XXVIII
Pero
durante toda la noche ni me faltó el calor del fuego ni los ánimos y asistencia
por parte de doña Leticia, que con su aguda voz me informaba de tanto en tanto
sobre los que se afanaban por rescatar las mercaderías de la bodega, que en efecto
se iba inundando cada vez más, pues la lluvia no cesaba.
Éstos
regresaron como despojos de un naufragio bien entrada la madrugada y, envueltos
en mantas, se amontonaron junto al fogón, y al poco se escucharon ronquidos en
diversas claves musicales del do al si…
Cómo
ni el dolor ni la angustia me permitían dormir me puse a urdir una trama para
que en el caso de que todo su hubiera ido a pique al menos pudiéramos salvar
los muebles…
La
mañana siguiente no fue ni menos angustiosa ni menos dolorida, aunque tras de
haber sido bien vendado mi torso y entablillada mi pierna me regresaron a la
cama que con tanta amabilidad me había cedido don Pepe, y una tisana que me
sirvió doña Leticia y que tenía un extraño sabor que destacaba sobre la
manzanilla y la tila me hizo caer en un profundo sueño durante el cual acabaron
de hilvanarse mis pensamientos mercantilistas de la noche anterior…
“Contamos
con la carta de pago extendida a mi nombre por don Francisco y con el respaldo
de la Hacienda Real de don Felipe el Cuarto, a cuenta de sus trabajos para el casón
del Buen Retiro, por un valor de dos mil ducados, para que pudiéramos subsistir
sus empleados hasta que se fueran haciendo efectivas las ventas de sus óleos,
si con ella como aval encontramos la forma de cambiarla por veinte de mil,
tendremos veinte mil ducados sin tener, en realidad nada… es posible que haya
inventado una nueva forma de hacer dinero...”
Cuando
me desperté tenía sentado frente a mí a Bartolomé Esteban enfrascado en hacer
apuntes de mi rostro dormido.
-
¡Gracias a Dios que despierta, Señora! –me saludó al ver abiertos mis ojos.
-
¡Mi querido Bartolomé, resististe el huracán!
-
¿No sé cómo ha podido dormir con todo el ruido que han hecho los artesanos
arreglando los ventanales?
-
El curare en ciertas dosis es medicinal –sonrió la cantarina voz de doña
Leticia, que andaba limpiando desperfectos de la noche anterior -, me alegro de
que se haya despertado, ¿se encuentra mejor?
Intenté
incorporarme para darle una respuesta y me sentí adolorida hasta la punta de
las cejas.
-
¡Uffff! –suspiré.
-
Se restablecerá, Señora, usted tiene una buena estructura y es joven, y además
un médico francés a su servicio, aunque Monsieur de Lavoisier todavía no ha
tenido la oportunidad de visitarnos porque tiene bastante tarea en el hospital,
nos ha asegurado que vendrá – la aguda voz de doña Leticia parecía recitar una
salmodia.
-
¿Se salvó la flota?
-
Suponemos que sí, la bahía de Guantánamo, donde les dejó Cuauhtémoc hace dos
días, está orientada hacia el sur y a resguardo de estos huracanes que parece
que son bastante habituales por aquí, tocan y destrozan esta zona de la isla para
dirigirse después hacia el continente… Don
Ignacio de Angulo que parece que tiene agua salina en sus venas, tenía
intención de circunvalar la isla y pasar por Santiago para recabar más
efectivos –me informaba Bartolomé.
-
¿Don Pepe? –pregunté con el alma encogida.
-
Viene por tierra con un pintoresco ejército multicolor que por el momento
parece que no va a ser necesario…
-
En efecto, aunque los daños parecen cuantiosos, al menos nos dejan por el
momento a salvo de una invasión, porque el enemigo no querrá exponerse a la
posibilidad de que se produzca una nueva repetición del huracán, que es
bastante habitual en esta época del año, algo relativo a la conjunción del sol
y los planetas, dicen los expertos, lo que es malo para ciertas cuestiones es
bueno para otras, y el Altísimo siempre está de nuestro lado… ¡Hágase su Santa
Voluntad! –dijo sor Angustias mientras se santiguaba. La abadesa aprovechando
que había llegado a traernos vituallas se pasó a recabar nuevas sobre mi salud.
-
¡Amén! –era la respuesta obligada que pronunciamos todos los presentes, y ella,
ya metida en faena, para no dar puntada sin hilo, nos invitó a rezar un Rosario de acción de
gracias, porque, a pesar del desastre, nuestros seres más queridos y los presentes
lo podíamos contar. Del que se zafaron doña Leticia pretextando ocupaciones en la
cocina y Bartolomé despidiéndose para volver a ponerse a las órdenes de don
Ignacio y colaborar en las reconstrucciones…

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