SEGUNDA PARTE – LAS ISLAS
I
DE NUESTROS PRIMEROS CONTACTOS CON EL MONASTERIO DE SANTA MARÍA DEL ROSARIO LA NOCHE DE NUESTRA LLEGADA
Llegamos de anochecida y lo primero que llamó mi atención fue que frente a la puerta lateral del Monasterio hubiera detenidos varios lujosos carruajes, unos cubiertos y otros no. Y entre ellos uno que llevaba las armas reales, lo que me alarmó.
- Es el coche del capitán de la Guardia de Alguaciles de La Habana, pero no te preocupes que no estará en misión oficial, sino aparte de su palafrenero habría más guardias junto a él –me calmó don Pepe -, no es que sea un encuentro agradable, pues me hubiera gustado pasar más desapercibido… pero así disfrutaremos de música y compañía.
Lo segundo fue que en vez de salir unos monjes a recibirnos aparecieran unas jóvenes mulatas bastante descotadas a hacernos el homenaje.
- ¡Carallo, cómo están las rapaciñas! –se le escapó a don Ginés mientras con las riendas domeñaba a la mula que con la algarabía se había puesto un poco bravuca -, perdone la Señora por la expresión –se disculpó casi al instante.
- La cena está casi terminando, llegan usías muy tarde, me llaman Candelas, y todas estamos a su disposición – se dirigió a don Pepe la que parecía comandar la cuadrilla.
- Creo que hay un equívoco, no venimos a ningún festejo sino a reclamarle posada de buenos cristianos al señor prior, le podría informar que está aquí don Pepe Martí.
- Como no, caballero, aquí todos somos buenos creyentes, “lo que se han de comer los gusanos ¡qué lo disfruten los cristianos!" Jajajajaja… y no se preocupe por la señora que algunos otros caballeros también llegaron con compañía propia… -continuó la llamada Candelas, entre las risas de las otras.
- ¡Señoritas no desatiendan sus labores y vuelvan al refectorio! – la ronca voz del prior rompió su disparatada locución y corrieron en un revolotear de faldas y enaguas hacia la entrada lateral del Monasterio, entre silbidos y exclamaciones de los palafreneros que cuidaban los carruajes y caballerías, mientras que los pies descalzos del fraile le dirigían al encuentro con don Pepe - ¿A qué debemos el honor?
Se saludaron cogiéndose antebrazo con antebrazo. El saludo entre centuriones romanos.
- ¿Se puede saber que se celebra condenado fray Millán? – le preguntó medio en risas mi don Pepe.
- ¡Qué no huela a humo de carne humana quemada en La Habana! –y explicó: - La partida del representante de la Santa Inquisición con la conciencia tranquila de que todo discurre por la isla por los métodos más ortodoxos para la fe, jejejeejeje… La fiesta es privada, y sé que no os agradaría compartirla con algunos de los que participan en ella, pero haré que os sirvan un refrigerio en mis aposentos… Don Pepe se quedó cortó cuando me habló de su belleza, doña Esther –y se dirigió hacia mí con una sonrisa en los labios, y como correspondía me arrodillé ante él y le pedí su bendición.
Mientras con su mano diestra trazaba una cruz sobre mi frente continuó hablando:
- Tal vez mi forma de proceder choque con sus convicciones morales pero para poder alimentar a los pobres hay que sacarle el dinero a los ricos y a la vez estar a bien con los que representan el poder terreno… mañana nos confesaremos los unos a los otros los de la cofradía y nos impondremos duras penitencias según los pecados que cada uno haya cometido durante… la celebración. Pero, no dilatemos más está presentación y entren a reponer fuerzas y descansar… ¡les espera la recámara que sólo está reservada para el Obispo de Santiago! Su almacenero, después de que encierre a la mula en nuestras cuadras puede pasarse por las cocinas y pernoctar en ellas.
- ¡Carallo, qué bien se presenta la noche! -no se pudo reprimir don Ginés.

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