martes, 18 de septiembre de 2012

EL VIAJE -XXXI



XXXI
         La Lonja era el lugar donde se hacían las transacciones comerciales, en una gran sala abovedada donde se exponían y cambiaban de manos las mercancías. En un piso superior se encontraban las oficinas y administraciones, y la gran sala de reuniones, que algunas noches utilizaban los amigos de don Pepe a la luz de velas, y con los cortinones cubriendo bien los ventanales con la intención de que no se trasluciera el resplandor al exterior, para celebrar conclaves de los que ellos denominaban la Hermandad.


         En raras ocasiones era permitida la asistencia de mujeres, pero dos mil ducados de oro que se podían trasformar en veinte mil como por arte de encantamiento era una buena ocasión para ello, y la depositaria del documento que lo podía hacer posible debía estar presente…

         En los días que siguieron a mi conversación con don Alejo nos vinieron a visitar pañeros y modistas, requeridos por él con la intención de que tanto el vestuario de mis damas como el mío, tan deteriorados por los avatares del viaje se vieran remozados…
         - Es de agradecer las molestias que se toma, don Alejo, pero en estos momentos no podemos permitirnos tales dispendios –le dije la primera vez que apareció con un pañero acompañado por una retahíla de criados que portaban fardos con vistosos paños y brocados.
         - Don Francisco de Zurbarán tiene crédito en esta casa –sonrió -, y no le gustaría que las personas a su servicio no tuvieran tanto ornato como en la misma Sevilla…
         “Buen ornato el que tenía entre los fogones y baldes de su mansión”, pensé, pero como coqueta como la que más le sonreí:
         - En tal caso haremos todo lo posible por estar a la altura con que nuestro patrón gustaría que luciéramos por la Nueva España.
         Con vestidos nuevos y una calesa a nuestra disposición había llegado el momento de lucir por toda la ciudad la mercancía que había traído por ver si no era necesario que mis damas tuvieran que viajar más para encontrar lo que habían venido a buscar. Pero doña Esperanza de Aguirre les había llenado la cabeza de pájaros con los ricos y galantes amigos de su futuro esposo y, aunque se dejaban requebrar por las atenciones de la fauna caballeresca local, no daban el paso necesario para que las situaciones pasaran de conatos a mayores.
         A todo esto la flota con destino a Cartagena de Indias había partido hacia unos días comandada por el Gran Capitán don Marcelo de Usera, pues sus navíos de línea habían sido los menos perjudicados por la batalla, y con ella mosén Xavier, que con su poco ortodoxa actuación desde el punto de vista religioso me había salvado la vida. Cuando pasó por la casa a despedirse tuve el pálpito de que no nos volveríamos a ver más, que nuestros destinos emprendían rutas divergentes…
         En tanto la que se dirigiría a Veracruz ultimaba los preparativos, pendiente también de que el Gobernador dispensara de sus servicios en los refuerzos del fuerte de El Morro a don Pedro, para que pudiera encaminarse a cumplir los designios que le había encomendado nuestro Rey.
         Y una buena mañana apareció don Pepe y mi alma se inundó de alegría…

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