lunes, 17 de septiembre de 2012

EL VIAJE - XXX


XXX
       Fue el mismo don Ignacio de Angulo en persona quien vino a comunicarme que los cuadros de don Francisco de Zurbarán se encontraban sanos y salvos a bordo de la Santa Utopía, fondeada en la bahía de San Cristóbal, y no me fue posible saber si fue por un detalle hacia mi persona, si porque las meriendas con el chocolate de sor Angustias habían alcanzado ya renombre en la ciudad, o, lo más probable, porque Bartolomé le debía un retrato al óleo, y lo de pasar a la posteridad aunque sea en efigie es un ansia muy extendida entre los mortales, sea cual sea su condición y economía. Algunas con muy poco de nuestro peculio pasaríamos a ser Inmaculadas admiradas por siempre, y algunos de los más insignes y heroicos marinos de la época querían unirse a este carnaval.

         A todo esto, yo, con todas las manchas que me iba proporcionando la vida, tenía que tomar por fin una decisión: embarcarme hacia Veracruz, y seguir el camino que se me había trazado desde las Españas, o variarlo según los dictados de mi corazón… que era complicado porque, en cierta forma, era responsable de mis damas de compañías y de proporcionarlas unas casorios que trocaran las bisuterías de mamá en joyas auténticas, de mi querido Bartolomé y del trueque de las pinturas por oro, contante y sonante, y… de una Carta de Pago por valor de dos mil ducados con el refrendo de la Corona que facilitaría el buen fin de todo esto.

         Con don Alejo cada día iba teniendo una mayor confianza, después que comprobé que además de tener tiempo para reorganizarlo todo, tanto en la casa como en las cercanas caballerizas y hasta para echar una mano a sor Angustias, (que también había tenido bastantes desperfectos en su convento, en particular en uno de sus tejados, que había volado como llevado por el diablo, jajajajaja), también encontró un espacio para cuidar de mi salud, acompañándome a dar pequeños paseos por el jardín, que de alguna manera me recordaba el de la mansión de don Francisco, allá en Sevilla, y mis devaneos con “Lopito”, provista de una especie de artesanal muleta que había fabricado don Ginés, un manitas donde los hubiera para cualquier labor referente al bienestar de la casa y sus habitantes.
         Así que un día decidí contarle mis cuitas y la peregrina idea que pasó por mi mente la noche del huracán. El parecía que ya estaba al cabo de la calle sobre la cuestión mercantilista.
         - De alguna forma, mi Señora doña Esther, ese es el procedimiento por el que se rige la economía de mercado en nuestros Reinos, las monedas a que hace referencia el documento firmado por don Francisco y refrendado por la Hacienda Real no se encuentran en las arcas del Rey en Madrid, sino en la Casa del Oro y de la Plata, en una población de Nueva España llamada Guadalajara, en una región que los nativos llaman Jalisco…


         - Uno de los cuadros de don Francisco, una santa Casilda, mártir, está destinado a una basílica que acaban de construir por allí, en una población que se llama Tlaclepaque –le interrumpí.
         -Pues allí serán más verídicos los ducados que sobre un papel, y mejor que sean recogidos en efectivo, porque es un secreto a voces que hay bastante más papel que monedas, quede el comentario entre nosotros, y no estaría muy desacertado pensar que por este motivo se puede llegar a la quiebra del Estado… Para resistir el coste de la Administración, las construcciones de edificios, fortificaciones y palacios, con sus correspondientes recubrimientos de paredes con tapices y pinturas, y demás decoraciones, los ejércitos en continuas guerras y un largo etcétera, nuestro Rey pide empréstitos a bancas teutonas e italianas a una alto interés poniendo como aval el regreso de la Flota de Indias cargada de oro y joyas… si un día está flota cayera en manos de sus muchos enemigos ¡todo el aparato se iría al traste!
         - De ahí el empeño en atacar nuestros galeones…
        - Es el hilo más delgado del sistema y, por tanto, el que más interesa proteger… Pero ahora lo que importa es ver cómo resolver su problema, mi Señora, y si a la vez conseguimos recuperar algo de lo que se nos esquilma con los impuestos, por no hablar del diezmo a la Iglesia… Déjeme, Señora, hacer unas pesquisas y seguro que encuentro un camino, para llegar hasta aquí comencé por atravesar los Alpes desde mi natal Suiza.        

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