miércoles, 5 de septiembre de 2012

EL VIAJE - XXI



XXI
      Doña Esperanza de Aguirre llegaba hasta mi camilla en aquellos momentos.
         - ¡Mientras no haya privatizaciones todo será un caos! – me dijo a modo de saludo.
    - ¡Señora, con todos mis respetos, intentar privatizar los bienes eclesiásticos sería una blasfemia penada con la excomunión! –fue el saludo de fray Raimundo, que también parecía llegar a interesarse por mi salud…

        Por fortuna apareció una calesa tirada por una mula torda y Julián saludó a su conductor:
       - ¡Aquí, Cuauhtémoc! –y con el barullo de su llegada y las presentaciones se interrumpió la discusión entre el fraile y doña Esperanza, el burro delante para que no se espante.
      Era Cuauhtémoc Luis Martí un fornido muchachote de anchas espaldas, pelo rizado y bellos rasgos en los que se confundían la sin duda gran belleza que habría tenido su madre con la virilidad de su padre, y era además agradable y desenvuelto.
         Después de abrazar a don Julián, a quien debía de considerar como una especie de yayo, e intercambiar unas breves frases con él, me alzó en volandas y me acomodó sobre dos de los asientos de la calesa.
         - Con permiso, Señora.
        En los enfrentados se situaron mis dos damas de compañía rodeando con su femineidad a nuestro Bartolomé, y en el pescante acompañaba al hijo de don Pepe don Julián. Alcé el pañuelo para despedirme de mis visitantes porque la mula azuzada por el conductor se puso pronta a sortear obstáculos sacándonos con rapidez de la Plaza de Armas.
         Entonces reparé en que durante toda la ceremonia no habíamos visto a don Alejo Carpentier y le pregunté sobre el particular a don Julián.
        - Ya debe estar camino de Guantánamo con su cargamento, jajajaja –me respondió entre risas -, don Pepe está en todo y les va a resultar difícil a los que pretendan investigar cual era la auténtica carga de nuestro bajel…
         No hubo tiempo para más conversación porque en realidad estábamos deshaciendo el camino andado ya que la casa-almacén de Martí se encontraba pegada al puerto y era una más entre aquellas coloniales coloreadas que había visto durante el trayecto al Te Deum y que me llamó su atención por sus floridos balcones…


         La responsable de mantener aquel vergel y la economía de la casa era doña Leticia, que ejercía muchas ocupaciones al mismo tiempo ya que la mayoría del tiempo sólo vivían en ella su esposo, que era el almacenero y ella, y cuando había visitas antes que hacer funcionar la cocina se encargaba el condumio en el convento de las Carmelitas Descalzas, que estaba muy cercano y del que era su hermana, sor Angustias de la Cruz, madre abadesa… “ora et labora” y que todo lo más posible se quede en casa.
         El almacenero, don Ginés, era gallego y lo debía de tener a mucha gala porque en su habla solía intercalar palabras de su solar, como “rapaciño” cuando se dirigía a Cuauhtémoc o a Bartolomé.
         Y así, volví a comer comida castellana en el otro hemisferio, porque la que ya se iba reconociendo como la Santa de los Fogones también exportaba con sus ideales místicos sus saberes culinarios.
         “Vivo sin vivir en mí,
         Y tan alta vida espero
         Que muero porque no muero”.

       Y después de la comida dormí como no había dormido nunca, y sudé como no había sudado jamás, porque aquel clima tropical, cálido y húmedo a la vez te hacía estar empapada por fuera y por dentro, y fue aquel un sueño tan profundo y tan gratificante que al despertar me puse de un salto en pie y dejé como petrificadas a mis damas de compañía, con quien compartía siesta en la propia recámara de don Pepe, que nos la había cedido con toda su amabilidad, cuando me vieron acercarme al balcón y oler con ansía el perfume de las flores…
         -Debes cuidarte, Esther –me dijo Cristina.
         -Podrías coger un mal frío –apostilló Elena.
         La habitación daba a un patio interior, y me desasistí de sus consejos y alocuciones porque me quedé ensimismada contemplando una escena que se desarrollaba en él. Bartolomé y Cuauhtémoc Luis estaban sentados en una especie de mecedoras de mimbre, y el aprendiz de pintor tomaba apuntes al carboncillo, en su inseparable cuaderno de dibujo, del anfitrión, mientras desarrollaban una vivaz conversación… ¿De qué platicaban?  ¿De sus vidas tan distintas? ¿De su futuro? Tal vez de chicas, jajajajaja… seguro: del otro hemisferio de su sensualidad… y me volví a marear.

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