viernes, 14 de septiembre de 2012

EL VIAJE - XXVIII



XXVIII
         Pero durante toda la noche ni me faltó el calor del fuego ni los ánimos y asistencia por parte de doña Leticia, que con su aguda voz me informaba de tanto en tanto sobre los que se afanaban por rescatar las mercaderías de la bodega, que en efecto se iba inundando cada vez más, pues la lluvia no cesaba.
    Éstos regresaron como despojos de un naufragio bien entrada la madrugada y, envueltos en mantas, se amontonaron junto al fogón, y al poco se escucharon ronquidos en diversas claves musicales del do al si…

         Cómo ni el dolor ni la angustia me permitían dormir me puse a urdir una trama para que en el caso de que todo su hubiera ido a pique al menos pudiéramos salvar los muebles… 
       La mañana siguiente no fue ni menos angustiosa ni menos dolorida, aunque tras de haber sido bien vendado mi torso y entablillada mi pierna me regresaron a la cama que con tanta amabilidad me había cedido don Pepe, y una tisana que me sirvió doña Leticia y que tenía un extraño sabor que destacaba sobre la manzanilla y la tila me hizo caer en un profundo sueño durante el cual acabaron de hilvanarse mis pensamientos mercantilistas de la noche anterior…


       “Contamos con la carta de pago extendida a mi nombre por don Francisco y con el respaldo de la Hacienda Real de don Felipe el Cuarto, a cuenta de sus trabajos para el casón del Buen Retiro, por un valor de dos mil ducados, para que pudiéramos subsistir sus empleados hasta que se fueran haciendo efectivas las ventas de sus óleos, si con ella como aval encontramos la forma de cambiarla por veinte de mil, tendremos veinte mil ducados sin tener, en realidad nada… es posible que haya inventado una nueva forma de hacer dinero...”
         Cuando me desperté tenía sentado frente a mí a Bartolomé Esteban enfrascado en hacer apuntes de mi rostro dormido.
         - ¡Gracias a Dios que despierta, Señora! –me saludó al ver abiertos mis ojos.
         - ¡Mi querido Bartolomé, resististe el huracán!
       - ¿No sé cómo ha podido dormir con todo el ruido que han hecho los artesanos arreglando los ventanales?
         - El curare en ciertas dosis es medicinal –sonrió la cantarina voz de doña Leticia, que andaba limpiando desperfectos de la noche anterior -, me alegro de que se haya despertado, ¿se encuentra mejor?
         Intenté incorporarme para darle una respuesta y me sentí adolorida hasta la punta de las cejas.
         - ¡Uffff! –suspiré.
         - Se restablecerá, Señora, usted tiene una buena estructura y es joven, y además un médico francés a su servicio, aunque Monsieur de Lavoisier todavía no ha tenido la oportunidad de visitarnos porque tiene bastante tarea en el hospital, nos ha asegurado que vendrá – la aguda voz de doña Leticia parecía recitar una salmodia.
         - ¿Se salvó la flota?
      - Suponemos que sí, la bahía de Guantánamo, donde les dejó Cuauhtémoc hace dos días, está orientada hacia el sur y a resguardo de estos huracanes que parece que son bastante habituales por aquí, tocan y destrozan esta zona de la isla para dirigirse después hacia el continente…  Don Ignacio de Angulo que parece que tiene agua salina en sus venas, tenía intención de circunvalar la isla y pasar por Santiago para recabar más efectivos –me informaba Bartolomé.
         - ¿Don Pepe? –pregunté con el alma encogida.
      - Viene por tierra con un pintoresco ejército multicolor que por el momento parece que no va a ser necesario…
         - En efecto, aunque los daños parecen cuantiosos, al menos nos dejan por el momento a salvo de una invasión, porque el enemigo no querrá exponerse a la posibilidad de que se produzca una nueva repetición del huracán, que es bastante habitual en esta época del año, algo relativo a la conjunción del sol y los planetas, dicen los expertos, lo que es malo para ciertas cuestiones es bueno para otras, y el Altísimo siempre está de nuestro lado… ¡Hágase su Santa Voluntad! –dijo sor Angustias mientras se santiguaba. La abadesa aprovechando que había llegado a traernos vituallas se pasó a recabar nuevas sobre mi salud.
     - ¡Amén! –era la respuesta obligada que pronunciamos todos los presentes, y ella, ya metida en faena, para no dar puntada sin hilo, nos invitó a rezar un Rosario de acción de gracias, porque, a pesar del desastre, nuestros seres más queridos y los presentes lo podíamos contar. Del que se zafaron doña Leticia pretextando ocupaciones en la cocina y Bartolomé despidiéndose para volver a ponerse a las órdenes de don Ignacio y colaborar en las reconstrucciones…

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