iba
recuperando muy a poquitos de mi desangramiento, desgarro y mi vacío interior…
Pronto conocería La Habana y al hijo de don Pepe, Cuauhtémoc Luis Martí.

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