miércoles, 19 de septiembre de 2012

EL VIAJE - XXXII



XXXII
         Había sido informado de mis inquietudes con respecto a las personas de las que me consideraba responsable, pero él era de la opinión de que el amor todo lo allana y de que a todo problema se le puede encontrar solución… o a casi todo, porque aunque estábamos como locos por gozar el uno del otro era necesario guardar las apariencias y tan solo nos podíamos intercambiar algunos besos y caricias furtivos en la penumbra mientras paseábamos por el jardín, mientras platicábamos sobre cuestiones menos románticas y más pecuniarias.
         - Tu idea, cariño, sobre el crecimiento ilimitado de los ducados es buena pero impracticable, porque todo documento de pago debe llevar el sello de la Casa de la Moneda, bien de la Corte o de sus satélites en la Nueva España, lo mismo que hacen el resto de las Casas Reales europeas con sus colonias, lo que a la larga acabará por generar guerras de independencia…
         - El doctor Monsieur de Lavoisier tras de explorarme con detenimiento me ha comunicado que algo interno se debió de romper, no se sabe si en el primer accidente o en el segundo, y que es poco probable que pueda tener hijos…
         - Es un gran médico, es una lástima que haya tenido que dejarnos para reincorporarse a su servicio en la “Marigalante”, cuando les dejaron partir rumbo a La Martinica, en estos momentos nuestras naciones son aliadas y mañana ¿quién sabe?, las Antillas son como un puchero donde se cuece el futuro del mundo.
         - Estás muy enterado de cuánto ha ido acaeciendo por la ciudad, pese a haberte pasado las últimas semanas al otro lado de la isla…


         - Si algo funciona bien en este lugar es el servicio de Postas, sino sería imposible que la capital económica y política estuviera aquí y la espiritual en Santiago… y volviendo al tema anterior, no obstante lo establecido, para poder facilitar nuestras transacciones entre comerciantes, y cuando el objeto de lo comerciado no puede ser dejado por escrito, como el asunto que me llevó a África, nos servimos de cartas de pago internas en las que por fuerza debe predominar la confianza entre los que adquieren el compromiso, y que para quienes las reconocen tienen el mismo valor que las monedas de oro.

         Después de la cena volvía a la habitación que compartía con Elena y Cristina, y la mayor parte de las noches don Pepe, acompañado siempre por su Secretario, salía de la mansión medio encubierto, y algunas veces no regresaban hasta casi el amanecer, porque entre el calor y el come-come me pasaba las noches en vela y los sentía regresar con las luces del alba.

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