XXIII
Fue
una de las veladas más hermosas que he conocido, don Pepe me hizo presidir la
mesa a su lado… y me sentí como una princesa de cuento infantil, rodeada por
tanto amigo y tan cercano amor.
Un
recuerdo a lo tan entrañable que había perdido tan reciente me hizo escapar una
lágrima.
-
Dios lo quiso – se apresuró a reconfortarme al notarlo mosén Xavier, que
parecía leer los pensamientos y se sentaba frente a nosotros.
-
El héroe de la jornada ha sido, sin duda, don Pedro de Valdelvira que comenzó
por espetarle al Señor Gobernador que con las defensas que tiene el fuerte de
El Morro la Flota de Indias está tan poco segura en la bahía como en alta mar…
así ya no hubo otro tema de debate –comenzó a explicar don Pepe, que continuó
-: Propongo un brindis por el acierto de don Pedro, y el aludido se ruborizó
hasta las cejas, pero se puso en pie y alzó su copa.
-
Antes bien el brindis debería dedicarse a nuestro Almirante, don Ignacio de
Angulo, pues fue él quien mientras entrabamos en la bocana me fue instruyendo
sobre la escasez de sus defensas…
De
lo que se fue diciendo y desdiciendo sobre la reunión en Palacio pude colegir
que no hubo otro tema de conversación con el señor Gobernador y que el espinoso
tema de la mercancía traída por don Pepe ni se mencionó…
El
ágape, traído desde el convento de las Carmelitas estaba lleno de exquisiteces
en las que se conjuntaba el sabor de nuestros mejores platos de la península
con la presencia de materias primas vernáculas, y, aunque mi estómago se había
deshabituado a recibir alimento poco a poco fui encontrando delectación en
saborearlo, alquimia que se obtiene al conjuntar los manjares con la buena
compañía.
No
era la única mujer en la mesa, pues don Pepe, que estaba en todo, se había
puesto en la labor de hacer propaganda de mis ex damas de compañía y ya estaban
en la tesitura de ser señoras de alta alcurnia a las que sus padres habían
sacrificado de tener buenos matrimonios en la Corte en el deseo de que en la
Nueva España se luciera el esplendor de sus linajes, algo así le explicaba mi
amado a sor Angustias, que se sentaba a su lado, buscando en ella complicidad
para mis manejos…
Y
Cuauhtémoc y Bartolomé se partían a de
ratos de risas con algunas comidillas y dicharacheros que se traían entrambos
el uno en el final de su adolescencia y el otro en sus comienzos, loca siempre
la juventud en todas sus facetas.
Tras
del ágape don Pepe pidió a don Ginés que trajera una bandeja con unos extraños
cilindros de color pardo, que ofreció tan solo a los varones adultos, incluido
el propio almacenero.
-
Están elaborados liando prietas las hojas secas de una planta que se llama
tabaco y me he propuesto comercializarlos, se prende por una punta y se inhala
el humo por la otra, no le he ofrecido su degustación a las señoras porque
tiene un sabor muy fuerte y se pueden llegar a producir vahídos – y se dispuso
a hacer una demostración de lo que, continuó explicando, se denominaba fumar y
era una costumbre habitual en los indios del continente que la relacionaban con
ritos ancestrales a sus dioses primitivos.
De
su boca comenzó a brotar a borbotones un humo denso, aromático y acre, y
algunos de los invitados se pusieron a imitar su actitud. Don Pedro de
Valdelvira tuvo un acceso de tos al chupar la primera bocanada, pero don
Ignacio de Angulo, que ya debía haber degustado el producto en anteriores
viajes, expulsaba el humo en entrecortados soplidos, formando aretes que
flotaban en el aire de la tarde para irse disolviendo lentamente.
Aprovechando
el momento de relax, sor Angustias hizo saber a nuestro Almirante las
preocupaciones que la angustiaban en aquellos momentos, de una forma bastante
directa:
-
Usía, Don Ignacio, ¿cabe, pues, la posibilidad de que nos invadan los infieles
y destruyan a sangre y juego la ciudad?
El
aludido carraspeó, dejó el cigarro habano a un lado, y bebió un trago de vino
antes de hablar, según era su costumbre, se atusó el mostacho y, por fin dijo:
-
No creo que se atrevan, nosotros sabemos lo débiles que son nuestras defensas
pero ellos no… En cualquier caso le voy a proponer a nuestro Capitán General
hacer una descubierta con los navíos de línea que aún nos quedan medio útiles…
-reflexionó un momento, como si una nueva idea se hubiera instalado en su mente
- pero es mejor que no se difunda mucho esta información, porque estoy
convencido de que en nuestras filas hay algún traidor… la flota fue atacada por
su lado más débil… Espero que lo que he dicho no salga de este patio…
Sor
Angustias se hacía cruces con las novedades, Elena y Cristina se habían quedado
lívidas, mientras que los demás nos intercambiamos miradas cargadas de
desasosiego e intranquilidad…
-
Ya sabe, don Ignacio, que tiene a su disposición mi servicio y el de mi casa
para lo que haga falta –se apresuró a decir don Pepe.
-
Tal vez sería bueno que relajáramos un poco la tensión con música –dijo mosén
Xavier, y sacando su carrizo de la faltriquera se dispuso a improvisar una
pavana.
-
Acercarme la guitarra, por favor, vamos a ver si nos aprovecharon en algo
nuestros ensayos en el galeón…

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