XXXIV
Así
que don Alejo Carpentier sería el valedor de las artísticas mercancías de don
Francisco de Zurbarán, y de mis teóricas damas de compañía, a partir de la llegada a San Miguel de Allende, al tiempo
que de las económicas de don Pepe Martí. Al menos me reconfortaba saber que les
acompañaba Cuauhtémoc Luis que tan buenas migas había hecho con Bartolomé
Esteban.
Mejor
que ir al puerto a llorar en una despedida llena de emotividad y de tener que
enfrentarme, sin duda, a los reproches de fray Raimundo y a las falsedades de
doña Esperanza me quedé en la casa preparando los equipajes para partir en el
mismo día hacia Guantánamo, la atmósfera de la Habana ya me asfixiaba.
De
don Pedro de Valdelvira y de nuestro Almirante, don Ignacio, ya me había
despedido la noche anterior en La Lonja tras de la reunión con la Hermandad…
Sin
duda hubiéramos disfrutado una feliz siesta de enamorados si no se hubiera
presentado siempre oportuna sor Angustias que, con la disculpa de traernos
algunas vituallas para el viaje, en realidad quería arreglar las cuentas con don
Pepe, antes de nuestra partida, sobre los últimos excesos culinarios que se
habían producido en la mansión, y de paso saber si estaría dispuesto a aportar
alguna cantidad en la restitución del tejado… y toda la retahíla acostumbrada
de quien “ora et labora” y que todo lo posible se quede en casa. También tenía don
Pepe que darla instrucciones sobre la atención a doña Leticia pues se iba a
quedar sola en la mansión, ya que don Ginés nos acompañaría hasta Guantánamo
conduciendo la calesa, más por darnos cobertura en caso de que surgiera algún
contratiempo por los solitarios caminos que por la necesidad de llevar un
arriero.
Aquella
misma tarde partimos, allí se quedaba La Habana con agridulces recuerdos, entré
en ella en angarillas y salía en carroza, apenas si mis pies pisaron sus calles,
pero para siempre conservaría dentro de mí la inmensidad de dulces perfumes, de
aromas picantes, de los mil colores que se transformaban en la imaginación en
otros tantos olores…
La primera parada y fonda sería en
el monasterio de Santa María del Rosario, en el camino a Santa Clara, donde
podríamos comprobar cómo las relajaciones eclesiásticas que fray Raimundo venía
a buscar tenían su fundamento.
FIN DE LA PRIMERA PARTE

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