jueves, 20 de septiembre de 2012

EL VIAJE - XXXIII



XXXIII
         El caso era que por las mañanas se encontraba tan fresco, e iba dando órdenes al almacenero, don Ginés, de cuáles eran las mercancías que se debían embarcar, para que a su vez se las fuera transmitiendo a los braceros que las iban subiendo a carretones que esperaban junto al portón.

         A media mañana era el almuerzo, la comida más importante de la jornada, y los de la casa la disfrutábamos en la cocina mientras que el peonaje y los carreteros se desparramaban por el patio buscando las sombras bajo los árboles. Como el condumio procedía del convento la mayor parte de los días se quedaba al homenaje sor Angustias de la Cruz, con lo que la intimidad era imposible, así que las conversaciones privadas con don Pepe tenían que aplazarse hasta el atardecer. 


         Pero como el embarque ya estaba inminente, aquella mañana don Alejo tuvo que ejercer de otra de las actividades a que daba lugar su cargo de Secretario privado y se la llevó de vuelta al convento pues había citado a los alarifes que iban a reconstruir el tejado de las hermanas y era imprescindible su presencia, y de paso se llevó a mis damas para que se santificaran un poco. Doña Lucrecia y su esposo, notando la intención, también dejaron la cocina.
         - Don Alejo sirve para todo, es una gracia que me ha caído del cielo… en sentido literal, algún día te contaré como se trabó nuestra relación entrelazada de patrón-amigo a secretario-amigo.
      - No temes que algún día te traicione –al oírle hablar con tanta magnanimidad de su siervo.
       - Dentro de la condición humana todo es posible, querida –en la intimidad podía decirme esa palabra que me hacía estremecer cuando la escuchaba de su boca-, hasta que uno se traicione a sí mismo… pero… hay cuestiones más importantes que nos quedan por resolver y que dependen de ti: ¿has tomado una decisión?
         - Sabes que en lo que decida también se juega el destino de personas muy allegadas –y mis ojos se pusieron vidriosos.
         Me ofreció su pañuelo para que secara mis lágrimas y comenzó a exponer el plan que había trazado:
         - En realidad la labor que te encomendó don Francisco de Zurbarán era bastante descabellada, pero a un artista tampoco se le puede pedir que tenga un pensamiento mercantil, y él desconoce todo sobre estas tierras, lo mismo que en el mar hay bucaneros la tierra está plagada de bandoleros, hasta que llegarais a San Miguel de Allende en compañía de don Pedro de Valdelvira y con toda la comitiva encargada de proteger a un emisario de don Felipe el Cuarto, nuestro gracioso Monarca, el peligro era mínimo…
         - Fray Raimundo va hasta la capital, y no es menor la protección de que dispondrá –corté su alocución.
     - También hay personas interesadas en que no llegue hasta allá –pronunció sin pestañear -, y no son externas a su ámbito clerical.
          - ¡Nuestra Señora! – me santigüé, atónita ante aquellas palabras.
        El me cogió una mano aprovechando la intimidad para reconfortarme, pero prosiguió:
      - La relajación de costumbres que viene a buscar sin duda que la encontrará. 

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