lunes, 3 de septiembre de 2012

EL VIAJE - XIX



XIX

         - Todavía estaba viva, pues iba a ser hembra –me contaba mosén Xavier -, y me dio tiempo a bautizarla como Concepción, y desde el Arenal de la mar océana a quién se la entregué espero que algún día renazca como la gran mujer que mereció ser o, más acorde con nuestras convicciones cristianas, que su espíritu ilumine desde las Verdes Praderas del Cielo a otro nuevo ser…


         Ni siquiera el tener entre mis manos las manos de don Pepe calmaba mi llanto, pues el peor dolor que puede tener una mujer es que su fruto se pierda.
         - Y, ¿por qué no haber esperado a llegar a tierra y darla santa sepultura? –acabé por decir entre hipos y gemidos.
         - Fue una idea mía –se adelantó a explicar don Pepe -, aunque la costumbre sea que quien muere en el mar sea arrojado a ella, por claros motivos de higiene, como se hizo con los que fallecieron en la batalla, y sea una sepultura tan cristiana y tan válida como cualquier camposanto bendecido, en su caso se podía haber hecho una excepción y haberla embalsamado, pero obrando de este modo se te ahorraba un nuevo dolor al verla muerta...

             Sólo entonces reparé que aquel no era el camarote que compartía con las otras mujeres, y la sorpresa secó mi llanto con la rudeza del estupor.
            - ¿Dónde estamos?
         - Gracias a la oportuna intervención de don Julián y sus compañeros “mandingas”, a quien convenció de unirse a nuestra causa, pasamos de ser vencidos a vencedores… -comenzó a explicar don Pepe-, y nos apoderamos de su galeón, que aunque bastante dañado en su arboladura por nuestro fuego todavía es capaz de navegar… y don Ignacio de Angulo, a quién le habían muerto o herido a sus mejores oficiales me ha nombrado su capitán provisional hasta que lleguemos a San Cristóbal de La Habana, que es hacia donde se dirige toda la flota para ponernos a cubierto de un posible contraataque y evaluar los daños sufridos, pues es el puerto natural que más protección nos puede asegurar, Señora.
            Intenté incorporarme para ver mejor a un desconocido que estaba tras de mis amigos, medio en la sombra, pero un profundo dolor en el vientre me volvió a postrar en el lecho.
         Adivinando cual había sido mi intención al querer levantarme, me explicó mosén Xavier:
         - Es Monsieur de Lavoisier, el médico de la “Marigalante”, que es el nombre del galeón en que viajamos ahora, y es quién la ha atendido y frenado sus hemorragias…
           - Bonjour, Madame –me sonrió el aludido.
         Cada vez lo entendía menos, aunque la suma de los dolores físico y moral que padecía no era lo más indicado para pensar con fluidez, ¿qué demonios pintaba en un galeón anglosajón un médico francés?
          - El buque que ahora es botín de guerra nuestro antes lo había sido de los ingleses –me informó don Pepe, notando mi cara de estupor -, por este mar Caribe se pasa con facilidad de predador a víctima, y viceversa, los prisioneros galos han pasado de estar en la bodega a ayudarnos en las maniobras y reparaciones, y sus captores ocupan ahora su anterior puesto…
         Monsieur de Lavoisier susurró algo a mosén Xavier en francés o catalán, pues como lenguas primas hermanas, nacidas a la par de los cantos de juglares de la Provenza, mis oídos siempre las confundieron…
         - El doctor nos aconseja que lo más saludable sería que saliéramos y le dejemos descansar, Señora, ahora entrarán Elena y Cristina a atenderla y hacerle compañía.
         - ¿Qué fue de Bartolomé Estaban? –me acordé de pronto de los últimos sucesos sobre la cubierta.
         - Sólo sufrió algunos rasguños de los que se estará recuperando a bordo de la nave Almiranta al lado de don Ignacio de Angulo, y velando por el buen estado de almacenaje de los cuadros de don Francisco de Zurbarán.
 
         Y así, en el camarote del capitán de la “Marigalante”, que compartía con mis damas de compañía, mientras que don Pepe utilizaba el de los oficiales con Julián, que funcionaba como su contramaestre, mosén Xavier y el doctor, me iba recuperando muy a poquitos de mi desangramiento, desgarro y mi vacío interior… Pronto conocería La Habana y al hijo de don Pepe, Cuauhtémoc Luis Martí.

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