sábado, 8 de septiembre de 2012

EL VIAJE - XXIII



XXIII
          Fue una de las veladas más hermosas que he conocido, don Pepe me hizo presidir la mesa a su lado… y me sentí como una princesa de cuento infantil, rodeada por tanto amigo y tan cercano amor.
         Un recuerdo a lo tan entrañable que había perdido tan reciente me hizo escapar una lágrima.
         - Dios lo quiso – se apresuró a reconfortarme al notarlo mosén Xavier, que parecía leer los pensamientos y se sentaba frente a nosotros.

         - El héroe de la jornada ha sido, sin duda, don Pedro de Valdelvira que comenzó por espetarle al Señor Gobernador que con las defensas que tiene el fuerte de El Morro la Flota de Indias está tan poco segura en la bahía como en alta mar… así ya no hubo otro tema de debate –comenzó a explicar don Pepe, que continuó -: Propongo un brindis por el acierto de don Pedro, y el aludido se ruborizó hasta las cejas, pero se puso en pie y alzó su copa.
         - Antes bien el brindis debería dedicarse a nuestro Almirante, don Ignacio de Angulo, pues fue él quien mientras entrabamos en la bocana me fue instruyendo sobre la escasez de sus defensas…


         De lo que se fue diciendo y desdiciendo sobre la reunión en Palacio pude colegir que no hubo otro tema de conversación con el señor Gobernador y que el espinoso tema de la mercancía traída por don Pepe ni se mencionó…

         El ágape, traído desde el convento de las Carmelitas estaba lleno de exquisiteces en las que se conjuntaba el sabor de nuestros mejores platos de la península con la presencia de materias primas vernáculas, y, aunque mi estómago se había deshabituado a recibir alimento poco a poco fui encontrando delectación en saborearlo, alquimia que se obtiene al conjuntar los manjares con la buena compañía.
         No era la única mujer en la mesa, pues don Pepe, que estaba en todo, se había puesto en la labor de hacer propaganda de mis ex damas de compañía y ya estaban en la tesitura de ser señoras de alta alcurnia a las que sus padres habían sacrificado de tener buenos matrimonios en la Corte en el deseo de que en la Nueva España se luciera el esplendor de sus linajes, algo así le explicaba mi amado a sor Angustias, que se sentaba a su lado, buscando en ella complicidad para mis manejos…  
         Y Cuauhtémoc y Bartolomé  se partían a de ratos de risas con algunas comidillas y dicharacheros que se traían entrambos el uno en el final de su adolescencia y el otro en sus comienzos, loca siempre la juventud en todas sus facetas.

         Tras del ágape don Pepe pidió a don Ginés que trajera una bandeja con unos extraños cilindros de color pardo, que ofreció tan solo a los varones adultos, incluido el propio almacenero.
         - Están elaborados liando prietas las hojas secas de una planta que se llama tabaco y me he propuesto comercializarlos, se prende por una punta y se inhala el humo por la otra, no le he ofrecido su degustación a las señoras porque tiene un sabor muy fuerte y se pueden llegar a producir vahídos – y se dispuso a hacer una demostración de lo que, continuó explicando, se denominaba fumar y era una costumbre habitual en los indios del continente que la relacionaban con ritos ancestrales a sus dioses primitivos.
         De su boca comenzó a brotar a borbotones un humo denso, aromático y acre, y algunos de los invitados se pusieron a imitar su actitud. Don Pedro de Valdelvira tuvo un acceso de tos al chupar la primera bocanada, pero don Ignacio de Angulo, que ya debía haber degustado el producto en anteriores viajes, expulsaba el humo en entrecortados soplidos, formando aretes que flotaban en el aire de la tarde para irse disolviendo lentamente.
         Aprovechando el momento de relax, sor Angustias hizo saber a nuestro Almirante las preocupaciones que la angustiaban en aquellos momentos, de una forma bastante directa:
         - Usía, Don Ignacio, ¿cabe, pues, la posibilidad de que nos invadan los infieles y destruyan a sangre y juego la ciudad?
         El aludido carraspeó, dejó el cigarro habano a un lado, y bebió un trago de vino antes de hablar, según era su costumbre, se atusó el mostacho y, por fin dijo:
        - No creo que se atrevan, nosotros sabemos lo débiles que son nuestras defensas pero ellos no… En cualquier caso le voy a proponer a nuestro Capitán General hacer una descubierta con los navíos de línea que aún nos quedan medio útiles… -reflexionó un momento, como si una nueva idea se hubiera instalado en su mente - pero es mejor que no se difunda mucho esta información, porque estoy convencido de que en nuestras filas hay algún traidor… la flota fue atacada por su lado más débil… Espero que lo que he dicho no salga de este patio…
         Sor Angustias se hacía cruces con las novedades, Elena y Cristina se habían quedado lívidas, mientras que los demás nos intercambiamos miradas cargadas de desasosiego e intranquilidad…
         - Ya sabe, don Ignacio, que tiene a su disposición mi servicio y el de mi casa para lo que haga falta –se apresuró a decir don Pepe.
         - Tal vez sería bueno que relajáramos un poco la tensión con música –dijo mosén Xavier, y sacando su carrizo de la faltriquera se dispuso a improvisar una pavana.
         - Acercarme la guitarra, por favor, vamos a ver si nos aprovecharon en algo nuestros ensayos en el galeón…

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