XXVII
La
llegada de Cuauhtémoc Luis no podía haber sido más oportuna, y, tras de cerrar
el portón en lucha contra el viento, se desembarazó de la mojada capa y el
sombrero calado por el aguacero, y acudió en nuestra ayuda, a la que también
corría doña Leticia provista con un candil de aceite, mientras cantaba
imprecaciones con su campanilleante voz, pues cualquier sonido que saliera por
su garganta, aún las palabras más ralas, era un recitativo musical.
Como es habitual siempre es la parte más débil
la que se lleva la peor parte, así que si mis compañeros de rodaje tan sólo se
hicieron rasguños y magulladuras, mientras que yo al intentar poner un pie en
el suelo el profundo dolor me hizo comprender que me había roto algún hueso, y
si los fuertes brazos del hijo de mi amado no me cogen en volandas hubiera
vuelto a dar con todo mi ser en el pavimento de barro cocido…
Ya
en la cocina me tendieron sobre una mesa y, mientras Cuauhtémoc le explicaba a
don Ginés los motivos por los que casi había reventado su caballo cuando leyó
en las nubes y el olor del aire lo que se avecinaba y mis damas se empelotaban
sin el mejor recato para secar sus ropas al calor del fogón, bien acostumbradas
estaban a carecer de recato por su habitual oficio, doña Leticia miraba de ver
en qué estado se encontraban mis maltrechos huesos.
-
¡El mayor riesgo es que se inunde la bodega, se perderían las mercancías más
valiosas y sería la ruina de nuestra casa, hay que hacer todo lo posible por
subir hacia lo alto toda la mercancía que podamos!
Don
Ginés, que parecía ser de hierro, se echaba aguardiente sobre los rasguños
sufridos durante la caída sin dar la mínima muestra de dolor y tras de
gratificar su coleto con un buen trago se dispuso a ayudar al hijo de su
patrón.
-
¡No os quedéis ahí como pasmarotes y echarles una mano! –todavía me quedaron
fuerzas para gritar a Elena y Cristina, y sentí una punzada en la espalda…
también se debía de haber partido alguna costilla…
La
noche fue “toledana”, digna de ser representada por los pinceles de El Greco,
pues continuaban escuchándose los retumbadores truenos que hacían repiquetear
todos los utensilios de la cocina y vibrar la tabla de roble sobre la que me
encontraba postrada.
No
era noche para dormir sino para pensar, para pensar mucho:
Para
pensar sobre el paradero de Bartolomé Esteban, que con la calesa guiada por un
ujier puesto al servicio de don Pedro, nos había acompañado una nota
informándome que se quedaba en El Morro a ayudar al arquitecto.
Para
pensar en la suerte que correría mi amado Pepe Martí embarcado en la nave
Almiranta, tambaleándose en medio del mar al albur de los vientos y al azote de
la tormenta, y en la bodega del galeón los cuadros de don Francisco de
Zurbarán, motivo de mi viaje.
Para
pensar en lo que desde mis entrañas había pasado a formar parte de un Arenal
ignoto perdido en la inmensidad del océano…
Para
pensar en que era muy posible que jamás pudiera volver a ver a mi querida
Sevilla...
Y los pensamientos condimentados con lágrimas es uno de los peores
alimentos que puede tener un ser humano, porque resulta muy amargo y difícil de
digerir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario