sábado, 1 de septiembre de 2012

EL VIAJE - XVII


XVII
         El diálogo con don Pepe se vio así cortado de nuevo y tuve que volver al angosto camarote y a las pláticas y oraciones con doña Esperanza mientras un tropel de pisadas sobre la madera y un griterío de órdenes nos anunciaban que algo se estaba preparando.

         “Triste destino el mío,
         Cuando creo encontrado el sosiego
         Y un par que me encamine al cielo,
         Siempre se interpone un aciago duende,
         Que cualquier razón ofende,
         Y en su vacuo desvarío
         Me deja al albur del albedrío...”

        Como después nos contaría don Ignacio la maniobra del enemigo estaba llena de intención tratando de dividir el ala de estribor de nuestra flota, y como éramos nave almiranta acudimos a su auxilio.
       Por lo que pudiera pasar, a las damas nos dieron dagas para defendernos del enemigo o salvaguardar nuestro honor en una última instancia…, pero cuando el enfrentamiento comenzó bajó a buscarme Bartolomé con una tizona que casi no aguantaba en sus manos, sin saber muy bien si lo hacía por protegerme o por morir en brazos de alguien que le dispensaba un profundo afecto, y yo, que no soportaba en mi reclusión, se la troqué por mi Navajita Plateá y subí con él al castillo.


       Allí era todo un olor a pólvora y un griterío ensordecedor entre el retumbar de los cañones y bombardas y los alaridos de dolor y las consignas… 

         Don Pepe, que siempre tenía que ser diferente a todos y a todo, llevaba un alfanje en su mano, vete tú a saber donde se lo consiguió al turco, y fue en nuestro encuentro entre humo y alaridos, y allí, antes que la fermentida muerte nos pudiera encontrar sin habernos dado pruebas de nuestro mutuo afecto, nos dimos el primer beso que sellaba nuestro amor eterno, previo a entrar en combate cuerpo a cuerpo, porque nos estaban abordando…

         El asalto se había producido por la cubierta baja con lo que nuestros arcabuceros desde el castillete los barrían con su fuego, pero parecían un río que no tenía fin de gente blandiendo picas y machetes…
       Los fusileros no daban abasto y pronto ya se abalanzaba la turba iracunda que blandía acero hacia nosotros.
           Las blancas de don Ignacio y sus comensales unidas al alfanje de don Pepe, a la daga de Bartolomé y a la tizona que intercambiamos, pararon el primer ataque (Dios me perdone si en aquella ocasión segué la vida de algún infiel)…
         Mediante pasarelas que conjuntaron nave con nave les iban llegando refuerzos que se preparaban para un ataque final a nuestro baluarte, y sin duda a nuestras vidas… y se hizo un silencio sepulcral.
            En el silencio se oyó el alarido de un cuerno por babor y todos, tirios y troyanos, dirigimos la vista hacia una galera de vela negra que enfilaba hacia el galeón…

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