XXX
Fue
el mismo don Ignacio de Angulo en persona quien vino a comunicarme que los
cuadros de don Francisco de Zurbarán se encontraban sanos y salvos a bordo de
la Santa Utopía, fondeada en la bahía de San Cristóbal, y no me fue posible
saber si fue por un detalle hacia mi persona, si porque las meriendas con el
chocolate de sor Angustias habían alcanzado ya renombre en la ciudad, o, lo más
probable, porque Bartolomé le debía un retrato al óleo, y lo de pasar a la
posteridad aunque sea en efigie es un ansia muy extendida entre los mortales,
sea cual sea su condición y economía. Algunas con muy poco de nuestro peculio
pasaríamos a ser Inmaculadas admiradas por siempre, y algunos de los más
insignes y heroicos marinos de la época querían unirse a este carnaval.
A
todo esto, yo, con todas las manchas que me iba proporcionando la vida, tenía
que tomar por fin una decisión: embarcarme hacia Veracruz, y seguir el camino
que se me había trazado desde las Españas, o variarlo según los dictados de mi
corazón… que era complicado porque, en cierta forma, era responsable de mis
damas de compañías y de proporcionarlas unas casorios que trocaran las
bisuterías de mamá en joyas auténticas, de mi querido Bartolomé y del trueque
de las pinturas por oro, contante y sonante, y… de una Carta de Pago por valor
de dos mil ducados con el refrendo de la Corona que facilitaría el buen fin de
todo esto.
Con
don Alejo cada día iba teniendo una mayor confianza, después que comprobé que
además de tener tiempo para reorganizarlo todo, tanto en la casa como en las
cercanas caballerizas y hasta para echar una mano a sor Angustias, (que también
había tenido bastantes desperfectos en su convento, en particular en uno de sus
tejados, que había volado como llevado por el diablo, jajajajaja), también
encontró un espacio para cuidar de mi salud, acompañándome a dar pequeños
paseos por el jardín, que de alguna manera me recordaba el de la mansión de don
Francisco, allá en Sevilla, y mis devaneos con “Lopito”, provista de una
especie de artesanal muleta que había fabricado don Ginés, un manitas donde los
hubiera para cualquier labor referente al bienestar de la casa y sus habitantes.
Así
que un día decidí contarle mis cuitas y la peregrina idea que pasó por mi mente
la noche del huracán. El parecía que ya estaba al cabo de la calle sobre la
cuestión mercantilista.
-
De alguna forma, mi Señora doña Esther, ese es el procedimiento por el que se
rige la economía de mercado en nuestros Reinos, las monedas a que hace
referencia el documento firmado por don Francisco y refrendado por la Hacienda
Real no se encuentran en las arcas del Rey en Madrid, sino en la Casa del Oro y
de la Plata, en una población de Nueva España llamada Guadalajara, en una
región que los nativos llaman Jalisco…
-
Uno de los cuadros de don Francisco, una santa Casilda, mártir, está destinado a
una basílica que acaban de construir por allí, en una población que se llama Tlaclepaque
–le interrumpí.
-Pues
allí serán más verídicos los ducados que sobre un papel, y mejor que sean
recogidos en efectivo, porque es un secreto a voces que hay bastante más papel
que monedas, quede el comentario entre nosotros, y no estaría muy desacertado
pensar que por este motivo se puede llegar a la quiebra del Estado… Para
resistir el coste de la Administración, las construcciones de edificios,
fortificaciones y palacios, con sus correspondientes recubrimientos de paredes
con tapices y pinturas, y demás decoraciones, los ejércitos en continuas
guerras y un largo etcétera, nuestro Rey pide empréstitos a bancas teutonas e
italianas a una alto interés poniendo como aval el regreso de la Flota de
Indias cargada de oro y joyas… si un día está flota cayera en manos de sus
muchos enemigos ¡todo el aparato se iría al traste!
-
De ahí el empeño en atacar nuestros galeones…
- Es el hilo más delgado del sistema y, por tanto, el que
más interesa proteger… Pero ahora lo que importa es ver cómo resolver su
problema, mi Señora, y si a la vez conseguimos recuperar algo de lo que se nos
esquilma con los impuestos, por no hablar del diezmo a la Iglesia… Déjeme,
Señora, hacer unas pesquisas y seguro que encuentro un camino, para llegar
hasta aquí comencé por atravesar los Alpes desde mi natal Suiza.

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