lunes, 24 de septiembre de 2012

LAS ISLAS - II



II
         DE LA NOCHE EN EL MONASTERIO, LA CONTINUACIÓN DEL CAMINO Y DEL ENCUENTRO CON LA POSTA REAL

          Así pasamos nuestra primera noche de intimidad entre músicas y risas que llegaban del refectorio y del florido claustro, como si abajo se estuviera celebrando nuestra luna de miel. ¡Ya nos tocaba disfrutarnos! 


         Y lentamente, lentamente, le fui recibiendo a mi don Pepe en mis entrañas, y el fue saciando todos mis deseos en una noche que parecía que nunca tendría fin... hasta que el tañido de una campana nos recordó donde estábamos, y vimos que por la ventana ya entraban los resplandores del sol.

           El Monasterio volvía a ser lo que una siempre había pensado que era tal edificio, un lugar dedicado al estudio y la oración…  fuera no quedaba ninguna carroza ni calesa, y a primera hora asistimos a la Santa Misa celebrada por fray Millán, que aunque tuviera profundas ojeras y la voz todavía más ronca que la noche anterior salmodiaba muy bien los latines.

         Don Ginés tardó en salir a nuestro encuentro porque parecía ser que entre los fogones también había habido celebraciones, pero no quisimos indagar sobre el particular, y en cuanto enganchó la mula a la calesa partimos camino de nuestro próximo destino, que parecía ser la hacienda de un amigo de don Pepe situada en una región llamada Santa Clara.
         - Todas estas plantaciones que ves a ambos lado del camino son de caña de azúcar, y con ellas además del edulcorante se puede fabricar un licor llamado ron, y para su elaboración mi amigo don Juan Bacardi dispone de una destilería con un sistema de fermentación y alambiques similares al que usan en la Galicia de nuestro buen cofrade don Ginés para transformar los hollejos de la uva en aguardiente…
         Yo le escuchaba como envuelta en un éxtasis recordando los placeres que en la noche anterior nos habíamos dado y admirando el verdor de las lejanas montañas, las mismas lluvias tropicales que tantos sinsabores daban eran la causa de aquel vergel…

         Nos cruzamos con la carroza de la Posta Real, muy bien guarnecida por una guardia armada, pues se utilizaba, además de para el lógico acarreo de epístolas, también para mercadear dineros y para la recaudación de impuestos. En aquellos terrenos tan despoblados era casi una obligación que se detuviera la marcha de los que se encontraban para intercambiar información sobre posibles obstáculos en los contrapuestos recorridos, tales como algún puente cortado por la crecida de un río o la presencia de bandidos merodeadores… Además que el camino era tan angosto que resultaba imposible que dos carrozas pudieran franquearlo al mismo tiempo, por lo que había que aprovechar algún claro junto a la carretera, y esto propiciaba un rato de descanso y de plática.
         Ni ellos ni nosotros habíamos observado ningún movimiento extraño en nuestros respectivos recorridos, pero es diáfano que los que tienen intenciones soterradas no acostumbran en ponerse a la descubierta… 

         Cuando se alejaba la carroza entre una nube de polvo la miré con cierta afectación: en ella me llegarían noticias de mi querido Bartolomé Esteban, y de cómo iba resolviendo los asuntos que nos habían traído, hasta el ignoto lugar a donde me llevaba el amor… y sentí un extraño sentimiento de nostalgia que me nubló la vista durante un instante.

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