viernes, 7 de septiembre de 2012

EL VIAJE -XXII



XXII
         Como un repique de campanas me volvió a despertar…
         Era la voz de doña Leticia, que la tenía tan aguda que parecía cuando hablaba que sonaban cascabeles, tratando de informarse sobre mi salud y si me encontraría con fuerzas para participar en la merienda-cena con los demás invitados.
         Me quedé en blanco. Me hallaba en tres mundos: el de los deliquios amorosos con don Pepe, el de un dolor que me anegó hasta casi ahogarme y el de una calma reconfortante que me embriagaba desde que llegué a esta mansión.        
           La mujeruca pareció leerme los pensamientos…
        - Señora, a don Pepe le gustaría entrar a platicar con usted… si se encuentra con fuerzas suficientes la ayudaremos a asearse y a vestirse…
         Detrás de ella se encontraban mis damas de compañía muy sonrientes, que habían dispuesto un amplio balde de madera con agua humeante en el centro de la estancia… dirigí mi nariz hacia el sobaco izquierdo y un insoportable tufo me dio a conocer que sin duda un buen baño era lo que más necesitaba en aquellos momentos.
         La estancia era amplia y de techos elevados, tumbada en el baño mientras el sol de poniente jugueteaba con los damasquinados de los visillos produciendo ilusorias visiones sobre las encaladas paredes,me hubiera pasado horas de ensoñación…
         - No olvide que la aguarda mi patrón –me tornó a la realidad el ama de llaves.


         “¿Me seguirá amando después de comprobar lo trasto que soy?”
         Secada, perfumada, peinada, vestida y adornada con ropas y bisutería prestadas por mis damas, la imagen que me retornó un gran espejo en el que me miré era la de una joven agraciada y comedida que caminaba hacia un incierto destino que presentía esplendoroso…

         Aunque en sus versos hablará de rosas lo que me ofreció don Pepe, además de un fuerte brazo en que apoyarme, fue una orquídea de pétalos blancos y cáliz rosado, que con mucho desenfado depositó en mi escote.
         - Los amigos esperan –dijo, mientras dejaba al mismo tiempo un tenue beso, que apenas si fue un roce, en mi mejilla -. Todos se alegran de que se encuentre mejor… -y cogida de su brazo bajé la amplia escalera helicoidal de madera labrada que conducía hasta el vestíbulo del patio.

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