XXXI
La
Lonja era el lugar donde se hacían las transacciones comerciales, en una gran
sala abovedada donde se exponían y cambiaban de manos las mercancías. En un piso
superior se encontraban las oficinas y administraciones, y la gran sala de
reuniones, que algunas noches utilizaban los amigos de don Pepe a la luz de
velas, y con los cortinones cubriendo bien los ventanales con la intención de
que no se trasluciera el resplandor al exterior, para celebrar conclaves de los
que ellos denominaban la Hermandad.
En
raras ocasiones era permitida la asistencia de mujeres, pero dos mil ducados de
oro que se podían trasformar en veinte mil como por arte de encantamiento era una
buena ocasión para ello, y la depositaria del documento que lo podía hacer
posible debía estar presente…
En
los días que siguieron a mi conversación con don Alejo nos vinieron a visitar
pañeros y modistas, requeridos por él con la intención de que tanto el vestuario
de mis damas como el mío, tan deteriorados por los avatares del viaje se vieran
remozados…
-
Es de agradecer las molestias que se toma, don Alejo, pero en estos momentos no
podemos permitirnos tales dispendios –le dije la primera vez que apareció con
un pañero acompañado por una retahíla de criados que portaban fardos con
vistosos paños y brocados.
-
Don Francisco de Zurbarán tiene crédito en esta casa –sonrió -, y no le
gustaría que las personas a su servicio no tuvieran tanto ornato como en la
misma Sevilla…
“Buen
ornato el que tenía entre los fogones y baldes de su mansión”, pensé, pero como
coqueta como la que más le sonreí:
-
En tal caso haremos todo lo posible por estar a la altura con que nuestro
patrón gustaría que luciéramos por la Nueva España.
Con
vestidos nuevos y una calesa a nuestra disposición había llegado el momento de
lucir por toda la ciudad la mercancía que había traído por ver si no era
necesario que mis damas tuvieran que viajar más para encontrar lo que habían
venido a buscar. Pero doña Esperanza de Aguirre les había llenado la cabeza de
pájaros con los ricos y galantes amigos de su futuro esposo y, aunque se
dejaban requebrar por las atenciones de la fauna caballeresca local, no daban
el paso necesario para que las situaciones pasaran de conatos a mayores.
A
todo esto la flota con destino a Cartagena de Indias había partido hacia unos
días comandada por el Gran Capitán don Marcelo de Usera, pues sus navíos de
línea habían sido los menos perjudicados por la batalla, y con ella mosén
Xavier, que con su poco ortodoxa actuación desde el punto de vista religioso me
había salvado la vida. Cuando pasó por la casa a despedirse tuve el pálpito de
que no nos volveríamos a ver más, que nuestros destinos emprendían rutas divergentes…
En
tanto la que se dirigiría a Veracruz ultimaba los preparativos, pendiente
también de que el Gobernador dispensara de sus servicios en los refuerzos del
fuerte de El Morro a don Pedro, para que pudiera encaminarse a cumplir los
designios que le había encomendado nuestro Rey.
Y
una buena mañana apareció don Pepe y mi alma se inundó de alegría…

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